2º DOMINGO DE CUARESMA ciclo A, 28/02/2026, QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ

Nos afanamos por muchas cosas buenas en la vida que nos procuran una cierta seguridad, una cierta tranquilidad, una cierta felicidad.

  • A veces, porque siempre anhelamos más de lo que tenemos, buscamos oportunidades más favorables para alcanzar nuestras metas.
  • E incluso, a veces, imploramos a la suerte, a ver si ella nos da lo que no alcanzamos con nuestro esfuerzo.
  • Y nos olvidamos de buscar aquello que, respondiendo a nuestras más fuertes inquietudes, y a nuestras más perentorias necesidades humanas, es fuente segura de paz.

Esa respuesta, ese tesoro al alcance de todos, es la presencia de Dios.

Las lecturas que acabamos de oír nos hablan de este tesoro:

  • Lo hemos visto en la incomparable experiencia de Abraham, la de saberse bendecido por la presencia de Dios, que lo recibió en su casa y aprendió a escucharlo y a hablar con Él de tú a tú en libertad.
  • Lo hemos confesado al reconocernos en la confesión de Pablo en su carta a Timoteo: “Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia”.
  • Y lo hemos contemplado reviviendo la escena de la Transfiguración, tal y como nos la narra el Evangelio de San Mateo. Subiendo a la montaña con Pedro, Santiago y Juan, Jesús mostró su gloria, transfigurándose y brillando con luz, para luego entrar en diálogo con Moisés y Elías.
  • Nos decía Benedicto XVI que “el misterio de la Transfiguración nos pone ante la disyuntiva de dejarnos llevar o bien por el ruido de la vida diaria, o bien por la presencia de Dios”. Y nos explicaba que en esta escena “su provocación no tiene límites: nos pregunta por el sentido último de nuestra existencia, y nos asegura que Dios nos ha creado para la resurrección, y esto redimensiona todo: la persona, la sociedad, la cultura, la política, la economía. Sin esta fe, todo esto cae en un sepulcro sin futuro, sin esperanza”.
  • De igual modo el Papa Francisco nos decía que se trata de una luz que “nos ayuda a ir más allá de nuestros propios esquemas y de los criterios de este mundo. También nosotros estamos llamados a subir a la montaña, a contemplar la belleza del Resucitado que enciende destellos de luz en cada fragmento de nuestra vida y nos ayuda a interpretar la historia a partir de la victoria pascual”.
  • A mí me enseñó más que nadie a entender y, como dice San Ignacio de Loyola, a “sentir y gustar internamente”, la escena de la Transfiguración una niña de doce años. Acompañaba a su abuela todas las semanas a unos “Talleres de Oración” del Padre Larrañaga que hacíamos en la Parroquia de San Blas, mi primer destino pastoral.
  • Al acabar una de las sesiones, después de un largo tiempo de oración en silencio, la niña se dirigió a su abuela y le dijo: “¿pero ya hemos acabado tan pronto?, con lo bien que se está aquí”. Aquella niña, inocente y dócil a las cosas de Dios, como todos los niños, estaba diciendo lo mismo que Pedro a Jesús: “Señor, que bien se está aquí, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías”.
  • Tal vez esa niña sintió dentro de sí, con los ojos cerrados, una mente limpia, un corazón sin durezas, la misma voz interior: “estas con Jesús, mi hijo amado: escúchalo”.
  • Termino: Siguiendo ese refrán evangélico que dice: ocuparse, no preocuparse”cuando a ti y a mi nos abrumen las preocupaciones, busquemos internamente la presencia del Dios y digamos: “Que bien se está aquí”.

Manuel María Bru Alonso. Delegado Episcopal de Catequesis de la Archidiócesis de Madrid.