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Lámparas endendidas

Por Manuel María Bru el 8 noviembre, 2017 en La voz del delegado
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 “Velad. Porque no sabéis ni el día ni la hora”. Ni el día ni la hora en que seremos llamados a la plenitud de la vida eterna, porque la vida eterna ya esta en nosotros, como don de Dios que recibimos en nuestro bautismo.

  • Empezaba la primera lectura del libro de la Sabiduría con un deseo inexcusable: “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza”. Para albergar esperanza en la plenitud de la vida eterna hace falta, antes que nada, apertura a la verdad, búsqueda de la sabiduría. Ya decía un reconocido teólogo americano protestante, Paul Tillich, allá por los años cincuenta, que en el siglo XXI lo más determinante de la religión en el mundo no habría de ser la diferencia entre creyentes y no creyentes sino entre profundos y superficiales. Lo primero, incluso antes que la fe, es la profunda inquietud por la verdad, y no caer en la superficialidad de pasar por la vida sin dejar que la vida pase por nosotros.
  • Por eso sólo el hombre con inquietud espiritual puede tener fe y esperanza en la vida eterna. Y sólo el que deja revivir en su vida la profunda nostalgia de Dios que todos llevamos dentro, como huella de haber sido creados a su imagen y semejanza, puede llegar a tener certeza de su fe y de su esperanza. Nadie lo ha expresado mejor que el salmista: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”.
  • Es más, podemos compartir aquí, en este peregrinar de la vida eterna, el consuelo de esta certeza porque Cristo Resucitado ya nos ha llamado a su lado para toda la eternidad, como nos ha explicado San Pablo en su primera carta a los Tesalonicenses. Es más, los cristianos no sólo compartimos con tantos otros la creencia en la incorruptibilidad del alma, que nos enseña la razón antes que la fe, sino la creencia en la futura resurrección de nuestros cuerpos glorificados por don del Cristo Glorificado.
  • En el Evangelio Jesús nos enseña como vivir esta fe y esta esperanza en la vida cotidiana: teniendo siempre encendidas las lámparas. No dormirnos en el ensueño de una vida sin sentido, sino vivir despiertos, siempre en vela, porque la vida que tenemos tiene en Dios origen, sentido y fin: ¿Quiénes somos? Hijos amados de Dios. ¿De donde venimos? De su amor pues nos pensó desde la eternidad. ¿A dónde vamos? A la vida eterna de la comunión con él.

¿Pero, qué más sabemos de la vida eterna con Dios?

  • Que seremos para siempre de Cristo y viviremos en comunión con Él, con el Padre y con el Espíritu Santo.
  • Que veremos a Dios cara a cara. Un premio que supera con mucho las posibilidades del hombre, que, de por sí, es incapaz de contemplar a Dios y seguir con vida.
  • Que gozaremos asimismo de la unión con María, con los ángeles y con todos los santos. También con todos nuestros seres queridos que hayan alcanzado la bienaventuranza.
  • Que seremos inmensamente felices, no habrá ni llanto, ni dolor, ni luto, ni muerte. En plenitud de novedad, de sorpresa, de creatividad (junto al que es infinitamente creativo).
  • Que gozaremos de la plenitud de la unidad (no habrá divisiones), de la diversidad (no habrá uniformidad), de la libertad (porque el bien tiene infinitas posibilidades), de la paz (no habrá más enfrentamientos).

Y entonces, ¿como aguardad despiertos a que venga el Señor?

  • La consideración de estas verdades, por último, no puede hacernos olvidar que este fin glorioso al que el hombre está destinado, es un don que libremente se le ofrece y libremente debe ser aceptado.
  • Nadie estará con Dios para siempre, si por propia voluntad rechaza su oferta de amistad. Por eso la Iglesia siempre ha confesado la posibilidad de vivir eternamente sin Dios, sin amor, sin esperanza, si paz.
  • Por eso hemos de estar dispuestos al perdón y al arrepentimiento, para que la muerte no nos sorprenda como a un ladrón, sino que nos encuentre despiertos y con las luces de nuestras lámparas encendidas, para que, en cuanto llegue el Señor, entremos con Él al banquete de sus bodas.
  • Decía el obispo brasileño Pedro Casaldáliga: “al final de mi vida me preguntarán: ¿has vivido? ¿has amado? Y de mi boca sólo podrán salir nombre, cientos de nombres…” Y es que la lámpara encendida consiste en vivir con los demás y amar a los demás, y poco más.

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A (2017)

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