Hno. José María Pérez Navarro, FSC., delegado Episcopal de Catequesis.
Acabamos de vivir un acontecimiento histórico en la Iglesia, la visita del papa León XIV a nuestro país. Recordamos todos los mensajes y gestos que el Papa dirigió a todas las personas allí congregadas. Es verdaderamente sorprendente y también motivo de dar gracias a Dios de cómo la Iglesia ha tenido la capacidad de convocar a tantas personas, muchos de ellos no creyentes. Creo que ninguna institución, grupo, partido político puede hacer una cosa parecida y es motivo para sentirnos felices.
Sin embargo, este acontecimiento puntual no nos debe hacer olvidar la situación en la que vivimos. Aunque seamos muchos, millones de personas, todavía el Evangelio no ha llegado a mucha gente porque no ha habido nadie que se lo haya transmitido, o bien personas que recibieron formación religiosa cristiana en su niñez que por determinadas circunstancias han decidido abandonar la fe, personas bautizadas que viven en la indiferencia religiosa, o incluso muchos adultos que piden los sacramentos para ellos o para sus hijos pero que viven en la lejanía a todo lo que sea Iglesia, parroquia, creencia…
A lo mejor el optimismo de estos días pasados nos haga olvidar la realidad en la que vivimos, una sociedad necesitada de evangelización. Como decía el teólogo José María Castillo “es fácil convocar a los convencidos, ya es más difícil convocar a los otros”.
A los últimos papas le preocupa especialmente la situación y en los últimos años ha habido muchas iniciativas para que los cristianos tomemos conciencia de ello. En este sentido, recuerdo el Sínodo de la evangelización del año 2012 convocado por el papa Benedicto XVI, o el documento programático de Francisco, Evangelii Nuntiandi o los discursos en pro de la evangelización de nuestro actual Papa. Es un tema común en la reflexión de los pastores: la problemática frecuente de la sacramentalización masiva que no acompaña una pertenencia posterior a las comunidades.
Algunas personas dicen que porqué tenemos que preocuparnos de las personas que no creen. En este sentido quiero contar una anécdota que me ocurrió hace unos años cuando participé en un congreso. Un sacerdote de una parroquia indicaba que la población dentro de los límites parroquiales era aproximadamente de unas 8.000 personas, pero que él pensaba que solamente un 5 % de esa población se acercaba al templo parroquial por lo que decía que, en realidad, atendía a unas 400 personas. Para él las 7600 personas restantes no significaban ninguna preocupación y en su parroquia brillaba por su ausencia la pastoral misionera.
Cuando yo escuchaba a aquel buen párroco resonaban en mi interior las últimas palabras del Evangelio de Mateo: “Id y haced discípulos de todas las naciones, […] mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).
No solo por motivos evangélicos es primordial el primer anuncio a tantas personas, sino que también por motivos prácticos: la supervivencia de una comunidad cristiana depende de su capacidad de transmitir la fe a una nueva generación de cristianos.





