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Prisionero 119.104

Por Manuel María Bru el 7 Mayo, 2017 en La voz del delegado
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Comienzo contándoos una historia real:

  • El prisionero 119.104 del Campo de Concentración de Auschwitz era un importante psicólogo judío discípulo de Freud. Su nombre: Victor Frankl.
  • Atentos a esta reflexión que allí él se hizo y que supuso una revolución en el campo de la psicoterapia: “La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta ¿sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario, todos esos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta que a mí, personalmente me angustiaba era esta otra: ¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera en superarla o sucumbir, una vida por tanto, cuyo sentido dependiera, en última instancia, de la casualidad, no merecería en absoluto la pena de ser vivida”.
  • Conclusión (forjada en una lucha durante años por mantener la libertad interior y la dignidad personal en el Campo de Concentración): “Preguntarse por el sentido de la vida, y encontrarlo, es la clave de la felicidad y de la salud psíquica. Es necesario hacer algo, trabajar por algo, vivir con intensidad algo o amar a alguien”.
  • Así, Victor Fankl, fundó la logoterapia o terapia del sentido de la vida, al servicio del factor más sanador de la piscología humana: analizar las verdaderas motivaciones existenciales, aquello por lo que vivimos: los “sentidos” de la vida, y llegar a descubrir y optar libremente y globalmente por el “ultra-sentido”, que es “capaz de orientar todos los sentidos a un único fin que responda al Ser del sentido, pues el único sentido del ser se identifica con el único y último Ser del sentido”.
  • El razonamiento de Victor Frankl es de una lógica apabullante. Podemos vivir la vida de dos formas:
  • Mendigando minuto a minuto la suerte, el éxito y la felicidad de las circunstancias de la vida,
  • O tener un ultra-sentido, capaz de comprender todos las pequeñas metas o micro-sentidos de la vida, con el que afrontar todas las circunstancias, más allá de que sean favorables o adversas.

 ¿Por qué os cuento esto? ¿Qué tiene que ver con la liturgia de la Palabra que acabamos de escuchar? Pues tiene que ver muchísimo: La Palabra de Dios nos ha revelado cuál puede ser el  centro neurálgico, la piedra angular, y el sentido (el ultra-sentido) de nuestra vida:

  • En los Hechos de los Apóstoles se nos dice porqué en Jerusalén, día a día, “iba creciendo el número de los discípulos de Cristo”. La respuesta es que “la Palabra de Dios iba cundiendo” en la primitiva comunidad cristiana. Es decir, iba respondiendo a los verdaderos anhelos del ser humano, los mismos allí y entonces que aquí y ahora: la fe en Cristo desarrollaba, cumplía, y realizaba, la búsqueda del Sentido de la vida.
  • Con el salmo 32 hemos reconocido que creer en el amor de Dios significa encontrar una respuesta a las preguntas existenciales de la vida: “Que tu misericordia Señor venga sobre nosotros como lo esperamos de ti”.
  • San Pedro, en su primera carta, recurre a una vieja expresión bíblica para mostrarnos que Cristo es la “piedra angular”:
  • Con la que “tropiezan” y “se estrellan” quienes no creen en Él.
  • Pero que en cambio, quien se apoya en ella, “no queda defraudado”.
  • Y en el Evangelio el mismo Señor nos revela tres cosas sobre si mismo:
  • Qué Él es el único camino para llegar a Dios Padre: “Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre”.
  • Qué Él es el único camino para vivir en la paz, para vivir en la templanza, para vivir en la entereza, para realizarnos humanamente, y para alcanzar la vida eterna: “Que no tiemble vuestro corazón: creed en Dios, y creed también en mí”.
  • Que Él es, en definitiva, “el camino, la verdad y la vida”: el único camino, la única verdad, la única vida.

No demos dar por su puesto que, aunque creamos en Cristo, en Él hayamos puesto el sentido (el ultra-sentido) de nuestra vida, y existencialmente no vivíamos como los paganos, infelices mendigando del azar y del destino nuestra paz y libertad interior. Que bien entendería en Auschwitz, aún siendo judío, Victor Frankl a Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.

HOMILÍA DEL DOMINGO V DE PASCUA (CICLO A)

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