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Los tres regalos más preciados del universo

Por Manuel María Bru el 30 abril, 2016 en La voz del delegado
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DOMINGO VI DE PASCUA (CICLO C), 1 DE MAYO DE 2016

1.- La Iglesia nace cuando se están escribiendo los textos que de la Sagrada Escritura que escuchamos en la celebración de este VI Domingo de Pascua ¿De qué Iglesia nos hablan?

1/ De una Iglesia que, ayer como hoy y como mañana y como siempre, tiene que tomar continuamente decisiones. Entonces sobre los gentiles convertidos a Cristo, liberados de las tradiciones del judaísmo. Hoy son otras. Pero todas requieren del “discernimiento” en la comunión y en el don del Espíritu Santo.

2/ De una Iglesia que busca el bien del hombre, de cada hombre, porque no otra es la voluntad de Dios, abierta a todos los pueblos, todas las culturas, todos los tiempos y todos los lugares, para que, como hemos dicho en el salmo, “que te alaben todos los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.

3/De una Iglesia armoniosa, como la nueva Jerusalén que contempla en visiones San Juan en el Apocalípsis, con muros para custodiar la fe de los Apóstoles, y con puertas, muchas puertas, para acoger en ella a todos los atraídos por ella.

4/ De una Iglesia misericordiosa, como la que respira sin rigorismos ni intransigencias la exhortación del Papa sobre la familia Amoris Leatitia (La alegría del amor), en la que la Iglesia, sin cambiar su doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio, si que cambia su actitud y su praxis a la hora de discernir y acompañar, acoger y en su caso llegar a integrar en su comunión eucarística a todos los cristianos que buscan a Dios, incluidos no pocos de entre los divorciados vueltos a casar.
5/ Y por último, de una Iglesia que es como un gran cofre, que guarda incalculables tesoros, los tesoros del amor de Dios derramado a los hombres en Cristo Jesús: entre ellos, los que Jesús Resucitado regala a sus discípulos: su Palabra, el Espíritu Santo, y la Paz.

2.- Los tres regalos más preciados del universo

• El don de su Palabra: La Palabra de Dios debería de ser para mi y para ti, discípulos de Cristo, como el vestido o el calzado que nos ponemos cada mañana: no deberíamos salir de casa ningún día sin revestirnos de la Palabra.. la tienes en tu mente, en tu corazón, en tus labios y en tus manos:

– La Palabra la tienes en la mente, si a base de leerla y meditarla, la has hecho mente de tu mente, mente de Cristo en tu mente, pues del mismo modo como el cuerpo de Cristo está entero en cada forma que comulgamos, toda la Palabra de Dios, que es Cristo mismo, está en cada Palabra de la Escritura, está Cristo, que ilumina, que impulsa, que acierta.
– La Palabra la tienes en tu corazón, si la gustas y re-gustas, si la llegas a amar como San Jerónimo, con locura… si la abrazas porque sabes que ella es para ti, de verdad, “palabra de Dios”, y por tanto, como Moisés ante la zarza ardiendo, la acoges en el diálogo más importante de tu vida.
– La Palabra la tienes en tus labios y en tus manos: para dar testimonio de ella con tu propia palabra pero, sobre todo, con los actos cotidianos que conforman el despliegue de tu ser para con los demás. Porque la Palabra no es totalmente Palabra de Dios sin ti y sin mi, sin que tu y yo la hagamos vida, para que como el rocío que empapa la tierra o el sol que la cubre, de frutos de amor en nuestras vidas.

• El don del Espíritu Santo. Si. Nadie hay más intimo a nosotros mismos que él. Desde nuestro bautismo no nos da tregua. Desde nuestra confirmación está, porque así se lo dijimos, como en “su casa”.
– San Pablo en su primera carta a los corintios nos dice: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros” (1Cor. 3,16-17).
El Espíritu Santo nos protege, nos da sus siete dones (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y temor de Dios), y nos susurra al oído la voluntad de Dios para el momento presente.
Eso si, se reserva para el dos ámbitos que son sólo del Padre, y que ya no nos pertenecen o que aún no nos pertenecen: el pasado, porque está en su misericordia, y el futuro, porque están en su providencia. Qué cosa, verdad, que precisamente son el pasado y el futuro lo que nos preocupa, y a veces nos obsesiona. Y sin embargo, dejamos que se nos escape ese único instante que Dios regala a nuestra libertad. Y en el que el Espíritu Santo nunca nos abandona.

. Y el tercer don, el don de la Paz. No la paz del mundo, que o bien es mentira, o es egoísmo, ese irenismo que consiste en huir de los problemas, del mal, de las injusticias, para quedar nosotros en paz y dejar que se maten los demás… sino la Paz de Cristo, Príncipe de los nuevos cielos y la nueva tierra en los que reine la paz.
Paz interior: sin la cual, vano es cualquier intento de trasmitir paz y de prodigar la paz entre los hombres. El cristiano sólo es artífice de paz si tiene en si mismo paz: paz con Dios, paz consigo mismo, paz con los demás…
Y paz exterior. Esa que requiere tanto sacrificio, tanto amor: porque supone la paciencia, antesala de la paz; el perdón, antídoto para preservar la paz, y el amor a los enemigos, que el último y definitivo bálsamo para recuperar la paz.

3.- Recuerdo perfectamente el día en que oí contar, ante miles de jóvenes, en Roma, el testimonio de Iván, ese soldado croata que habiendo visto asesinados a sus padres y hermanos a sangre fría en la guerra de Los Balcanes, rezando el rosario en un tren de retirada, pudo, en siete horas de viaje, cambiar el sentimiento de su corazón: del odio y del deseo de venganza, al perdón. Señor: como a Iván, que nunca nos falten tu Palabra, tu Espíritu Santo, y tu Paz.

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