Hno. José María Pérez Navarro, FSC., delegado Episcopal de Catequesis.
Los lugares a los que nos referimos son aquellos donde pueda ser posible encontrar a las personas y dialogar de problemas humanos en los que se incluya la religión, y que exista, al menos, alguna escucha. Si los cristianos no nos aislamos de las personas, inevitablemente se presentan múltiples posibilidades de encuentro.
El hecho de que un grupo cristiano viva en un determinado ambiente social, en el cual celebra incluso su fe, ofrece una ocasión fácil, en determinadas circunstancias, de encontrar muchos no cristianos y de decir alguna cosa referente a Dios y a Jesús, tanto por medio de las mismas celebraciones o por las palabras que se intercambian. Pensemos en las celebraciones de los matrimonios, funerales, bautismos, donde se reúnen personas de toda condición, permitiendo así un primer contacto con la comunidad cristiana. Las palabras que en este contexto se pronuncian y, sobre todo, la belleza de las celebraciones pueden ser un primer puente de contacto con los intereses religiosos. Al menos pueden crear una unión de buena vecindad
Es muy importante cuidar al máximo las celebraciones religiosas, de modo que su belleza, el dinamismo de los grandes símbolos de la existencia humana, todo un ambiente de cordialidad y humanidad pueda impresionar y fascinar a los no creyentes que eventualmente participen, o al menos pueda crear una corriente de simpatía. Un típico ejemplo de esto lo tenemos en el Japón, donde muchos no cristianos querrían un matrimonio cristiano por la belleza del rito religioso.
San Pablo buscaba aprovechar los lugares de encuentro que todavía eran disponibles. Habló mucho en las sinagogas hasta el momento de la ruptura con sus responsables. Iba al río, allí donde las mujeres se reunían para la oración. Iba incluso a hablar en las casas donde le invitaban para escucharlo, hablar o discutir con él (Hchos 16,12-13; 8,20).
El mismo Pablo habló hasta en la plaza pública; por ejemplo, en el areópago de Atenas, donde un grupo de personas tenía la costumbre de reunirse para escuchar novedades y comentarios. Era un modelo de cátedra de los no creyentes. De esto tenemos el ejemplo del antiguo cardenal Martini en Milán que estableció la cátedra de los no-creyentes. En una cátedra de este tipo se reúnen personas para escuchar, hablar de los problemas fundamentales de la existencia humana como el dolor, el amor, el mal, la defensa de los débiles, etc.
En el mundo occidental la Iglesia ha perdido muchos lugares tradicionales de encuentro, que precedentemente estaban unidos a sus actividades de suplencia en el ámbito de la caridad y de lo social. Hoy, por ejemplo, no se necesita ni de la Iglesia, ni del párroco para resolver la mayoría de los problemas concretos de la vida. Basta con pensar en un simple ejemplo: ¿Cuántos jóvenes necesitan hoy la parroquia para divertirse, para el ocio, la música, el teatro, las vacaciones? En el lado opuesto, las grandes ofertas escolares, a menudo muy distintas de la parroquia de origen, hacen innecesario una gran parte de los contactos vitales de la parroquia con sus jóvenes. ¿Dónde podemos encontrar a los jóvenes trabajadores? Los curas obreros vieron este problema y fueron a trabajar a las fábricas, ¿Era una solución satisfactoria? Otro ejemplo: En las grandes ciudades, donde se pueden encontrar a los jóvenes de una zona. ¿En el mundo de las redes sociales?
Por todo ello, el primer paso en el camino de la evangelización consiste en encontrar o crear espacios y lugares de encuentro.





