Con 59 años, José compagina su trabajo en el mantenimiento de un hotel de Madrid con una vocación que le llena por completo: ser catequista desde hace más de veinte años en su parroquia. Su lugar no está entre los niños que todo lo tienen fácil, sino junto a aquellos a los que casi nadie espera: chicos que llegan sin interés, familias heridas, jóvenes que cargan con etiquetas.
Porque si algo tiene claro es que la catequesis empieza por la mirada. Donde otros ven “casos”, él ve personas concretas, con nombre y con historia. Y ahí comienza todo.
Su propio camino de fe no ha sido espectacular, sino cotidiano. Creció en una familia creyente, se distanció en la adolescencia, pero nunca terminó de irse. Con el tiempo, y gracias al acompañamiento paciente de un sacerdote, fue descubriendo que Dios ya estaba actuando en su vida. “Sin darte cuenta, te vas encontrando con Él”, viene a decir con sencillez.
Y cuando alguna vez se ha alejado, lo que experimenta no es tanto culpa como vacío. La fe, para él, es una presencia que se nota cuando falta.

Acompañar, creer, ofrecer un camino

José reconoce que es exigente con los chavales. No les trata con condescendencia ni les pinta una vida fácil. Sabe bien cuál es el ambiente en el que muchos de ellos crecen. Por eso les habla con verdad: la vida tiene dificultades, pero en medio de todo, Dios también está presente. Su tarea no consiste solo en enseñar contenidos, sino en ofrecer una oportunidad. Muchos de estos jóvenes no están acostumbrados a que alguien confíe en ellos. Y eso cambia todo.
Cada día, José pasa de un entorno acomodado en su trabajo a una realidad mucho más vulnerable en su parroquia. Sin embargo, no ve dos mundos separados. Para él, lo importante no es lo que se tiene, sino cómo se vive y cómo se mira a los demás.
Ante la próxima visita del Papa León XIV, expresa un deseo muy concreto: que todos puedan escuchar que son valiosos para Dios, sin excepción. Y que la Iglesia siga saliendo al encuentro de las personas, allí donde están. “Dios no se queda encerrado”, viene a decir con su experiencia.
También intuye la importancia de mostrar una Iglesia cercana, diversa, donde todos tienen cabida. Una Iglesia que no se queda en apariencias, sino que acoge la verdad de cada persona.

Cercanía también con el Papa

Cuando se le pregunta qué haría si se encontrara con el Papa, su respuesta es sencilla: tratarle con normalidad. Un saludo, una acogida, una conversación cotidiana. Porque la fe también se vive desde la cercanía.
José recuerda que la Iglesia necesita pastores que estén en medio del pueblo, compartiendo la vida real, tocando las heridas y caminando junto a los demás.
Y, como no podía ser de otra manera, su testimonio termina en oración. Una oración confiada, sencilla, como su vida:
“Señor, ayúdanos a reconocer lo que nos regalas cada día. Que sepamos descubrir tu presencia, especialmente en este tiempo de gracia con la visita del Papa. Guíanos por el camino que el mundo necesita. Amén.”