DOMINGO DE RAMOS (B): EN EL DOLOR DE TODOS LOS HOMBRES A LA VEZ
Marcos 11,1-10; Isaías 50,4-7; Filipenses 2,6-11; Marcos 14,1-15,47
HABLA LA PALABRA: De alabado a escarnecido
La liturgia de la Palabra del Domingo de Ramos nos ofrece el Evangelio de la entrada de Jesús en Jerusalén, y tras las dos primeras lecturas, la proclamación integra del Evangelio de la Pasión. En todas ellas se nos habla de Jesús:
• Jesús aclamado como Rey, como el esperado de los tiempos para colmar todas las expectativas del pueblo de Israel. 
• Jesús profetizado por Isaías que clama: “no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba”.
• Jesús, insultado, flagelado, torturado, coronado con espinas, escupido, y burlado: “¿Y si así hacen con el leño verde, que no harán con el seco?”, nos dice el Evangelio de la Pasión. 
• Jesús que después, como nos narra Pablo en su carta a los Filipenses, “se rebajó hasta someterse a la muerte, y una muerte de cruz”.
HABLA EL CORAZÓN: ¿Qué mira nuestro corazón?
Explicaba así en una ocasión el Papa Francisco el relato del Domingo de Ramos:
• Jesús entra en la ciudad rodeado de su pueblo, rodeado por cantos y gritos de algarabía. Podemos imaginar que es la voz del hijo perdonado, la del leproso sanado, del publicano y del impuro. Es el grito de hombres y mujeres que lo han seguido porque experimentaron su compasión ante su dolor y su miseria (…) 
• Esta alegría y alabanza resulta incómoda y se transforma en sinrazón escandalosa para aquellos que se consideran a sí mismos justos y “fieles” a la ley y a los preceptos rituales. Alegría insoportable para quienes han bloqueado la sensibilidad ante el dolor, el sufrimiento y la miseria (…)
• Y así nace el grito del que no le tiembla la voz para gritar: “¡Crucifícalo!”. No es un grito espontáneo (…) Es el grito fabricado por la “tramoya” de la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia que afirma sin problemas: “Crucifícalo, crucifícalo” (…).
• Es el grito del “sálvate a ti mismo” que quiere adormecer la solidaridad, apagar los ideales, insensibilizar la mirada… el grito que quiere borrar la compasión, ese “padecer con”, la compasión, que es la debilidad de Dios (…).
• En su cruz hemos sido salvados para que nadie apague la alegría del evangelio; para que nadie, en la situación que se encuentre, quede lejos de la mirada misericordiosa del Padre. Mirar la cruz es dejarse interpelar en nuestras prioridades, opciones y acciones. Es dejar cuestionar nuestra sensibilidad ante el que está pasando o viviendo un momento de dificultad. Hermanos y hermanas: ¿Qué mira nuestro corazón? ¿Jesucristo sigue siendo motivo de alegría y alabanza en nuestro corazón o nos avergüenzan sus prioridades hacia los pecadores, los últimos, los olvidados?
HABLA LA VIDA: Operación Fuerza de Aliada
24 de marzo de 1999. Un alto mando político de la OTAN llega tarde a una cena organizada meses atrás por un grupo de europarlamentarios en Bruselas. Al llegar todos le ven demacrado. Cuando se sienta y va a contarle la razón de la tardanza, irrumpe a llorar. Esta noche había tomado una decisión que para muchos sería un crimen: poner en marcha la Operación Fuerza de Aliada, iniciando con el bombardeo de Kosovo una guerra no declarada de la OTAN contra las República Federal de Yugoslava, que duro hasta el 11 de junio y que acabo con la vida de 462 soldados, 114 policías, y entre 1200 y 5.700 civiles. Aquella noche el sabía que habría víctimas civiles. Algunos diputados europeos le intentaban dar consuelo recordándole que también con esa decisión podía haber salvado también muchas vidas. Ninguno vio en su rostro el rostro el dolor de Jesús en la cruz, pero sobre todo ninguno de ellos pensó en que en cada una de aquellas víctimas, en aquel momento anónimas e incontables, estaba no sólo el rostro, sino todo su ser, en cuerpo y alma, de Jesús crucificado y abandonado. Seguramente por que ninguno de ellos entendería que alguien pudiera estar en ambos lugares a la vez, seguramente porque sólo a Dios se le puede permitir estar en ambos lugares a la vez, habiendo dejado que su Hijo, en la cruz, abrazase el pecado, el dolor y la muerte de todos los hombres a la vez.  
Manuel Mª Bru Alonso, delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid