Hno. José María Pérez Navarro, delegado Episcopal de Catequesis.
Antes de adentrarnos en este nuevo paradigma, vamos a definir brevemente lo que es la evangelización y a partir de allí ver las tres etapas del proceso evangelizador entendidas desde este nuevo paradigma.
Pablo VI define la evangelización como «un paso complejo con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado» (Evangelii Nuntiandi, 24).
Desde aquí podemos afirmar que la evangelización es un proceso rico, complejo y dinámico, que integra todos estos elementos.
Algunos autores nos recuerdan que «el anuncio evangélico no es una tarea o función entre otras, dentro de la misión de la Iglesia: es su identidad más profunda, su misión esencial. La Iglesia existe para evangelizar. Y lo hace – lo debe hacer – con sus palabras, con sus acciones, y sobre todo con su ser. Toda ella debe ser anuncio».
En el decreto Ad Gentes del Concilio Vaticano II, (AG 11-15), encontramos con mucha precisión la descripción de la dinámica de todo el proceso de evangelización, mostrándonos al mismo tiempo la lógica interna que conecta los distintos elementos:
– Testimonio cristiano y presencia de la caridad (nn. 11 y 12);
– Primer anuncio del Evangelio y llamada a la conversión (n. 13);
– Catecumenado e iniciación cristiana (n. 14);
– Formación de la comunidad cristiana y apostolado (n. 15).
En el Directorio para la Catequesis (DGC) se concibe la evangelización como un proceso eclesial, inspirado y sostenido por el Espíritu Santo, por medio del cual el Evangelio es anunciado y difundido en todo el mundo. En el proceso evangelizador de la Iglesia: impulsada por la caridad, impregna y transforma todo el orden temporal; se acerca a todos con espíritu de solidaridad; proclama explícitamente el Evangelio; inicia a la fe y en la vida cristiana, mediante el itinerario catecumenal; a través de la educación permanente de la fe, de la celebración de los sacramentos y del ejercicio de la caridad, alimenta el don de la comunión en los fieles y los llama a la misión (Cf. DC 31).
Por tanto, en la dinámica del proceso evangelizador podemos distinguir tres fases o etapas sucesivas: acción misionera o primer anuncio de la fe (con los no-creyentes), acción catequética-iniciática (con los convertido de poco) y acción pastoral (con los fieles de la comunidad cristiana). Estas tres fases las tenemos que entender más que como etapas temporales que se suceden unas a otras, como momentos dialécticos que establecen la relación dinámica que las diversas acciones evangelizadoras guardan entre ellas.




