- Ya Isaías profetizaba que el Mesías nos salvaría entregando su vida, que en el sufrimiento de la cruz nos daría la gran lección de la misericordia.
- Con el salmo 32 hemos expresado nuestra suplica a Cristo: “Que tu misericordia Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti”.
- La Carta a los Hebreos nos explica que Cristo es sacerdote, es decir, puente entre Dios y los hombres, porque siendo Dios es capaz de compadecerse de debilidades de los hombres.
- Y en el Evangelio de Marcos, Cristo, el servidor de todos (el primero en realizar las obras de misericordia), nos urge a vivir desde la misericordia: “el que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor”.
- Son obras directas, que se conjugan en infinitivo: dar, vestir, visitar, perdonar, servir, enseñar, corregir, consolar, rezar…, en definitiva, amar.
- Pero además se conjugan con verbos transitivos: necesitan de un sintagma nominal no determinado por cosas, sino por personas:
- el hambriento al que dar de comer,
- el sediento al que dar de beber,
- el necesitado al que dar posada,
- el desnudo al que vestir,
- el preso al que socorrer,
- el discípulo al que enseñar,
- el dubitativo a quien aconsejar,
- el injurioso al que perdonar,
- el triste al que consolar,
- el hermano por el que rezar,
- e incluso el muerto al que enterrar.
- Y ya sean corporales o espirituales son obras concretas. Nos revelan que el examen final, el único con consecuencias eternas, no es un examen teórico sino un examen práctico. Si, como dice San Juan de la Cruz, en el último día nos examinaran en el amor, es evidente que no será un examen sobre la teología del amor, sino sobre la realización del amor.
- Los misioneros son el primer rostro de la Iglesia que o es misionera o no es iglesia, o es concreta o no es Iglesia, o pone en obra las obras de la misericordia, o no confiesa al Dios de la misericordia.
- En un video del Domund titulado “Como la lluvia fina sobre el campo”, aparece una bellísima frase de William Shakespeare: “la cualidad de la misericordia no es forzada. Cae como lluvia fina sobre la tierra”.
- con la Iglesia que se pone en máxima tensión misionera,
- con la Iglesia rejuvenecida que el Espíritu susurra al oído del Papa,
- con la Iglesia de las periferias geográficas y existenciales,
- con la Iglesia que arriesga a quedar herida e incluso a equivocarse, antes de quedar inmóvil, paralizada en su inquietud ante el presente, en su nostalgia del pasado, o en su miedo por el futuro.
Manuel Mª Bru Alonso, delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid






