En esta gran fiesta el relato principal de la Palabra de Dios es el que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles, el de la irrupción del Espíritu Santo en Pentecostés:
· Se trata de la manifestación definitiva de lo que Jesús había realizado en el mismo Cenáculo el Domingo de Pascua, como hemos escuchado en el Evangelio de Juan: «Recibid el Espíritu Santo».
· Lo que había sucedido entonces en el interior del Cenáculo, estando las puertas cerradas, más tarde, el día de Pentecostés, es manifestado también al exterior, ante los hombres.
· Y todos, hablando diversas lenguas, se entienden. Es el icono de la unidad y la fraternidad universal, a diferencia del icono de Babel, en el que la humanidad globalizada está en una misma torre, pero, aunque todos hablen la misma lengua, no se entienden, y están enfrentados entre sí.
· Y si Pablo en su primera carta a los corintios nos dice que sólo bajo la acción del Espíritu Santo podemos decir “Jesús es Señor”, en el salmo, como en la hermosa secuencia antes del Evangelio, hemos implorado la venida del Espíritu Santo, porque él no se impone, espera a que nosotros, desde nuestra libertad, lo imploremos.
El Papa Francisco nos alerta a no encerrarnos en nuestras ideas fijas y nuestras seguridades. Cuando esto ocurre, nos dice, admitámoslo, “el Espíritu Santo nos da fastidio (…) Queremos domesticar al Espíritu Santo. Y esto no funciona. Porque Él es Dios y Él es ese viento que va y viene, y tú no sabes de dónde. Es la fuerza de Dios; es quien nos da la consolación y la fuerza para seguir adelante”.
· En la hermosa secuencia al Espíritu que hemos rezado antes del Evangelio lo hemos llamado “Dulce huésped del Alma”, “brisa en las horas de fuego”, “gozo que enjuga las lágrimas”.
· Tal vez ansiamos buscando sucedáneos de felicidad y no nos damos cuenta de que, en el fondo de nuestro corazón, esta la felicidad plena, esa paz infinita, que es el Espíritu Santo. Habitamos con una fuerza infinita, imparable, invencible, con la cual nada ni nadie podrá frenarnos.
· Sólo nos pone dos condiciones: que lo que perseguimos sea lo que Él mismo persiga, el proyecto de Dios; y que se lo pidamos, que confiemos en él, para que en nuestra debilidad se manifieste la fuerza del Espíritu.
En la Iglesia española unimos la celebración de Pentecostés a la Jornada del Apostolado Seglar, es decir, el apostolado de los laicos. El despertar del laicado en la Iglesia es el “despertar del gigante dormido”. Parte de la renovada conciencia de la vocación universal a la santidad, que une a todos los bautizados en una misma llamada a hacer la voluntad de Dios. Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, es hacer su voluntad. Amar a Dios, responder a su amor, no es otra cosa que dejarse llevar por Él, conducir por Él, en la divina aventura de nuestra vida. Esa aventura que Él ha soñado para cada uno de nosotros, y que es como cada uno de los rayos del sol, que, siendo distintos, vienen del mismo Sol, y se encaminan al mismo Sol. Es la vocación de todos: mujeres, niños, sabios, ignorantes, intelectuales, obreros, madres, consagrados, jóvenes, ancianos, gobernantes, enfermos… es la santidad de todos.
Después podemos reconocer que lo específico del laico, que como todo bautizado es un discípulo misionero de Cristo, consiste en la vanguardia de la misión en las estructuras del mundo, en “la vida pública”, donde además de dar testimonio verbal del Evangelio, se construye la ciudad terrena con los valores del Evangelio. También a través del compromiso político, que nos permite a todos, como ocurre hoy en España, participar en los designios comunes a través de las urnas. Pero no sólo hoy, sino todos los días. Y vosotros, los laicos, en primera línea. El Espíritu Santo nos lleva a comprometernos con el bien común de la sociedad, y nunca a desentendernos de sus desafíos.
Manuel Mª Bru Alonso, delegado Espicopal de Cultura de la Archidiócesis de Madrid





