DOMINGO IV DE CUARESMA, SER LUZ

Una de las primeras canciones de Brotes de Olivo decía así: “Jesús, ¿quién eres tu?” Muchos se lo han preguntado a lo largo de la historia. Y no pocos se lo preguntaron a Jesús en persona. Sus respuestas fueron inesperadas y desconcertantes. Porque no sólo hablaban de él, sino que hablaban de quienes preguntaban. Así, como vimos el domingo pasado, Jesús se presenta como el agua que sacia toda sed. Y hoy, se nos presenta como luz:

  • Como luz que ilumina donde ninguna luz puede iluminar. Hemos leído del libro de Samuel: “La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”
  • Como luz, que una vez recibida, hace de quien la recibe portador de esa luz. Hemos leído de la carta de Pablo a los Efesios: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz”.
  • Como luz que es un don, que la recibe quien reconoce que le falta, que la desprecia quien se cree que la tiene. Jesús mismo en el relato de la curación del ciego de nacimiento, del Evangelio de Juan, lo dice así: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y para que los que ven, se queden ciegos”.

Pero para entender mejor como los discípulos, testigos de este milagro de la curación del ciego de nacimiento, y testigos de todos los demás milagros, gestos, miradas, y palabras de Jesús, iban conociéndole, debemos mirar en conjunto aquellos años de seguimiento, de escuela de Jesús, cuando les fue mostrando, con el sentido de las parábolas que pronunciaba, las actitudes que ellos podían aprender de él:

  • En relación con Dios y, en concreto, con él mismo: la actitud de confiar en Jesús hasta el punto de renunciar a cualquier otra seguridad. “El que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39).
  • Entre los mismos discípulos: la actitud de no tratar de ser los primeros sino estar al servicio del resto: “quien quiera hacerse grande entre vosotros sea vuestro servidor” (Mt 20,26).
  • Hacia los demás: la actitud de amar a todos de todo corazón y sentirse enviados por Jesús para transmitirles la buena noticia del Reino. “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21).

De este modo, los discípulos descubrieron que Jesús es el agua viva, el pan vivo bajado del cielo, la luz del mundo, la puerta del redil, el buen pastor, el Hijo de Dios, la resurrección y la vida, el camino, la verdad y la vida, la vid verdadera. En definitiva, lo que Jesús proponía a sus discípulos no era solo que lo siguiesen como a alguien a quien simplemente se admira, sino que viviesen tan unidos a Jesús como lo están los sarmientos a la vid, pues así vive Jesús con respecto a su Padre. Por eso, Jesús les decía a sus apóstoles y discípulos: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn. 15,5).

Me impacto conocer el testimonio de Luis, un joven de veinte años guatemalteco que siendo niño se quedó ciego, y fue abandonado por sus padres. Dice que entiende que haya personas que en su sufrimiento y abandono desesperen. A él le podría haber ocurrido lo mismo, pero no ha sido así. Para explicarlo toma su guitarra y canta a su amigo Jesús, porque sólo en él encuentra la paz. A Luis Jesús no le ha hecho el milagro de devolverle la vista, pero en cambio le ha dado algo mucho más grande. Le ha dado su luz. Dice que su sufrimiento no ha sido tan grande como el de otros jóvenes con limitaciones mayores que las suyas. Pero que, sobre todo, habiéndose encontrado con Jesús, lo único verdaderamente grande en su vida es el amor de Dios.

¿Y tú? ¿Has encontrado en Jesús esa luz tan grande, capa de iluminar cualquier rincón de tu alma que este nubloso, oscuro, o apagado? Todos tenemos cegueras en el alma y todos necesitamos a Aquel único capaz de iluminarlas y deslumbrarlas.

Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid.