Hno. José María Pérez Navarro, FSC., delegado Episcopal de Catequesis.
Después de la presencia, viene el testimonio. En la preparación del sínodo de 1974 la gran mayoría de las conferencias episcopales había insistido en la idea de que el testimonio es un elemento constitutivo de la evangelización. Una de las páginas más bellas del documento postsinodal “Evangelii Nuntiandi” se refiere precisamente al testimonio. Es una especie del manifiesto del mismo. Recordémoslo:
“La buena nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunidad de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y de bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros?
Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización […] Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores” (EN 21).
Esta fe si quiere tener fuerza de irradiación ha de ser vivida no como una obligación sino como un alegre descubrimiento, como un tesoro, como algo grandioso que la persona encuentra inmerecidamente. Este es el sentido con el que se presenta en el Nuevo Testamento. Sin esto el cristianismo sufriría una gran carencia, pudiendo ser una suerte de información religiosa o un ejercicio de una profesión o arte para ganar el pan cotidiano.
Pero a continuación, “Evangelii Nuntiandi” dice que ese testimonio debe estar acompañado de las palabras:
“Y, sin embargo, esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado —lo que Pedro llamaba dar «razón de vuestra esperanza»—, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” (EN 22)
El testimonio ya evangeliza pero para ser completa esta evangelización necesita que los evangelizadores den “razón de su fe”.
Este texto tan clarividente de Pablo VI no corresponde a una mentalidad ampliamente difundida (no general) entre cristianos, sacerdotes y religiosos occidentales por la cual no se debe decir nada de nuestra fe. Son sensibles al diálogo interreligioso, al ecumenismo a nivel mundial, a la ayuda para el desarrollo de los pueblos, al voluntariado… Sin embargo, a esta preocupación no corresponde la preocupación por hacer un anuncio explícito del Evangelio.
Fernando Sebastián, hace unos años, trataba este tema en la obra colectiva “La Iglesia en España. 1950-2000)” y en su colaboración: “Hablar de Dios en la Iglesia del futuro” denunciaba:
“Con el respeto que me merecen tengo que decir que, en más de una ocasión, cuando oigo las declaraciones de los misioneros o misioneras del Tercer Mundo, me sorprende su lenguaje absolutamente laico, la descripción laicista y exclusivamente existencial de sus tareas, de manera que uno no sabe si son misioneros de la Iglesia católica o asistentes sociales enviados por la UNESCO o por la FAO. Sin duda que estos misioneros hacen todo eso por amor, pero no lo dicen, y de esta manera Dios queda nuevamente silenciado”. (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL (ed.), La Iglesia en España. 1950-2000, PPC, Madrid 1999, 253)





