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Una madre no se cansa de esperar

Por Manuel María Bru el 8 agosto, 2017 en La voz del delegado
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El próximo martes, 15 de agosto, celebramos la FIESTA DE LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA…

Dice el Concilio Vaticano II, del que estamos celebrando de 2012 a 2015 su cincuentenario, que a María de Nazaret, madre de Jesús, y por tanto madre de Dios, madre de la Iglesia, madre de la humanidad, y madre de cada uno de nosotros, se la venera, se la implora, se la imita y se la ama:

  • Se la venera, porque el Padre del cielo la doto de dones excepcionales para la misión tan importante a la que fue llamada en la Historia de la Salvación: “me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi”, canta en el Magnificat, que hoy hemos escuchado en el Evangelio de esta fiesta de la Asunción a los cielos en cuerpo y alma de nuestra Señora, uno de esos dones excepcionales que recibió del creador, junto a su inmaculada concepción y a ser la madre de Dios.
  • Se la implora porque no hay intercesora más influyente en su Hijo, dador de todas las gracias, que quien lo llevo en su seno y lo dio al mundo. Ya en las bodas de Caná le convence para que intervenga en favor de aquellos novios. Sólo él, como nos dice San Pablo en su primera carta a los Corintios, nos salva, porque el Eterno Padre “ha puesto todo bajo sus pies”.
  • Se la imita, porque ella es el prototipo de la fe, el modelo supremo del creyente, el tipo de la Iglesia, o como decía Chiara Lubich, fundadora de la Obra de María, en proceso de beatificación, la “revestida de la Palabra”, de la Palabra de Dios: “estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”.
  • Y se la ama, se la ama con locura:
    • Tal vez porque el pueblo cristiano siempre intuyó, con su infalible sensus fidei, que después del amor inmenso e infinito de Dios a los hombres, nadie, ninguna otra creatura humana, ama tanto como ella.
    • Tal vez porque, por naturaleza, amamos más a quien más nos ama, y después del amor de una madre a sus hijos, no hay nada como el amor de los hijos a la madre.
    • Tal vez porque en su rostro vemos el rostro más auténtico de la Iglesia, cuerpo de Cristo, Iglesia maternal que a todos abraza, Iglesia misionera que da a Jesús al mundo antes de anunciarlo.
    • Tal vez porque la forma más sencilla, más pura, más humana, de venerar, implorar y querer imitar a María sea queriéndola como la madre del cielo que, imitando ella a su vez al Dios de la misericordia, más nos quiere, nos protege, nos defiende, y nos espera.

Os cuento una historia: el Padre Cesáreo Gabaraín, aquel buen sacerdote compositor de tantas canciones religiosas como la de “Pescador de hombres” que tanto gustaba a San Juan Pablo II, compuso una hermosa canción a la Virgen… “Cuántas veces siendo niño te recé, con mis besos te decía que te amaba. Poco a poco con el tiempo olvidándome de ti, por caminos que se alejan me perdí…”, que terminaba diciendo: “Al regreso me encendías una luz, sonriendo desde lejos me esperabas. En la mesa la comida aún caliente y el mantel, y tu abrazo en mi alegría de volver. Aunque el hijo se alejara del hogar, una madre siempre espera su regreso…”.

  • Una vez al Padre Gabaraín, en un encuentro con jóvenes, uno le preguntó como se le ocurrió la letra de esta canción, y él les conto una experiencia:
  • Cuando de joven cura visitó a una familia de su parroquia que lo invitó a comer, la madre, exquisita, le pidió que bendijese la mesa. Él preguntó si no faltaba alguien, ya que donde estaban senados sus hijos había un asiento, un plato, y unos cubiertos preparados. La madre le dijo que si, que faltaba uno de los hijos, pero que aun así bendijese la mesa.
  • Al la mitad de la comida, el Padre Gabaraín vovió a preguntar por el hijo ausente, y se hizo un gran silencio. Entonces la madre le explicó que aquel hijo hace años se fue de su hogar, para vivir su vida, y pidió que no buscasen nunca. Y que ella, convencida de que algún día vendría, todos los días le preparaba su puesto en la mesa…
  • Al cabo de los años, tras varios destinos después de esa parroquia, Gabaraín preguntó por aquella familia, y le contaron que un día el hijo prodigo volvió, justo a la hora de comer, sentó a la mesa, y sus padres y sus hermanos reaccionaron como si se hubiese ido el día anterior…
  • Si una madre, cualquier madre, nos se cansa de esperar, bien sabemos que la Madre del cielo, aquella a quien veneramos e imploramos, queremos imitar y amar, nunca se cansa de esperar, siempre tiene sus abrazos abiertos esperando que sus hijos volvamos al regazo del amor infinito, el amor de Dios que nos ama inmensamente, y que María, Santa María de las Nieves, sólo trata de imitar.

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