DUODÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A): ¡NO TENGÁIS MIEDO!

Jeremías 20,10-13; Romanos 5,12-15; Mateo 10,26-33

HABLA LA PALABRA: Libres de todo temor

Las lecturas de hoy nos dan razón de la esperanza, nos liberan de todo temor:

  • Con el profeta Jeremías hemos proclamado esta confesión de confianza: “el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo”: ¡No tengas miedo porque Dios esta siempre a tu lado!
  • Con el salmo 68 hemos sido llamados a ponernos en la humildad, es decir, en la verdad: “Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos”: ¡No tengas miedo porque Dios escucha a quien nadie escucha!
  • Con Pablo hemos podido reconocer que la gracia otorgada por Dios en Cristo Jesús que hemos recibido, aunque le correspondiese sólo a él, se ha desbordado sobre las multitudes de todo tiempo y lugar: ¡No tengas miedo porque Dios te ama inmensamente en Cristo Jesús!
  • Y con el Evangelio de Mateo hemos sido reconfortados por Jesús: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo (…) Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo”: ¡No tengas miedo porque nadie puede arrebatarte el alma, es decir, tu libertad!

HABLA EL CORAZÓN: La gran exclamación

¡No tengáis miedo! Nos lo dice a nosotros, me lo dice a mi y te lo dice a ti:

  • ¡No tengas miedo porque Dios esta siempre a tu lado!
  • ¡No tengas miedo porque Dios escucha a quien nadie escucha!
  • ¡No tengas miedo porque Dios te ama inmensamente en Cristo Jesús!
  • ¡No tengas miedo porque nadie puede arrebatarte el alma, es decir, tu libertad!

HABLA LA VIDA: El sin miedo de un misionero 

Conozco a alguien que se ha creído y se ha tomado en serio en la vida este “No tengas miedo” de modo sorprendente. Es un misionero, que fue expulsado de la República Dominicana por denunciar la esclavitud de miles de haitianos en los “amargos” campos de azúcar, verdaderos campos de concentración; y que ahora ésta en Etiopía, donde deja día a día su piel para evangelizar en un país donde está prohibido hablar de Cristo y de su Evangelio:

Christopher recuerda muchas veces aquel 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro: “Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa”.

“Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo -si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él-, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad?”

Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera.

“Estas palabras que marcaron la senda de un nuevo rumbo para la Iglesia, resuenan de nuevo en lo hondo de mi corazón (…) en esta pequeña trinchera misionera a la que he sido gozosamente enviado como privilegio del todo inmerecido (…) Esa es la mejor radiografía para retratar la existencia de un misionero. No la del pobrecito hombre que da más pena que otra cosa, al que tenemos que ayudar. Esta es más bien la vida de uno que un día se encontró con Alguien que lo era todo, qué con el fulgor incomprensible de su mirada, le robó el corazón y lo selló, para que fuese sólo para Él. De este encuentro nació el envío. Sin hoja de ruta, ni billete de vuelta; ligero de equipaje y sobrado de entusiasmo e ideales. Van pasando los años y poco a poco voy viendo florecer el desierto. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, deciros a todos vosotros, sobre todo a los jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén”.

Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid