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Sal y luz

Por Manuel María Bru el 5 Febrero, 2017 en La voz del delegado
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DOMINGO V DEL TO (5/02/2017)

1.- Dios no maldice al hombre, no lo juzga, no lo condena , no lo aborrece, no lo olvida. Dios lo ama. Es Padre y su gozo es contemplar la bondad de sus hijos. Dios nos ama inmensamente y nos ve siempre, como todos los padres y las madres a sus hijos, niños pequeños siempre creciendo, siempre madurando. Por eso, como todos los padres y todas madres, pero en Dios de modo absoluto y sin mezcla de interés y egoísmo alguno, sin paternalismos, sueña con nosotros, con nuestro futuro. Y en el nuestro futuro, en su mirada y en sus manos (porque estamos en sus manos), no acaba nunca. Sueña con nosotros, tiene inmensas esperanzas puestas en nosotros, tengamos la edad que tengamos, y como un perfecto GPS, cuando con nuestra sagrada libertad que el siempre respeta podríamos defraudar sus esperanzas, porque no respondemos a sus expectativas, entonces reclacula su sueño, reinventar el camino, y no se cansa de soñar con nosotros, con que seamos felices y hagamos felices a los demás. Eso significa que Dios nos bendice:.que Él siempre dice bien de nosotros.

2.- Las lecturas de este domingo nos hablan de este “decir bien de nosotros”:

  • Dice, por boca del profeta Isaías y del salmista, que brillaremos como una luz en las tinieblas de este mundo, porque espera de nosotros que nos alejemos de cualquier forma de opresión, y lejos de señalar y acusar y menos de calumniar a nadie, seamos justos, y compasivos, y compartamos nuestros bienes con quienes más los necesitan.
  • Dice, por boca de San Pablo en su carta a los Corintios, que no espera de nosotros que seamos sabios elocuentes y pretenciosos, ni perfectos ni fuertes, sino bondadosos en nuestra debilidad, y confiados en Él desde nuestra pobreza.
  • Dice que nos ve como sal que sala, como luz que brilla. Como sal que da sabor a las relaciones humanas que entablamos, que da sabor a la vida que compartimos con los demás, que da sabor a la vida en medio de tantas desdichas, de tantos sin sabores, de tantas circunstancias aciagas y tristes. Y dice que nos ve como luz que ilumina en medio de las oscuridades decente mundo, de las interiores y de las exteriores a cada uno de nosotros. Sal y luz. Así nos quiere Dios. Pero no como una exigencia, sino como una bendición: Así nos sueña Dios, así nos ve Dios.

3.- Y en el calmen de esta mirada de Padre, viendo en nosotros la impronta el Hijo Unigénito, de Cristo, nuestro hermano mayor, nos sueña como aquellos llamados a ser sal y luz, no por nuestros pensamientos, tantas veces atolondrados; no por nuestros sentimientos, tantas veces caprichosos y mudables; no por nuestras palabras, que a la postre se las lleva el viento; sino por nuestras obras. Por nuestras obras. “Obras son amores, y no buenas razones” dice nuestro refranero salpicado de Evangelio: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”.

4.- Obras que son luz y sal, como las obras de misericordia, espirituales y temporales:

  • Dar de comer o de beber al hambriento; vestir con ropa, pero también con el reconocimiento de la dignidad, a quien se le ha atropellado o cuestionado; acercarse al marginado, al rechazado, al encarcelando y castigado; acoger al emigrante, al prófugo, al perseguido por sus ideas o sus creencias, y a quien huye de la miseria o simplemente sueña con una vida mejor.
  • Dar consejo a quien lo pide, enseñar al que no sabe, perdonar, unir, reconciliar, abrazar, sonreír.
  • Obras de misericordia nunca aisladas o encubridoras de situaciones y estructuras injustas, sino obras de misericordia sostenibles, renovadoras y transformadoras.
  • Obras de misericordia que no son solo de caridad, sino de fe y de esperanza. Porque no solo cubren con el amor las miserias de los hombres, sino que al ser sal y luz, llenan de esperanza a quienes las realizan, las acogen, las ven, e interpelados por ellas las imitan. Y a su vez llenan también de fe a todos, en fe en la humanidad iluminada y embellecida, y en en Dios, que por ellas a través de sus hijos nos muestra su rostro: todo compasión, todo amor, todo misericordia.

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