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Del que todos seamos uno al que todos seamos hermanos

Por Manuel María Bru el 10 Junio, 2017 en La voz del delegado
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De la celebración del Domingo de la Santísima Trinidad (11 de junio) pasamos a la celebración del Corpus Christi (18 de junio). Es el paso entre la confesión de la Fe en el Dios de la unidad que nos pide que todos seamos uno, a la confesión de la fe en el Dios del amor que nos pide que todos seamos hermanos. Ya dice San Pablo que “el amor es el ceñidor de la unidad consumada” (Col. 3, 13):

DIOS UNO Y TRINO:

La riqueza que encontramos en la Liturgia de la Palabra en esta solemnidad de la Santísima Trinidad nos lleva a la contemplación del misterio de Dios:

  • El libro del Éxodo nos ofrece la portentosa escena de Moises en el monte Sinai, y con ella cual es la actitud y la situación en la que el ser humano es más él mismo, cuando postrado ante su Dios y se reconoce dependiente de él: “tómanos como heredad tuya”. No podemos ofrecer a Dios nada más que lo que Dios mismo nos ha dado, que es todo.
  • La alabanza responsorial tomada del libro de Daniel nos muestra el sentido de esta adoración al Dios verdadero discurre unida a la contemplación de su creación y la memoria de su paternal acción liberadora generación tras generación.
  • San Pablo en su Segunda Carta a los Corintios nos propone tres señales de los cristianos: su intima comunión con el Dios uno y trino, su alegría, y la unidad y paz entre nosotros.
  • Y en el Evangelio de San Juan Jesús nos hizo participes de su íntima unidad con el Padre y el Espíritu, con quien es un único Dios. Y nos lo reveló en la medida en que el apóstol Juan llega a la conclusión de que “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Único”: es el amor infinito de Dios al mundo, al hombre, el camino para entender el amor infinito que en Dios mismo es unidad entre tres personas divinas.

¿Qué decimos cuando decimos que creemos en un Dios que es uno y trino: en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?

  • Confesar la Trinidad es acoger el misterio de Dios en lo más esencial de si mismo, inalcanzable por nuestra propia razón, pero conocido por nosotros por el don inmenso de la revelación: que Dios es sólo Dios si es uno podemos alcanzarlo por la razón, que sea amor y que lo sea en la unidad de tres personas que son un solo Dios, sólo porque él nos lo ha revelado.
  • La fe en el Dios Uno y Trino nos lleva a la fe en el hombre creado a su imagen y semejanza, salvado por acción de las tres personas trinitarias, nacido y destinado por tanto a la unidad, a la comunión.
  • La fe en el Dios Uno y Trino nos libera de cinco ideologías pseudo-religiosas:
    • El ateísmo desesperante: la afirmación segura de la muerte de Dios, decía un ateo como Nietzsche nos lleva a la desesperación, a la muerte del hombre.
    • El deísmo autosuficiente: el hombre es el verdadero “dios” de su vida, el Dios motor del universo ni siente ni parece, es sólo un gran reloj.
    • El sincretismo decepcionante: todo vale, toda religión, creer y no creer, según me levante cada día: la vida sin sentido ni falta que le hace.
    • El fundamentalismo intolerante: Dios dibujado a mi imagen y semejanza: si yo fuera Dios sería un tirano despótico.
    • Y el fanatismo sectario; cualquiera puede inventar una religión para darse culto a si mismo y que se lo de un grupo de engañados.
  • Son las cinco ideologías que quieren robarle al hombre su religación natural a Dios, su anhelo permanente de Dios, y su búsqueda inteligente del Dios verdadero.
  • Son las principales artimañas del enemigo que no quiere que el asombroso descubrimiento de la verdad de Dios nos lleve al “ut unum sint”, al que “todos sean uno”, al mundo unido en el amor.

¿Quiénes son los que mejor han entendido el Misterio Trinitario? Los sabios, los santos, los contemplativos….

  • Los sabios como San Agustín: intentaba dilucidar el misterio trinitario y encontró un niño que quería llenar su hoyo en la playa con todo el agua del mar y al hacerle ver el santo que es imposible le dijo: más difícil es que en tu mente entre el misterio trinitario.
  • Los contemplativos (por eso hoy celebramos la jornada “Pro orantibus”, de reconocimiento y comunión con los monjes y las monjas contemplativos). Recuerdo en Luanda, en la capital de Angola, al visitar el convento de las carmelitas, la única blanca de la comunidad, ya muy mayor, española, me decía: “porque estamos casi todo el día en oración, podemos luego también dedicarnos en locutorio a escuchar a la gente, como una esponja que acoge todos los sufrimientos”. Y me decía, con cierta ironía: “los misioneros tienen mucho que hacer, nosotras tenemos más tiempo para escuchar”.
  • Y los santos: Por ejemplo los 44 seminaristas hutus y tutsis que fueron asesinados por no querer identificar ante sus agresores su propio grupo étnico, y que San Juan Pablo II los llamó “mártires de la unidad”. De ellos se podría decir muy bien lo que dice Jesús: “que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. Y lo dijo del matrimonio, pero vale para todos los sitios: los amigos, los compañeros de trabajo, la comunidad cristiana, la vida pública y la comunidad internacional: todo tiene la huella del Dios Amor Trinitario: unidad en la diversidad. Esa es la vocación del mundo.

DIOS AMOR: 

La Palabra de Dios de este Corpus Christi nos ha abierto la mente y el corazón al misterio de la Eucaristía como don, como alabanza, como comunión y como alimento:

  • Como don: Hemos reconocido una de las frases que todo cristiano sabe de memoria, “no sólo de pan vive el hombre, sino de cuanto sale de la boca de Dios”, del libro del Deuteronomio, donde se nos invita, igual que a los israelitas, a hacer memoria del bien que nos ha hecho.
  • Como alabanza: “Glorifica al Señor, Jerusalén”, hemos dicho con el salmo 147, con especial significado en la alabanza pública, la del nuevo pueblo de Dios, la de la nueva Jerusalén.
  • Como comunión: con Cristo, con su cuerpo real, y con la Iglesia que es su cuerpo místico, nos dice San Pablo en la primera carta a los Corintios:el pan es uno y así nosotros, aunque seamos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos de un mismo pan”. Decimos que comulgando en cada uno de nosotros entra Cristo. Pero en realidad somos cada uno de nosotros quienes entramos, juntos, en el Cuerpo de Cristo.
  • Como alimento: alimento real y alimento espiritual, prenda de vida eterna: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”, nos ha dicho Jesús en el discurso del Pan de Vida, no como mágico talismán, sino como íntima comunión con él, porque “el que como mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Que bien nos viene recordar hoy algunas cosas de las que el Papa Francisco nos ha dicho sobre la Eucaristía. Cosas muy concretas y sugerentes:

  • Primero, sobre la celebración: basta con lo que vemos para entenderla:
  • “En el centro se encuentra el altar, que es una mesa cubierta por un mantel y esto nos hace pensar en un banquete.
  • Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre aquel altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo el signo del pan y del vino.
  • Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el cual se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí nos reunimos para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra.
  • Palabra y Pan en la Misa se hacen una misma cosa, como en la última Cena, cuando todas las palabras y signos de Jesús se condensaron en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz, anticipación del sacrificio de la cruz”.
  • En segundo lugar, las consecuencias de esta celebración:
  • La primera, la comunión con Jesús, que “haciéndose pan partido para nosotros, vierte sobre nosotros toda su misericordia y su amor, tanto que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos”. Es por esto que cuando nos acercamos a este Sacramento, se dice que se recibe la Comunión y se hace la Comunión, que “es pregustar ahora ya la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celeste, donde, con todos los Santos, tendremos la gloria de contemplar a Dios cara a cara”.
  • Y como segunda consecuencia, la comunión con los hermanos: Por la eucaristía “seremos capaces de gozar con quien está alegre, de llorar con quien llora, de estar cerca de quien está solo o angustiado, de corregir a quien está en error, de consolar a quien está afligido, de acoger y socorrer a quien está necesitado”.
  • Por esto, nos dice el Papa, es tan importante ir a misa el domingo no sólo para rezar, sino para recibir la comunión, este Pan que es el Cuerpo de Jesucristo y que nos salva, nos perdona, nos une al Padre”.
  • Los santos, de todo lugar y tiempo, no sólo los que están en los altares -que bien los sabemos los sacerdotes cuando llevamos la comunión a los enfermos y moribundos-, ¡como valoran en su vida este gran tesoro! Fijémonos en esta imagen, en este magnífico cuadro de la última comunión de San Jerónimo (en la Parroquia San Jerónimo el Real, de Rafael Tejeo. Mirad su deseo del pan del cielo, y mirad como desde el cielo el Resucitado lo esta esperando. Lo abrazó con una vida entregada a su Palabra, lo abrazó al final con el pan que es viático para la vida eterna.

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