VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (A) QUE AME COMO TU AMAS (15/2/2026)

«Dichosos los que caminan en la ley del Señor». Decía San Juan Pablo II que esta frase, resume muy bien el mensaje de la Palabra de este domingo:

  • De la ley del Señor nos habla, ya en la primera lectura, el libro del Eclesiástico, recordándonos que el hombre no se da la ley a sí mismo, sino reconocerse creatura frente al Creador.
  • “Una cierta cultura -explicaba San Juan Pablo II- ha sostenido o temido que observar la ley del Señor puede ser mortificante o alienante para el hombre. Es totalmente falso. La ley de Dios es condición de vida, mientras que la muerte está al acecho cada vez que el hombre la rechaza”.
  • Nos lo recuerda hoy el Eclesiástico: «Ante los hombres están la vida y la muerte». Basta mirar alrededor, para sentir el estremecimiento del tremendo combate entre la vida y la muerte. Juan Pablo II lo llamaba la lucha por el alma de este mundo. Y se preguntaba: ¿acaso no lo sentimos también cada uno de nosotros, cuando en el interior de nuestro corazón escuchamos: «Si tú quieres, guardarás los mandamientos“?
  • Jesús no dudó en pedir a sus discípulos una justicia mayor que la realizada hasta entonces: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». Y Jesús no ha venido «a abolir, sino a dar cumplimiento». A entender bien y a vivir en plenitud y positivamente los mandamientos.
  • Así lo entendió San Pablo en su carta a los Corintios: «Hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para nuestra gloria», que da un significado nuevo los diversos mandamientos de la ley:
    • No matar significará mucho más que el simple respeto a la vida, pues exige todas las delicadezas del amor fraterno, convirtiéndose en ley de acogida, de solicitud fraterna y de perdón siempre renovado.
    • No cometer adulterio irá mucho más allá de una simple reglamentación exterior de las relaciones matrimoniales, y exigirá una actitud de amor, fidelidad y respeto vigilantes.
    • Y, por último, no dar falso testimonio no es sólo ser veraces, sino también sencillos, coherentes, transparentes: «Sea vuestro lenguaje: sí, sí; no, no: que lo que pasa de aquí viene del maligno».
  • Entonces, ¿dónde está la diferencia entre la ley y el espíritu de la ley? De joven oí a un sacerdote que, burlándose un poco de los que lo escuchábamos, llamó nuestra atención ante lo que podría parecer una gran herejía: “Moisés debió perder una primera tabla de los mandamientos al bajar del monté Sinaí, pero luego Jesús nos la ha recuperado”. Se trata del “mandamiento cero” que reza así: “antes de nada: déjate amar por Dios”, porque ninguno de los mandamientos se agota en un “no hacer algo”, sino que nos abre a la imparable creatividad del amor.
  • Cuando siendo seminaristas un grupo fuimos a Granada, en las Fiestas de la Cruces de mayo, nos encontramos de noche en el Albaicín con la cara dramática del alcoholismo juvenil: Recogimos a más de treinta jóvenes tirados en el suelo para llevarlos al hospital, algunos con cuadros médicos muy graves. ¿Éramos los únicos que los veíamos? ¿qué obligación teníamos? ¿Acaso pasar de largo ante los que yacen, por lo que sea, en la cuneta de la vida no es atentar contra el quinto mandamiento?
  • Decía el cardenal Carlos Osoro que todos necesitamos una operación quirúrgica múltiple: trasplante de ojos, para ver con la mirada de Cristo, trasplante de mente, para alcanzar la mente de Cristo; y trasplante de corazón, para mendigar el corazón de Cristo. No hace falta ningún bisturí. Si vale la siguiente oración, que a ti y a mí nos vendría bien aprender y rezar frecuentemente: “Señor, que vea lo que tú ves, que piense como tú piensas, que ame como tú amas”.

Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid.