Hno. José María Pérez Navarro, delegado Episcopal de Catequesis.
A lo largo de la historia han sido varias las modalidades que ha adoptado la Iglesia para incorporar a nuevos miembros. Tertuliano decía en el siglo II: “Cristiano no se nace, se hace”. En cambio, en la época de Constantino y la Edad Media no se podía no ser cristiano. Y en la época del Concilio de Trento ya se nacía cristiano: lo importante era saber bien en qué se creía y ponerlo en práctica. Por ello este Concilio dará mucha importancia a los catecismos, para combatir la ignorancia religiosa.
Pero Henri Derroitte, profesor de catequética de Lumen Vitae (Bélgica) nos recuerda que el modelo tridentino ya no nos sirve hoy:
«Esto indica claramente que nos encontramos en un periodo de cambio de modelo catequético. […] estamos cambiando de paradigma. Nos alejamos del modelo tridentino, de sus esquemas de pensamiento implícitos, de sus categorizaciones. Este modelo estaba fundado en la transmisión y la memorización del saber, la exposición de las verdades de la fe, reconocidas como punto focal del creer. Lejos de mí la idea de decir que hoy no tendría que haber conocimientos en el acto de creer, pero me parece que el lugar de la fe –el del nacimiento y su desarrollo- se ha desplazado» (Por una nueva catequesis, 10-11)
La Iglesia en los años 60-70, para responder al nuevo contexto secularizado que emergía, dejó de preocuparse tanto por el contenido del mensaje catequético y dedicó muchos esfuerzos para atender al catequizando. Nos lo recuerda Jesús Rojano:
«La catequesis postridentina privilegió una dimensión (el conocer la doctrina) sobre las otras tres (actuar, celebrar y orar), que más o menos quedaban satisfechas en el marco de la parroquia y de la familia. A lo largo del siglo XX, sobre todo a partir de los años 60-70, al constatar el desequilibrio introducido por la situación de la secularización, el movimiento catequético procuró fomentar lenguajes no doctrinales-intelectuales y tener en cuenta elementos pedagógicos, psicológicos (¡adaptarse al catequizando!), bíblicos, litúrgicos, experienciales… […] Sin embargo, en palabras de Adler, “como por un efecto pendular, tanto pegarse al catequizando corría el riesgo de insistir menos en los datos objetivos de la fe” […]. Estos bandazos de la catequesis (o adoctrinamiento sin vivencia o vivencia experiencial con poco contenido doctrinal) tienen mucho que ver con el desconcierto y la sensación de fracaso actuales».(¿Por qué fracasan los itinerarios de educación de la fe, Misión Joven 376,49-50)
Hoy estamos en otro momento. Ciertamente la transmisión de la fe no es automática. La persona no nace cristiana, sino que llega a serlo por la gracia de Dios, mediante la fe y los sacramentos de iniciación, que suponen la decisión libre de la persona que se convierte al Dios vivo y verdadero. No podemos descuidar el contenido, por supuesto; pero tampoco no podemos dejar de escuchar al interlocutor: al hombre y la mujer de hoy.




