Hno. José María Pérez Navarro, FSC., delegado Episcopal de Catequesis.

Con el fin de que se pueda hablar de primer anuncio es necesario que la presencia de los cristianos en medio de los no cristianos asuma específicas cualidades de apertura, de relaciones interpersonales, de estima, de conocimiento profundo de la cultura y de la religión.

Es también necesario que el testigo cristiano sea aceptado, acogido, escuchado, que sea estimado por las personas donde está presente. Se trata, sin embargo, de un movimiento recíproco: el evangelizador podrá ser aceptado y escuchado sólo en la medida en que él mismo, por su parte, acepte positivamente a las personas y sea capaz de acoger también muchos de los aspectos que tildan su vida, cultura y religión.

Con el grupo juvenil, con la gente rural, con grupos de trabajadores… es necesario comenzar neutralizando los prejuicios recíprocos, por ejemplo, descubrir que el sacerdote o el evangelizador es bastante distinto respecto a las fragmentadas y deformadas informaciones que se han recibido: descubrir que la gente es más correcta, buena, mejor intencionada de lo que se pensaba sobre la base de algunas limitadas informaciones o de primeras y superficiales impresiones.

Conseguir ser aceptado va más allá de la oferta de determinados servicios o de la colaboración sobre el plano técnico-operativo (basado sobre la competencia profesional). Es necesario ser aceptados como personas humanas, y por consiguiente con toda la compleja riqueza humana y religiosa.

La acogida es uno de los primeros y más difíciles problemas para el anuncio de la fe a los no cristianos. Ser recibidos, acogidos, instituir relaciones con un grupo humano, crear relaciones humanas de simpatía y aceptación de las personas y su realidad, ciertamente, no es todavía anuncio explícito del evangelio, pero indudablemente constituye una condición imprescindible para que éste sea posible.

A continuación, viene la participación en la vida de la gente. San Pablo dio un ejemplo básico de participación en la realidad de la gente: con sus propias manos ejercita un oficio (artesano de tiendas-curtidor de pieles) que se suma al contexto en el que trabajaba, ganando así el pan cotidiano. La mayor parte de los misioneros contemporáneos expresan la participación en la vida de la gente a través de la oferta de servicios sanitarios, escuelas y centros de formación o servicios para el desarrollo.

La vida de la gente, obviamente, no se reduce al trabajo o la lucha por ganar el pan de cada día. La persona humana no existe sin relaciones sociales e interpersonales y sin una cultura o mejor una tradición cultural.

La situación del misionero evangelizador es por consiguiente muy distinta de la situación de los inmigrantes extranjeros, que tal vez prefieren vivir en su grupo social. Es también diferente del comportamiento de ciertas personas que tienen la casa de campo en un pueblo, pero no participan en la vida de la comunidad local para nada.

Se vislumbra rápidamente cuántos problemas concretos y prácticos pueden acarrear la voluntad de participación, cuando la persona que intenta evangelizar es un sacerdote, religioso o religiosa, vinculado a un determinado modelo de vida y de comportamiento y sujeto a un horario de trabajo y de oración que tal vez va en sentido antihorario respecto de la gente. Esta situación repropone la problemática de las estructuras un tanto anquilosadas de la vida religiosa, sacerdotal…

Aquí nos vienen bien las famosas palabras del papa Francisco cuando decía: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27)

Antes de comenzar cualquier diálogo, no deberíamos perder de vista el llamado diálogo de base que consiste en participar positivamente en la cultura y en el conocer, estudiar, apreciar, al menos, determinados aspectos de la vida de la gente. El estudio profundo de la lengua, las tradiciones, la historia nacional, la literatura, el arte, las fiestas, símbolos, ritos es de capital importancia. Esto no sólo vale para la tierra de misiones, sino también para el pluralismo cultural y religioso del mundo occidental. Un ejemplo muy sencillo y comprensible de esto consiste en saber que aquellos que se dediquen a la pastoral juvenil deben conocer y acercarse a la sensibilidad juvenil. Es necesario conocer y aceptar a la persona que tenemos delante, no basta con tener los datos sociológicos generales.