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Compartir el don de la fe

Por Manuel María Bru el 3 Julio, 2016 en La voz del delegado
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Domingo 3 de julio 2016: HOMILÍA DEL DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO C) 2016

1.- La Palabra de Dios nos invita este domingo a reconocer el don de la fe recibida, y a compartir este don con los demás.

  • En la primera lectura el profeta Isaías nos invita a acoger el don prometido del consuelo de Dios, que nosotros vemos cumplido en Jesús.
  • En el salmo 65 reconocemos que compartir nuestra fe con los demás significa compartir el testimonio personal de una fe hecha vida: “Venid a escuchad: os contaré lo que ha hecho conmigo”
  • En su Carta a los Gálatas San Pablo nos dice que no cuenta la procedencia o la particularidad de cada uno (ser judío o gentil, para las primeras comunidades cristianas). Lo que cuenta es ser “criatura nueva” en Cristo. Lo que cuenta es el abrazo a Cristo por la fe.
  • Vemos a Jesús, en el Evangelio de San Lucas, enviando a los discípulos a anunciar la fe bajo una expresión que dice todo su contenido: “esta cerca de vosotros el Reino de Dios”.
  • Les pone para la evangelización unas condiciones:
    • Libertad: “nos os detengáis en el camino”,
    • Valentía: “os mando como corderos en medio de lobos”,
    • Austeridad: “ni alforja ni sandalias”,
    • Unidad: “de dos en dos”.
  • Pero además les pide que anuncien el Reino de Dios con alegría sin esperar nada a cambio: “no estad alegres porque se os sometan los demonios, estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo”. La evangelización no se mide por la cuenta de resultados (unos siembran, otros cosechan), sino que se mide sólo por la fidelidad y la alegría de la vocación.

2.- La Iglesia no vive para si misma, sino para evangelizar.

  • Evangelizar este mundo supone dos cosas: anunicar el Evagnelio en el mundo y transformar el mundo según el Evangelio. En palabras de sabio papa emérito Benedicto XVI, “informarlo y preformarlo”. Al mundo se le informa con la Buena Noticia, y se le preforma con ella, se le transforma con el Evangelio.
  • San Juan Pablo II se dio cuenta, y así nos lo propuso en su encíclica Redemtoris Missio, que evangelizar el mundo de hoy requería reinterpretar el concepto de “misión ad gentes” (las misiones de toda la vida). Así surgió la Nueva Evangelización. Cuando San Juan Pablo II promovió la Nueva Evangelización sólo indicó que debía ser nueva en tres aspectos: “en su ardor, en sus métodos, y en sus expresiones”. A partir de entonces han sido tres las sucesivas concreciones con respecto a la Nueva Evangelización, una por cada pontificado:
  • por parte de San Juan Pablo II, la de los “Nuevos areópagos para la evangelización” (la ciencia, la cultura, la economía, la comunicación social, que se habían desarrollado al márgen de la tradición cristiana)
  • por parte de Benedicto XVI, el “Atrio de los Gentiles”: diálogo abierto entre la cultura de la fe y la de la secularidad.
  • y por parte del Papa Franciso, “la Iglesia en salida a las periferias existenciales”: “las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”.
  • Si el “atrio de los gentiles” fue una propuesta muy concreta y valiente para la Nueva Evangelización, la propuesta del Papa Francisco supone algo más: se trata de un enorme impulso pero a la vez de una reorientación de la Nueva Evangelización: se enriquece la perspectiva, tomando un tono más social, más acorde con la opción preferencial por los pobres, tanto en la terminología (la periferia es más distante y más exigente que el areópago) como en la concreección de sus ámbitos.

3.- Una experiencia que aúna la tradición misionera clásica y Nueva Evangelización es la realizada por el Movimiento de los Focolares en la aleda camueruneña de Fontem: En los primeros años de los 60, Fontem era una poblado selvático de la tribu bangwa, en trance de extinción por la enorme mortalidad infantil. El “fon” o rey de la tribu acudió a los líderes animistas para solicitar remedio a esta situación. Pasados tres años, envió una delegación al obispo católico de Buea, quien recurrió a los focolarinos. Los primeros focolarinos llegaron el año 1966. Se instaló una maternidad, y más tarde una central eléctrica. A los tres años comenzó a disminuir la mortalidad infantil, se construyeron casas en armonía con las construcciones tradicionales, y el poblado se convirtió en una ciudad prospera y saludable. El fon y gran parte de la población autóctona se convirtieron al cristianismo, y en 1975 se levantó la parroquia. Esta labor social no iba acompañado de una acción programada de anuncio explícito del Evangelio. Los focolarinos eran conscientes de la necesidad de desmontar con el testimonio los prejuicios que podían existir heredados de la colonización. Fue, según cuentan los mismos evangelizados, el testimonio de caridad, lo que les conquisto. Y así comenzaba la petición del bautismo por parte de la gran mayoría de los bangwa. La tribu bangwa se ha convertido en una escuela de vida cristiana para África y para todo el mundo, y muchos jóvenes, también este verano, de todos los continentes van allí a aprender esta revolución.

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