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¡Señor, aumenta mi fe!

Por Manuel María Bru el 1 octubre, 2016 en La voz del delegado
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Esquema homilía del domingo 2 de octubre de 2016:

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C)

1.- La Palabra de Dios es siempre el principal alimento de nuestra fe: ella nos recuerda siempre el contenido de nuestra fe, nos alienta en “el combate de la fe”, y nos consuela con el bálsamo de la fe. Lo vemos especialmente en las lecturas de este domingo:

  • El profeta Habacuc clama al Cielo e interroga a Dios: ¿Por qué me haces ver desgracias y catástrofes?, ¡surgen luchas, se alzan contiendas! No son gritos desgarradores hacía Dios de hace cuatro mil años, cuando el profeta los pronunció, sino que son gritos de hoy y de siempre. ¿Cuantos hombres y mujeres, en medio de catástrofes naturales, o de los horrores de la guerra, no los están gritando en este mismo momento? Pero el justo vivirá por su fe, escucha en su interior el profeta… El justo vivirá por su fe. Sólo la fe le sostendrá en esos momentos. Como se preguntó una joven italiana en medio de los bombardeos de Trento en la Segunda Guerra Mundial, ¿Habrá algún ideal que ninguna bomba pueda destruir? Si, Dios, ¡Dios es el único ideal que ninguna bomba podrá destruir! Podrán quitarnos todo, y la vida. Pero no a Dios ni la fe en Él.
  • El salmo 94 nos pone ante la verdad de donde está la puerta que se abre o se cierra a la fe: esa puerta es el corazón. Si no endurecemos nuestro corazón, nos abrimos al don de la fe. Si endurecemos nuestro corazón, nos cerramos al don de la fe. La fe es un don, ciertamente, pero Dios sólo la hace crecer en quien la acoge libremente, en quien la busca. El corazón, que es la puerta que se abre o se cierra a la fe y la confianza en los demás, es también la puerta que se abre o se cierra a la fe y la confianza en Dios.
  • San Pablo nos enumera, en su segunda Carta a Timoteo, las características que describen al creyente, al que tiene fe:
  • La custodia de la fe: la fe es un gran tesoro, que merece ser protegido:
    • por que el enemigo quiere hacerlo desaparecer de la tierra;
    • y si no puede al menos arrebatarlo del creyente que no se forma en la fe, que no cultiva su fe;
    • o si no al menos ensuciarlo con doctrinas extrañas a la fe.

Por eso San Pablo nos dice a cada uno de nosotros: ¡Guarda este precioso deposito con la ayuda del Espíritu Santo!

  • El trabajo de la fe: la fe no sólo no adormece al creyente ante los retos de este mundo, sino al contrario, suscita un trabajo extraordinario, propio, el trabajo de la fe, “los duros trabajos del evangelio”, lo llama el Apóstol. ¿O acaso la entrega del amor, la lucha por la paz y la justicia, la reconciliación y la unidad, no dan trabajo, no cuestan sudor y lágrimas para el que quiere ser coherente con su fe?
  • Y la parresia de la fe: la fe exige valentía y riesgo, porque la fe se testimonia, y el testimonio de la fe, siempre, siempre, se paga con el rechazo, la ofensa, la ignominia, o en el extremo del martirio con la vida.
  • En el Evangelio los Apóstoles se dirigen a Jesús, tras seguir sus pasos de un lado a otro, tras escucharle día tras día: “Señor, auméntanos la fe”, porque se dieron cuenta de que para seguirle necesitaban de un don insostenible por su propia voluntad, inabarcable sólo con sus propias fuerzas. Pues si ellos, que le vieron hacer milagros, que le miraron a los ojos, que abrazaron al Dios hecho hombre, le imploraron que aumentase su fe, ¿qué haremos nosotros sino pedirle, día a día, que nos aumente la fe? Si no lo pedimos con insistencia, a lo mejor tendríamos que preguntarnos que lugar ocupa la fe en la escala de valores de nuestra vida.

2.- Tomando las palabras del Papa Francisco en su homilía del pasado domingo, en la celebración eucarística del Jubileo del Catequista en el Año de la Misericordia, decía a los catequistas algo que es igualmente válido para todos nosotros, ungidos en el bautismo y enviados en nuestra confirmación a dar testimonio de la fe: que tenemos que anunciar, a ejemplo de San Pablo, lo esencial de la fe, el primer anuncio, a saber: que “el Señor Jesús te ama, ha dado su vida por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días”, y “te ama personalmente”. Sabiendo, eso sí, decía el Papa, que “a Dios-Amor se le anuncia amando: no a fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con rigidez a alguna obligación religiosa o moral”.

3.- Termino con un sucedido: Un joven hospitalizado por una enfermedad terminal, recibió la visita de un amigo que, al despedirse le dijo: ¡Ten ánimo!, y el le contesto: no me digas “ten ánimo”. Dime “ten fe”. Por eso no nos cansemos en repetir esta suplica, sin duda la más importante que podemos hacer: ¡Señor, auméntanos la fe!

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