Hno. José María Pérez Navarro, delegado Episcopal de Catequesis.

En cuanto a los contenidos del mensaje cristiano a presentar en la catequesis, debemos seguir el criterio de la esencialidad, la organicidad y la progresión. Desde ahí ofrecemos algunos objetivos fundamentales a subrayar especialmente en la transmisión de contenidos:

  • Ayudar a descubrir la centralidad de Cristo: conocer siempre más de cerca su persona y vida, sobre todo hacer descubrir a Jesucristo como centro de la salvación. Esto implica un conocimiento de la historia de la salvación.
  • Evidenciar el misterio de la Iglesia y en ello el puesto y significado de los Sacramentos, sobre todo de la iniciación cristiana, la vida litúrgica, los diversos ministerios y responsabilidad de los laicos.
  • Dar espacio a la formación de la conciencia, a la presentación de la moral cristiana, introducir el sentido del pecado y sobre todo el significado de la conversión y la reconciliación.
  • Juntamente con los grandes temas de la fe, iniciar a los niños y jóvenes en poner atención a los grandes hechos y situaciones de la vida para aprender a hacer una lectura cristiana.

En este proceso global de iniciación cristiana se trata de que el catequizando practique la vida cristiana. Más que aprender qué es ser cristiano, el proceso de iniciación tiene que ser una experiencia de praxis de la vida cristiana. No sólo que la vea, la palpe y sea informado sobre ella, sino que la ejercite. Tiene que aprender a vivir, a desarrollar su vida en la escucha del Señor y en el amor fraterno, ha de aprender a practicar obras de caridad; ha de adquirir en este proceso formativo el hábito de la oración; ha de poder expresar en su vida diaria el cambio de mentalidad y costumbres.

Para entender mejor la iniciación como proceso de aprendizaje para la vida cristiana nos sirve la metáfora del taller artesanal. De la misma manera que un joven iba a un taller artesanal para aprender un oficio y era iniciado en aquella arte, del mismo modo también hoy el proceso global de iniciación se puede explicar como un taller en el que el catequista y los padres son los artesanos y el niño el aprendiz.

  • El artesano ama su trabajo y suscita la pasión en el joven aprendiz. Lo mismo pasa con la fe. Cuando el padre, el catequista, la comunidad ama la fe, la Iglesia transmite al niño, este amor y esta pasión.
  • El artesano es competente en su trabajo, conoce las leyes, se informa, está al día, porque no basta el corazón, necesita conocer, y este proceso nunca acaba. De la misma manera, en la iniciación cristiana, los padres, catequistas y la comunidad, además de suscitar la pasión en el niño, tienen que animarlo a buscar el pensamiento de Dios, a través del conocimiento de la Palabra y la lectura de los signos de los tiempos. Se trata de un conocimiento siempre en camino porque nunca terminamos de descubrir plenamente el rostro y el pensamiento de Dios.
  • El artesano acompaña al joven aprendiz. Está a su lado, lo observa, intenta comprender sus problemas, su sensibilidad, su capacidad de aprendizaje. Debe ser exigente y al mismo tiempo animarlo en la dificultad. También en la iniciación cristiana, el niño y el joven tendrán que ser acompañados al ritmo de sus pasos, de sus preguntas. Tendrán que ser sostenidos y animados.

La familia, la comunidad cristiana, el grupo de catequesis, tiene que ser el taller artesanal, como el mismo taller de Nazaret, donde el niño descubra la pasión por la vida, que es un don que Dios le ha regalado.