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Nos han robado todo menos la fe

Por Manuel María Bru el 28 septiembre, 2017 en La voz del delegado
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¿Que es la Viña del Señor? Se trata de una bellísimas alegoría bíblica para asignar al Pueblo de Dios, el de la Antigua Alianza, y el de la Nueva Alianza que, convocado por Jesucristo, no conoce fronteras, y que, no queda encerrada pero si subsiste en su Iglesia.

  • La lectura del Profeta Isaías que hemos escuchado, y la del salmo 79 que hemos aclamado, nos revela que ya en la Antigua Alianza, el compromiso de Dios con su viña no tiene límites, aunque el compromiso del pueblo de Israél para con su Dios dejase mucho de desear.
  • Bien claro deja el Señor Jesús en el Evangelio de San Mateo que hemos escuchado, que Dios nuestro Padre, el dueño de la viña, se la quiere arrendar, siguiendo esta analogía, a otros labradores, es decir, la hace extensiva a todos los hombres y a todos los pueblos.
  • Y en su Carta a los Filipenses San Pablo enumera las condiciones para que la Iglesia, la nueva viña del Señor, permanezca siempre fiel a la Nueva Alianza: estar al servicio de la verdad, de la justicia y de los valores que promueven y salvan al hombre de cada tiempo y de cada lugar. Es decir, que en la Nueva Alianza el compromiso del Pueblo de Dios para con él es inseparable del compromiso del Pueblo de Dios con el hombre, y por tanto, con todos los hombres y todos los pueblos de la tierra.

Les cuento una historia que tiene mucho que ver con el compromiso que, como viña del Señor, hemos sellado en nuestro bautismo con Dios Padre, y con este mes de octubre que empezamos, el mes de las misiones:

  • Recuerdo cuando estuve en la presentación de libro muy interesante que se titula “Cuando todos se van, ellos se quedan”, que nos habla de misioneros en zonas de conflicto.
  • No es el título de una película de acción, sino la descripción de una realidad, nos decía el director de Ayuda a la Iglesia Necesitada en España. Es más, sería aún más acertado decir que en los lugares de conflicto “cuando todos se van, ellos son los únicos que se quedan”.
  • Además de los autores, habló uno de los entrevistados en el libro, monseñor Juan José Aguirre, misionero comboniano español, obispo de Banggassou en la República Centroafricana desde 1980.
  • Los misioneros, dijo, vamos a la misión con dos mochilas, una llena para dar, y una vacía para llenar. Y siempre se llena antes la vacía que se vacía la llena. Llegó a Centroáfrica con apenas 26 años, y el jefe de la tribu a la que fue enviado lo llevo a hablar bajo el “árbol de la sabiduría”.
  • Bajo sus frondosas ramas hombres y mujeres, viejos y niños, le escucharon atentamente. Es muy emocionante anunciar el Evangelio a un pueblo que jamás había oído hablar de Jesucristo. Les leí la parábola del Buen Samaritano. Y me callé. No quería estropear la palabra de Dios con la mía.
  • Y como la misión tiene dos caras, evangelización y desarrollo, monseñor Aguirre durante estos años además de seguir proclamando el Evangelio que acogían entusiasmados, ha construido sencillos hospitales, pequeñas escuelas, y humildes iglesias.
  • Los últimos meses han sido para monseñor Aguirre los más duros de la misión. El terrorismo islámico ha llegado a sus pobres aldeas y ha arrasado con todo lo que con tanto esfuerzo se había conseguido levantar. Han degollado a más de doscientos cristianos.
  • Sus sacerdotes con el resto sus comunidades quedaron desolados, algunos iniciaron un éxodo a ninguna parte y luego volvieron, sin saber por donde empezar para reconstruir lo brutalmente destruido. Monseñor Aguirre los convocó y les pidió que expresaran todo lo que sentían. “No tenemos nada, nos han robado todo menos la fe. No dejemos que nos roben la esperanza”, decían.
  • Monseñor Aguirre, guía de una Iglesia masacrada y despojada de todo, les dijo: “Nos quedamos aquí. Nos queda lo único que importa: la fe. Quedémonos juntos a rezar. Y que los que asesinan nos oigan cantar y rezar. Que vean que el amor es más fuerte que la muerte, porque Dios es amor. La misión es suya, que Él la levante y que ellos nos oigan rezar”.
  • No nos pidió que nos fuéramos con él a su misión, pero si que estuviésemos unidos a él: en la austeridad de vida, en la solidaridad con la Iglesia misionera y perseguida, y en la oración por los misioneros, porque la misión es suya.

HOMILÍA PARA EL DOMINGO XXVII DEL TO (CICLO A) 4 OCTUBRE 2014

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