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La vocación bautismal del catequista

Por Manuel María Bru el 18 enero, 2017 en Noticias
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El tema de formación para los encuentros de catequistas de Madrid por vicarías de este año 2017 es el de “La vocación bautismal del catequista”. Ofrecemos a continuación la presentación del mismo en texto (versión más larga) y en PDF (versión más corta, de la presentación en Power Point):

VOCACIÓN DEL CATEQUISTA

ÍNDICE TEMA LA CONDICIÓN BAUTISMAL DEL CATEQUISTA:

1.- La identidad del catequista.

  • ¿Quiénes son los laicos?
  • Creados de nuevo por el bautismo
  • Hechos hijos de Dios
  • Por obra del Espíritu Santo
  • Predestinados a ser imagen de Cristo
  • Enviados al mundo
  • ¿Qué mundo?
  • El bautismo no los quita del mundo (San Juan Pablo II)
  • Su vocación es el mundo
  • Dos ámbitos de una misma vocación: extra-eclesial e intra-eclesial (Pablo VI)
  • Misión extra-eclesial: en las vanguardias de la evangelización
  • Misión intra-eclesial: ministerios eclesiales de los laicos
  • En la Iglesia particular y universal
  • En la parroquia, ámbito privilegiado de comunión y de misión.
  • En la parroquia, lugar donde se une la misión intra y extra eclesial del laico.
  • Llamados anunciar el Evangelio.
  • A anunciar el amor de Dios.
  • Preciosa contribución de los laicos catequistas.

2.- La vocación del catequista: Cuatro grandes referencias:

  • La vocación laical del catequista en Evangelii Nuntiandi del Beato Pablo VI (1975).
  • Ministros de la Palabra (73)
  • Bajo el aliento del Espíritu (75)
  • Testigos auténticos (76)
  • Seglares santos (76)
  • Forjadores de unidad (77)
  • Servidores de la verdad (78)
  • Animados por el amor (79)
  • Signos pedagógicos de este amor (79):
  • Fervor evangelizador (80)
  • La vocación laical del catequista en Cathechesis tradendae de San Juan Pablo II (1979).
  • Catequistas laicos (66)
  • En tierras de misión (66)
  • En la Parroquia (67)
  • En la escuela (69)
  • La vocación laical del catequesis en el Directorio General de Catequesis (1997).
  • Carácter secular de la catequesis (230)
  • Vocación bautismal (231)
  • Llamada personal de Jesucristo (231)
  • Grados diversos de dedicación (231)
  • La vocación laical del catequista en Evangelii Gaudium del Papa Francisco (2013).
  • Guiados por el Espíritu (119)
  • Discípulos misioneros (120)
  • Único requisito: haber hecho experiencia del amor de Dios (120)
  • Los primeros catequistas: los apóstoles, la samaritana, san Pablo (120)
  • Catequistas catequizados (121)
  • Catequistas testigos (121)
  • Catequistas kerigmáticos (163)
  • Catequistas “esenciales” (165)
  • Catequistas mistagógicos (166)
  • Catequistas creativos (167)
  • Catequistas positivos (168)
  • Catequistas acompañantes (169)
  • Catequistas que escuchan (171)
  • Catequistas con paciencia (171-172)
  • Catequistas en unidad (173)

3.- Conclusiones:

  • Responder a la llamada.
  • No caer en las tentaciones del catequista.
  • Promover las virtudes del catequista.

 

TEMA DE FORMACIÓN PARA CATEQUISTAS:

LA CONDICIÓN BAUTISMAL DEL CATEQUISTA

1.- La identidad del catequista.

¿Quiénes son los laicos?

Al dar una respuesta al interrogante “quiénes son los fieles laicos”, el Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (Lumen Gentium, 31). (Christifidelis laici de San Juan Pablo II, 1988, nº 9).

Creados de nuevo por el bautismo

En Cristo Jesús, muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una “nueva creación” (Ga 6, 15; 2 Co 5, 17), una creación purificada del pecado y vivificada por la gracia. (CL, 9).

No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios (CL, 10).

Hechos hijos de Dios

Por el santo Bautismo somos hechos hijos de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a orillas del río Jordán: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Lc 3, 22); y entiende que ha sido asociado al Hijo predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf. Ga 4, 4-7) y hermano de Cristo (CL, 11).

Por obra del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es quien constituye a los bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros del Cuerpo de Cristo. Lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: “En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo” (1 Co 12, 13); de modo tal que el apóstol puede decir a los fieles laicos: “Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte” (1 Co 12, 27); “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo” (Ga 4, 6; cf. Rm 8, 15-16) (CL, 11).

Predestinados a ser imagen de Cristo

Se cumple así en la historia de cada uno el eterno designio del Padre: “a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos” (cf. Rm 8; 29) (CL, 11).

Enviados al mundo

El catequista es un fiel cristiano (sacerdote, religioso, laico) llamado a estar en medio del mundo para encontrar al hombre (niño, adolescente, joven o adulto) de hoy, imbuido en este mundo. No ha de ser, en el sentido peyorativo del concepto de mundo, un catequista mundanizado, pero si enviado al mundo, y por eso, insertado en él, enamorado de él como el lugar y el tiempo en el que la providencia lo ha situado y lo ha enviado, y también con él comprometido.

¿Qué mundo?

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio” (Mt. 16,15). ¿Por todo el mundo? ¿Qué mundo? ¿el mundo del que estamos tentados a huir porque nos abruma? ¿El mundo que asociamos “al pecado y a la carne”? ¡No! Hablamos del mundo del que nos habla Jesús: “Y tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo” (Jn. 3, 16).

El “mundo mundano” del que hablaba Karl Rhaner, que para los hombres es “demasiado hermoso para que lo puedan despreciar y demasiado pobre para que los pueda enriquecer”, pero que es nuestro mundo, aquel al que vino el Hijo de Dios no como “el breve episodio” de “un fantasma por la escena del mundo”, sino el mundo al que Dios ha querido “descender y estar como luz bienhadada permanente, e irrumpir como resplandor del oscuro seno de la tierra”.

El bautismo no los quita del mundo

No han sido llamados a abandonar el lugar que ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el apóstol Pablo: Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en que se encontraba cuando fue llamado (1 Co 7, 24); sino que les confía una vocación que afecta precisamente a su situación intramundana (San Juan Pablo II, CL, 9).

Su vocación es el mundo

Los cristianos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc (…) De este modo, el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos (…) Por eso “el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial”.

Dos ámbitos de una misma vocación: extra-eclesial e intra-eclesial (Pablo VI)

Ya decía el beato Pablo VI (Cf. Evangelii Nuntiandi, 21-23) que la misión de la Iglesia (y por tanto en ella la vocación del cristiano en el mundo) consiste tanto en anunciar el Evangelio como en transformar este mundo según el Evangelio.

Menospreciar la misión extra-eclesial del laico en comparación de la intra-eclesial lleva al clericalismo de los laicos, siendo este su misión primordial. Pero menospreciar la misión intra-eclesial del laico en comparación con la extra-eclesial lleva al clericalismo de los ministros ordenados.

Misión extra-eclesial: en las vanguardias de la evangelización

El campo propio de su actividad evangelizadora es el dilatado y complejo mundo de la política, de la realidad social, de la economía; así como también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los órganos de comunicación social; y también de otras realidades particularmente abiertas a la evangelización, como el amor, la familia, la educación de los niños y de los adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento (EN, 70; Cl, 23).

Misión intra-eclesial: ministerios eclesiales de los laicos

La misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino también por todos los fieles laicos. En efecto, éstos, en virtud de su condición bautismal y de su específica vocación, participan en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, cada uno en su propia medida (CL, 23).

Los pastores, por tanto, han de reconocer y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en la Confirmación, y para muchos de ellos, además en el Matrimonio (CL, 23):

  • Alimentados por la activa participación en la vida litúrgica de la propia comunidad,
  • participan con diligencia en las obras apostólicas de la misma;
  • conducen a la Iglesia a los hombres que quizás viven alejados de Ella;
  • cooperan con empeño en comunicar la palabra de Dios, especialmente mediante la enseñanza del catecismo;
  • poniendo a disposición su competencia, hacen más eficaz la cura de almas
  • y también la administración de los bienes de la Iglesia

(Apostolicam actuositatem, 10) (CL, 33).

En la Iglesia particular y universal

Cultiven constantemente el sentido de la diócesis, de la cual es la parroquia como una célula, siempre dispuestos, cuando sean invitados por su Pastor, a unir sus propias fuerzas a las iniciativas diocesanas”.

A su vez, “han de procurar ampliarla al ámbito interparroquial, interdiocesano, nacional o internacional; tanto más cuando los crecientes desplazamientos demográficos, el desarrollo de las mutuas relaciones y la facilidad de las comunicaciones no consienten ya a ningún sector de la sociedad permanecer cerrado en sí mismo. Tengan así presente las necesidades del Pueblo de Dios esparcido por toda la tierra” (Concilio Vaticano II. Apostolicam actuositatem, 10) (CL, 25).

En la parroquia, ámbito privilegiado de comunión y de misión.

“Los laicos han de habituarse a trabajar en la parroquia en íntima unión con sus sacerdotes, a exponer a la comunidad eclesial sus problemas y los del mundo y las cuestiones que se refieren a la salvación de los hombres, para que sean examinados y resueltos con la colaboración de todos; a dar, según sus propias posibilidades, su personal contribución en las iniciativas apostólicas y misioneras (Apostolicam actuositatem, 10) (CL, 27).

En la parroquia, lugar donde se une la misión intra y extra eclesial del laico.

La parroquia esta llamada a ser en el mundo el “lugar” de la comunión de los creyentes y, a la vez, “signo e instrumento” de la común vocación a la comunión; en una palabra ser la casa abierta a todos y al servicio de todos, o, como prefería llamarla el Papa Juan XXIII, ser la fuente de la aldea, a la que todos acuden para calmar su sed (San Juan Pablo II, CL, 25)

Llamados anunciar el Evangelio

En verdad, el imperativo de Jesús: “Id y predicad el Evangelio” mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la actual situación, no sólo del mundo, sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún discípulo puede escamotear su propia respuesta: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9, 16) (CL, 33).

A anunciar el amor de Dios

¡El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del que la Iglesia es deudora respecto del hombre. La palabra y la vida de cada cristiano pueden y deben hacer resonar este anuncio: ¡Dios te ama, Cristo ha venido por ti; para ti Cristo es “el Camino, la Verdad, y la Vida!” (Jn 14, 6) (CL, 34).

El catequista anuncia, a ejemplo de San Pablo, lo esencial de la fe, el primer anuncio, que “el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, ha dado su vida por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días”, y “te ama personalmente”.

El catequista de la misericordia sabe que “a Dios-Amor se le anuncia amando: no a fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con rigidez a alguna obligación religiosa o moral” (Francisco, Jubileo de los catequistas 25/09/2016).

Preciosa contribución de los laicos catequistas

En relación con la nuevas generaciones, los fieles laicos deben ofrecer una preciosa contribución, más necesaria que nunca, con una sistemática labor de catequesis. Los Padres sinodales han acogido con gratitud el trabajo de los catequistas, reconociendo que éstos “tienen una tarea de gran peso en la animación de las comunidades eclesiales” (Propositio, 10 en CL, 34).

Los padres cristianos son, desde luego, los primeros e insustituibles catequistas de sus hijos, habilitados para ello por el sacramento del Matrimonio; pero, al mismo tiempo, todos debemos ser conscientes del “derecho” que todo bautizado tiene de ser instruido, educado, acompañado en la fe y en la vida cristiana (CL, 34).

2.- La vocación del catequista: Cuatro grandes referencias:

  • La vocación laical del catequista en Evangelii Nuntiandi del Beato Pablo VI (1975).

Ministros de la Palabra (73)

Tales ministerios, nuevos en apariencia pero muy vinculados a experiencias vividas por la Iglesia a lo largo de su existencia –catequistas, animadores de la oración y del canto, cristianos consagrados al servicio de la palabra de Dios o a la asistencia de los hermanos necesitados, jefes de pequeñas comunidades, responsables de Movimientos apostólicos u otros responsables-, son preciosos para la implantación, la vida y el crecimiento de la Iglesia y para su capacidad de irradiarse en torno a ella y hacia los que están lejos.

Bajo el aliento del Espíritu (75)

Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado.

Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin El. Sin El, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin El, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor.

Testigos auténticos (76)

Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del Evangelio que proclamamos.

Seglares santos (76)

A todos los seglares conscientes de su papel evangelizador al servicio de la Iglesia o en el corazón de la sociedad y del mundo. Nos les decimos a todos: es necesario que nuestro celo evangelizador brote de una verdadera santidad de vida

El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, desapego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda.

Forjadores de unidad (77)

Evangelizadores: nosotros debemos ofrecer a los fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la Iglesia. He aquí una fuente de responsabilidad, pero también de consuelo.

Servidores de la verdad (78)

El Evangelio que nos ha sido encomendado es también palabra de verdad. Una verdad que hace libres (Cf. Jn. 8, 32). y que es la única que procura la paz del corazón; esto es lo que la gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez más, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores.

(El evangelizador) no vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla.

Animados por el amor (79)

La obra de la evangelización supone, en el evangelizador, un amor fraternal siempre creciente hacia aquellos a los que evangeliza. Un modelo de evangelizador como el Apóstol San Pablo escribía a los tesalonicenses estas palabras que son todo un programa para nosotros: “Así, llevados de nuestro amor por vosotros, queremos no sólo daros el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias vidas: tan amados vinisteis a sernos” (1 Tes. 2, 8: Cf. Flp. 1,8).

¿De qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo; es el amor de un padre; más aún, el de una madre (Cf. 1, Ts. 2,7.11; 1 Cor. 4,15; Gl. 4,19). Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia.

Signos pedagógicos de este amor (79):

  • El respeto a la situación religiosa y espiritual de la persona que se evangeliza. Respeto a su ritmo que no se puede forzar demasiado. Respecto a su conciencia y a sus convicciones, que no hay que atropellar.
  • El cuidado de no herir a los demás, sobre todo si son débiles en su fe (Cf. Cor. 8, 9-13; Rom. 14, 15), con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser causa de perturbación o escándalo en los fieles, provocando una herida en sus almas.
  • El esfuerzo desplegado para transmitir a los cristianos certezas sólidas basadas en la palabra de Dios, y no dudas o incertidumbres nacidas de una erudición mal asimilada.

Fervor evangelizador (80)

No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza -lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio- (Cf. Rom. 1,16), o por ideas falsas omitimos anunciarlo?

Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo -como Juan el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia- con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir.

  • La vocación laical del catequista en Cathechesis tradendae de San Juan Pablo II (1979).

Catequistas laicos (66)

En nombre de toda la Iglesia quiero dar las gracias a vosotros, catequistas parroquiales, hombres y, en mayor número aún, mujeres, que en todo el mundo os habéis consagrado a la educación religiosa de numerosas generaciones de niños.

Vuestra actividad, con frecuencia humilde y oculta, mas ejercida siempre con celo ardiente y generoso, es una forma eminente de apostolado seglar, particularmente importante allí donde, por distintas razones, los niños y los jóvenes no reciben en sus hogares una formación religiosa conveniente.

En efecto, ¿cuántos de nosotros hemos recibido de personas como vosotros las primeras nociones de catecismo y la preparación para el sacramento de la reconciliación, para la primera comunión y para la confirmación? La IV Asamblea general del Sínodo no os ha olvidado. Con ella os animo a proseguir vuestra colaboración en la vida de la Iglesia.

En tierras de misión (66)

Pero el título de “catequista” se aplica por excelencia a los catequistas de tierras de misión. Habiendo nacido en familias ya cristianas o habiéndose convertido un día al cristianismo e instruidos por los misioneros o por otros catequistas, consagran luego su vida, durante largos años, a catequizar a los niños y adultos de sus países. Sin ellos no se habrían edificado Iglesias hoy día florecientes.

Pido la intercesión de aquellos a quienes mis predecesores elevaron a la gloria de los altares. Aliento de todo corazón a los que ahora están entregados a esa obra. Deseo que otros muchos los releven y que su número se acreciente en favor de una obra tan necesaria para la misión.

En la Parroquia (67)

La comunidad parroquial debe seguir siendo la animadora de la catequesis y su lugar privilegiado. Ciertamente, en muchos países, la parroquia ha sido como sacudida por el fenómeno de la urbanización. Algunos quizás han aceptado demasiado fácilmente que la parroquia sea considerada como sobrepasada, si no destinada a la desaparición en beneficio de pequeñas comunidades más adaptadas y más eficaces. Quiérase o no, la parroquia sigue siendo una referencia importante para el pueblo cristiano, incluso para los no practicantes.

En la escuela (69)

Al lado de la familia y en colaboración con ella, la escuela ofrece a la catequesis posibilidades no desdeñables. En los países, cada vez más escasos por desgracia, donde es posible dar dentro del marco escolar una educación en la fe, la Iglesia tiene el deber de hacerlo lo mejor posible.

  • La vocación laical del catequesis en el Directorio General de Catequesis (1997).

Carácter secular de la catequesis (230)

Los laicos ejercen la catequesis desde su inserción en el mundo, compartiendo todo tipo de tareas con los demás hombres y mujeres, aportando a la transmisión del Evangelio una sensibilidad y unas connotaciones específicas: “esta evangelización… adquiere una nota específica por el hecho de que se realiza dentro de las comunes condiciones de la vida en el mundo”( LG 48; AG 1; GS 45; cf CEC 774-776).

En efecto, al vivir la misma forma de vida que aquellos a quienes catequizan, los catequistas laicos tienen una especial sensibilidad para encarnar el Evangelio en la vida concreta de los seres humanos. Los propios catecúmenos y catequizandos pueden encontrar en ellos un modelo cristiano cercano en el que proyectar su futuro como creyentes.

Vocación bautismal (231)

La vocación del laico para la catequesis brota del sacramento del Bautismo, es robustecida por el sacramento de la Confirmación, gracias a los cuales participa de la “misión sacerdotal, profética y real de Cristo” ( Cf Col 1,26). Además de la vocación común al apostolado, algunos laicos se sienten llamados interiormente por Dios para asumir la tarea de ser catequistas. La Iglesia suscita y discierne esta llamada divina y les confiere la misión de catequizar.

Llamada personal de Jesucristo (231)

El Señor Jesús invita así, de una forma especial, a hombres y mujeres, a seguirle precisamente en cuanto maestro y formador de discípulos. Esta llamada personal de Jesucristo, y la relación con El, son el verdadero motor de la acción del catequista. “De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de evangelizar, y de llevar a otros al de la fe en Jesucristo”.

Grados diversos de dedicación (231)

Sentirse llamado a ser catequista y recibir de la Iglesia la misión para ello, puede adquirir, de hecho, grados diversos de dedicación, según las características de cada uno. A veces, el catequista sólo puede ejercer este servicio de la catequesis durante un período limitado de su vida, o incluso de modo meramente ocasional, aunque siempre como un servicio y una colaboración preciosa.

No obstante, la importancia del ministerio de la catequesis aconseja que en la diócesis exista, ordinariamente, un cierto número de religiosos y laicos, estable y generosamente dedicados a la catequesis, reconocidos públicamente por la Iglesia, y que -en comunión con los sacerdotes y el Obispo- contribuyan a dar a este servicio diocesano la configuración eclesial que le es propia. (EN 14).

  • La vocación laical del catequista en Evangelii Gaudium del Papa Francisco (2013).

Guiados por el Espíritu (119)

En todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible “in credendo”. Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación (Cf. Lumen Gentium, 12).

Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe -el sensus fidei que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión.

Discípulos misioneros (120)

En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones.

Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos “discípulos” y “misioneros”, sino que somos siempre “discípulos misioneros”.

Único requisito: haber hecho experiencia del amor de Dios (120)

La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones.

Los primeros catequistas: los apóstoles, la samaritana, san Pablo (120)

Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús “por la palabra de la mujer” (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, “enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios” (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?

Catequistas catequizados (121)

Por supuesto que todos estamos llamados a crecer como evangelizadores. Procuramos al mismo tiempo una mejor formación, una profundización de nuestro amor y un testimonio más claro del Evangelio. En ese sentido, todos tenemos que dejar que los demás nos evangelicen constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación en que nos hallemos.

Catequistas testigos (121)

En cualquier caso, todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros.

Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo.

Catequistas kerigmáticos (163)

En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte”. Cuando a este primer anuncio se le llama “primero”, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan.

Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos (Propositio, 9).

Catequistas “esenciales” (165)

Que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena.

Catequistas mistagógicos (166)

Muchos manuales y planificaciones todavía no se han dejado interpelar por la necesidad de una renovación mistagógica, que podría tomar formas muy diversas de acuerdo con el discernimiento de cada comunidad educativa. El encuentro catequístico es un anuncio de la Palabra y está centrado en ella, pero siempre necesita una adecuada ambientación y una atractiva motivación, el uso de símbolos elocuentes, su inserción en un amplio proceso de crecimiento y la integración de todas las dimensiones de la persona en un camino comunitario de escucha y de respuesta.

Catequistas creativos (167)

Hay que atreverse a encontrar los nuevos signos, los nuevos símbolos, una nueva carne para la transmisión de la Palabra, las formas diversas de belleza que se valoran en diferentes ámbitos culturales, e incluso aquellos modos no convencionales de belleza, que pueden ser poco significativos para los evangelizadores, pero que se han vuelto particularmente atractivos para otros.

Catequistas positivos (168)

Más que como expertos en diagnósticos apocalípticos u oscuros jueces que se ufanan en detectar todo peligro o desviación, es bueno que puedan vernos como alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio.

Catequistas acompañantes (169)

En una civilización paradójicamente herida de anonimato y, a la vez obsesionada por los detalles de la vida de los demás, impudorosamente enferma de curiosidad malsana, la Iglesia necesita la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario.

En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos -sacerdotes, religiosos y laicos- en este “arte del acompañamiento”, para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3,5).

Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana.

Catequistas que escuchan (171)

Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores.

Sólo a partir de esta escucha respetuosa y compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida.

Catequistas con paciencia (171-172)

Para llegar a un punto de madurez, es decir, para que las personas sean capaces de decisiones verdaderamente libres y responsables, es preciso dar tiempo, con una inmensa paciencia. Como decía el beato Pedro Fabro: “El tiempo es el mensajero de Dios”.

La propia experiencia de dejarnos acompañar y curar, capaces de expresar con total sinceridad nuestra vida ante quien nos acompaña, nos enseña a ser pacientes y compasivos con los demás y nos capacita para encontrar las maneras de despertar su confianza, su apertura y su disposición para crecer.

Catequistas en unidad (173)

La relación de Pablo con Timoteo y Tito es ejemplo de este acompañamiento y formación en medio de la acción apostólica. Al mismo tiempo que les confía la misión de quedarse en cada ciudad para “terminar de organizarlo todo” (Tt 1,5; cf. 1 Tm 1,3-5), les da criterios para la vida personal y para la acción pastoral. Esto se distingue claramente de todo tipo de acompañamiento intimista, de autorrealización aislada. Los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros.

3.- Consecuencias concretas:

Responder a la llamada (del mismo Jesucristo, que esta enraizada en el bautismo, que va acompañada de una gracia específica, que lleva a un compromiso de imbricación en el mundo, que lleva a un compromiso con la misión evangelizadora de la Iglesia, que requiere a su vez ser catequizado)

No caer en las tentaciones del catequista (funcionalismo, reduccionismo ético, asimilacionismo, derrotismo, fundamentalismo, alejamiento)

Promover las virtudes del catequista (confianza en el Espíritu, pasión por evangelizar, amor y paciencia con el destinatario, enraizamiento en la comunión)

 

 

 

 

 

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