Compartimos y reproducimos la entrevista a  Juan Carlos Merino, Vicario para el Clero, por María Martínez para Alfa y Omega sobre CONVIVIUM.

En CONVIVIUM, la primera asamblea presbiteral de Madrid, se visibilizarán, según Juan Carlos Merino, «la fraternidad y nuestras preocupaciones»

Ha dicho en otras ocasiones que CONVIVIUM, que se celebrará en febrero, no es un congreso de espiritualidad ni un simposio de teología, ni una asamblea reivindicativa. ¿Qué va a ser entonces?
—No se ha hecho nunca una asamblea presbiteral. Fundamentalmente, es una idea surgida del corazón pastoral de nuestro obispo. Ve en primer lugar la necesidad de generar más conciencia diocesana entre los sacerdotes, de encontrarnos. De ahí la palabra CONVIVIUM. Se trata de reunirnos, vivir juntos, dar gracias por el don de nuestra vocación, visibilizar la fraternidad sacramental. Primero para expresar nuestras preocupaciones, nuestros anhelos. Y también para tomar el pulso a los cambios que Madrid tiene ante sí. Nos juntamos para reflexionar sobre cómo estamos y sobre los desafíos que tenemos en cuanto a la misión evangelizadora, que son distintos a los de hace incluso 15 años. Al final, Madrid está en constante cambio y necesitamos adaptarnos y vivir nuestro ministerio de cara a estos retos. Teniendo en cuenta que nuestra Iglesia es muy grande, que tiene muchos sacerdotes —aunque somos menos que antes—, y que tenemos un reto de comunión.

—¿A qué se debe ese reto de comunión?
—Percibo en el clero madrileño un deseo de comunión profundo y también veo que es un reto, primero porque somos muchos. No es lo mismo una diócesis de 80 sacerdotes que una de 1.500. Nuestro clero es muy variado; reúne gente formada en Madrid y que ha venido de otros lugares. Además, es una dificultad la cantidad de trabajo. Hay bastantes parroquias muy potentes donde uno tiene tanto que hacer que parece que no necesita mirar alrededor. Pero hay muchas miradas distintas y nos viene bien visibilizarlas. Ahora la formación permanente se hace por vicarías, por arciprestazgos, pero es cierto que no tenemos ningún otro momento compartido entre todos salvo la Misa crismal.

—¿Tiene algo que ver la polarización social, que permea también a la Iglesia?
—Ciertamente, existe el riesgo de que prevalezca la opinión de cada uno. A mí me gusta más hablar de la riqueza que significa lo diverso. Madrid tiene mucha riqueza en la vida carismática, en las nuevas realidades, en la vida parroquial y diocesana. El desafío para todos nosotros es que esa riqueza no se convierta en muros de unos contra otros o en aislamiento. Es verdad que el peligro de la polarización está presente, pero ha existido siempre, no es de ahora. Solo desde la altura de miras y una espiritualidad de la comunión podremos salir adelante.

—Hace poco León XIV, en su carta apostólica Una fidelidad que genera futuro, habló de la fraternidad sacerdotal como un elemento clave del ministerio. ¿Por qué es tan fundamental?
—La fraternidad es un don que se nos ha regalado. Es algo constitutivo. Una de las claves en las que estamos insistiendo es algo que dice el documento final del Sínodo: la necesidad de una conversión relacional, de la que también habla el Papa en ese documento. No podemos entender el sacerdocio solo desde in persona Christi sino in persona Ecclesiae. No podemos vivir nuestro ministerio solos. Primero somos colaboradores del obispo, pero también somos copresbíteros con otros. No somos mónadas individualistas. Por razón del sacramento del orden somos miembros de un presbiterio. Estamos llamados a ejercer la misma misión, no la misión de cada uno. La fraternidad es un don que nos precede, pero algo que tenemos también que trabajar. León XIV en esa carta habla de corresponder a la gracia de la fraternidad. Uno de los retos, junto al de la comunión, es aprender a trabajar unos con otros, a tener una mirada común porque forma parte de la identidad nuestra. No es algo externo, una cuestión de ser más eficaces. Se trata de vivir profundamente lo que ya somos.

—Otra clave de CONVIVIUM es fomentar una vivencia gozosa del sacerdocio. ¿Esas mismas características de Madrid que citaba antes dificultan esto?
—Yo creo que los curas de Madrid están contentos. De hecho, y conviene insistir, en las propuestas que hemos recibido de sacerdotes, movimientos, religiosos y consejos pastorales para preparar CONVIVIUM se habla de una mirada muy positiva sobre el sacerdote. Después, es verdad, se dice que que como son curas entregados tienen el riesgo del famoso burnout, de estar sobrecargados por cargas administrativas, de la ruptura. Sale mucho la necesidad de ayudarlos, de respetar su tiempo de descanso, sus vacaciones, de evitar el exceso de cargas, de cuidar su salud física, emocional y espiritual. Sí que hay una sensibilización de la gente sobre que el sacerdote es un hombre, no supermán. No es un hombre orquesta, no tiene que hacerlo todo. Pero creo sinceramente que incluso con este riesgo del cansancio, del activismo, que ciertamente lo hay, la inmensa mayoría de nuestros presbíteros viven gozosos su vocación. La gente quiere mucho a los curas, aunque luego sea exigente con ellos.

—¿Es esta toma de conciencia de la necesidad de cuidar a los sacerdotes un primer fruto de CONVIVIUM?
—Creo que sí. De hecho, tenemos desde hace tiempo en la vicaría un equipo de más de 40 voluntarios para la atención a sacerdotes mayores. Hay una sensibilidad especial para ver que hay curas que necesitan apoyo. Hemos tenido incluso ofertas de personas que ven la necesidad de ayudarlos desde claves psicológicas. Frente al debilitamiento social de la figura del sacerdote, hay una preocupación por parte del creyente, que percibe esta necesidad de cuidarlo.

—¿Qué puede hacer un feligrés de a pie?
—Cuando uno vive su vocación bien, ayuda al cura. Además, rezando por los sacerdotes, reconociendo que es un hombre llamado por el Señor, pero un ser humano que tiene sus dificultades; su anhelo de santidad, pero también sus debilidades. En mi experiencia en alguna parroquia, los fieles son los que te ponen en tu sitio en todos los sentidos: ayudándote e impidiendo que te abandones.