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Una luz irresistible

Por Manuel María Bru el 17 enero, 2017 en La voz del delegado
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“Inmediatamente dejaron la barca y le siguieron”, acabamos de escuchar. ¿Qué fue lo que les atrajo de Jesús para hacer algo así? Apenas lo conocían, pero algo tendría en su mirada, en sus palabras, en sus gestos. Algo así como una luz irresistible….

 Todas las lecturas nos hablan de esta luz:

  • Ya el profeta Isaías anunció que el Pueblo elegido vería una luz grande en Galilea, y el salmista muestra la experiencia de quien ha pasado de la tiniebla a la luz y exclama “El Señor es mi luz y mi salvación”.
  • Es la misma luz que hace posible la unidad en la diversidad propia de los cristianos, como nos cuenta San Pablo en su carta a los Corintios.
  • Es la luz de Cristo que ha venido a revelarnos la verdad de Dios y la verdad del hombre, y a traernos, a regalarnos, a entregarnos, su Reino, el Reino de Dios, el reino del amor, de la justicia y de paz.

De las lecturas de hoy comparto con vosotros tres consideraciones interesantes para nuestra vida: una de San Juan Pablo II, otra de Benedicto XVI, y otra del Papa Francisco:

  • San Juan Pablo II nos interrogaba así: ¿Seguís a Cristo? ¿Lo habéis conocido verdaderamente? ¿Sabéis y estáis convencidos a fondo de que El es la luz y la salvación de nosotros y de todos? Este es un conocimiento que no se improvisa (…) Se puede, al menos, intentar y llevar esta luz al propio ambiente de vida y de trabajo y dejar que ella ilumine todas las cosas para mirarlo todo a través de esa luz. Esto vale de modo particular para los enfermos y para los que sufren, puesto que, si es verdad que el dolor hunde en la oscuridad, entonces más que nunca se confirma la verdad de la gozosa confesión del Salmista: “Señor, Tú eres mi lámpara; Dios mío, Tú alumbras mis tinieblas” (Sal18). Pero esto vale para todos: efectivamente, Cristo es luz y salvación de las familias, de los cónyuges, de la juventud, de los niños (…) Es preciso que cada uno sepa decir al Señor con humildad y con deseo: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119).
  • Benedicto XVI explica que la “buena nueva” que Jesús proclama se resume en estas palabras: “El reino de Dios está cerca” (Mt4, 17; Mc 1, 15). ¿Qué significa esta expresión? Ciertamente, no indica un reino terreno, delimitado en el espacio y en el tiempo; anuncia que Dios es quien reina, que Dios es el Señor, y que su señorío está presente, es actual, se está realizando (…) En consecuencia, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte, la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.
  • El Papa Francisco nos invita a caer en la cuenta de que la misión de Jesús no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como “Galilea de los gentiles” (Is8, 23). Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy (…) En este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Yo no estoy especialmente interesados en las conversiones espectaculares. Pero algunas de ellas nos muestran la capacidad del Evangelio de seducir a quienes menos podríamos imaginar. Es el caso del narcotraficante Jorge Valdés, cabecilla del cartel de Medellín. Un día su hija llamó a la puerta de su habitación diciendo: Papi, soy yo, Cristal. Fue la primera vez en su vida que se sintió sucio por lo que hacía, y no le abrió la puerta porque temía corromperla a ella también. Sin embargo, Cristal siguió llamando a la puerta, hasta que casi una hora después Jorge le abrió, y la vio llorando en el suelo. Más tarde exclamó: Dios, si tú existes y eres capaz de perdonar a alguien como yo, cambia mi vida. Fue arrestado. Pero en la cárcel él ya se había encontrado con Cristo. Cambió su forma de vida, se casó, y escribió un libro llamado Cuentas Claras con su experiencia de conversión.

Nos falta la fe suficiente para creer en el poder irresistible de la Buena Noticia del Reino de Dios. Pero al menos hay un momento en la vida de cada persona, en la que la mirada de Cristo es capaz de liberarle de toda atadura y oscuridad, y de encontrar la luz que aclara las ideas, la paz que sosiega el corazón, la vida que da sentido a la vida.

HOMILÍA DEL DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

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