“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed”. La oración de la Samaritana nace del reconocimiento de nuestra sed vital. Todos, de alguno modo, estamos “deshidratados” de auténtica vida, pero sólo el que se sabe sediento de esta agua se sabe a si mismo pobre y necesitado de Dios:

  • Vivimos para amar y ser amados, pero nuestra mente, nuestro corazón, nuestro devenir diario, nos dicen que están insatisfechos: que nunca amamos ni somos amados en la medida que deseamos.
  • Es la sed del alma, creada a imagen semejanza de un amor sin límites, creada a imagen y semejanza de Dios, el único capaz de saciar esa sed.
  • Y es la misma agua que Dios dio a través del callado de Moisés al Pueblo de Israel cuando flaqueaba su fe, como hemos escuchado del libro de Éxodo y del salmo 94: “Venid, aclamemos al Señor”.
  • Es la misma agua que Pablo llama “esperanza que no defrauda” y que no es otra cosa que el amor de Dios que “ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.
  • En el diálogo con la Samaritana, como con Nicodemo, o con Mateo, Jesús nos hace la “revelación existencial de Dios”, única e irrepetible para cada uno de nosotros.
  • Si lo pensamos bien, hay tres revelaciones comunes en estos diálogos, que nacen de la provocación de Jesús: “Si conocieras el don de Dios…”:
  • En primer lugar, que Dios es Padre, un padre que se desvive por ti, que está pendiente de ti, que sólo busca tu bien, que te ama infinitamente, con quien puedes siempre dialogar, ininterrumpidamente, a quien confiarle todo, absolutamente todo, seguro de que jamás apartará su mirada. Jamás dejará de escucharte, jamás se enfadará contigo, aunque posiblemente llore y sufra mucho por ti, y jamás, jamás dejará de respetar tu libertad. Es el agua de la amistad con el Dios “que primeriza”, que toma la iniciativa: “Mujer: dame de beber”.
  • En segundo lugar, que Dios te lo explica todo: si Dios es amor, nada puede escapar de su mirada de amor: acontecimientos, personas, situaciones, de mi propia historia, de toda la historia… todo tiene sentido. Puedo ir desentrañándolo. Su amor lo envuelve todo, lo sostiene todo, lo relaciona todo, y la historia, la tuya, la mía, la de toda la humanidad, es historia de salvación. Entonces ves que tu vida no es un tapiz desdibujado, sino una obra de arte que Dios hace contigo, y que, tras esta parte del tapiz, se esconde el tapiz verdadero. Es el agua de la confianza en Dios: “Señor, dame de esa agua, así no tendré más sed”.
  • En tercer lugar, que Dios lo salva todo: si nada escapa de su amor, tampoco nuestras limitaciones. Esta es la radical novedad de la misericordia de Dios. Se recobra, además de la unidad interior, la paz interior. Porque te das cuenta de que ni tu ni los demás podéis exigirte ser perfectos. Sólo El, que es perfecto, puede darte el don de parecerte a Él. Te volverá a perdonar siempre, a cuidar siempre, a enseñar siempre. Es el agua del verdadero culto, el de pedir la misericordia de Dios: “Créeme Mujer (…) se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adoraran al Padre en espíritu y en verdad”.
  • San Agustín se dio cuenta de que siempre tuvo sed de Dios, o nostalgia de Dios: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua, y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo más yo no lo estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz”.
  • Y tú y yo: ¿reconocemos que tenemos sed de Dios? ¿estamos dispuestos a pedirle que nos dé su agua a beber?

Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid.