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La inagotable riqueza del pobre

Por Manuel María Bru el 18 noviembre, 2017 en La voz del delegado
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La Palabra de Dios nos revela muchas veces el sentido de lo que vemos en nuestra vida cotidiana. Así ocurre con las lecturas de hoy:

  • En el libro de los Proverbios se nos muestra el verdadero sentido de la vida bien aprovechada: la de quien trabaja sin descanso por su familia y por la sociedad, sin dejar de poner en Dios toda su confianza.
  • En el salmo 127 se nos muestra el verdadero sentido del “temor de Dios”, que no es temor a Dios, sino temor a alejarse y a perderse sin Dios.
  • En la carta de San Pablo a los Tesalonicenses se nos muestra el verdadero sentido de la vida que no está en que ésta pase delante de nosotros sin darnos cuenta, sino en tomar sus riendas y afrontarla intensamente, para que al final, no nos sorprenda como a un ladrón.
  • Y en el Evangelio de San Mateo el Señor se nos muestra que el sentido de la vida está ligado a la responsabilidad con los talentos que se nos ha dado, porque somos administradores, no dueños de nuestra vida. La vida solo se gana cuando se entrega, sólo se es feliz cuando damos todo lo que somos para que Dios lo multiplique en frutos para el bien de los que nos rodean y de toda la humanidad.

A la luz de este Evangelio de los talentos celebramos en toda la Iglesia, por expreso deseo del Papa Francisco, la Jornada Mundial de la Pobreza. Buena ocasión para repasar lo que significa en cristiano la palabra pobreza:

  • Tendríamos que aprender a mirarnos pobres. Porque todos somos pobres. Somos pobres porque somos limitados. Somos pobres porque somos pecadores. Somos pobres porque sufrimos. Somos pobres porque somos mortales.
  • Esta es la mirada humana, profunda, limpia, verdadera, que recupera la riqueza esencial del marginado y excluido, la de su infinita dignidad como hijo de Dios, y la farsante e injusta desproporción de esta riqueza con sus carencias. Es la única mirada radical que iguala al que tiene con el que no tiene, y que hace irresistible la reacción, de puro dolor, que a la vez extirpa del pobre su miseria y del rico su arrogancia, porque con la primera el rico oscurece la dignidad del pobre, a la vez que desfigura su propio rostro, enmascarado. Esta mirada cambia, convierte, libera y salva.
  • Es la mirada que implora el pobre. A veces es lo único que coincide entre lo que pide y lo que realmente necesita. Hay especialistas en el trabajo social que creen que la promoción sustituye la caridad, cuando la verdadera caridad es la única capaz de promocionar, pues es la única manera de mirar así, y de despertar así la dignidad, y con ella la responsabilidad, el sentido y las ganas de vivir. Quien ama es quien se hace uno con la persona que ama, quien vive el otro, quien se despoja de si mismo en la acogida al otro. Saber amar es saber mirar, y saber mirar es saber amar.
  • Es la mirada la que desvela la superficialidad, falacia, inconsistencia y frugalidad de lo que normalmente llamamos no se si riqueza, pero si seguridad, o calidad de vida. Cuando ninguna de estas legítimas aspiraciones es capaz de llenar el verdadero anhelo de felicidad humana. Nos bastaría esta mirada para acariciar el tesoro que siempre es la riqueza del otro, para adquirir el atractivo de la solidaridad, que es el de bajar a la mina de esas pepitas de oro puro, limpias del barro de las riquezas, pero escondidas y enterradas en los suelos de la marginación y la miseria.
  • La santa Madre Teresa de Calcuta lo explicó mucho mejor: “A los ricos les falta de todo, porque siempre están insatisfechos y tratan de poseer cada vez más. Los pobres viven con serenidad. Cuando los ricos empiecen a compartir lo que tienen con los pobres, encontrarán la serenidad que andan buscando como locos, y que su dinero no les puede dar”.

Ayer desayuné con tres amigos: un religioso claretiano y dos jóvenes pobres: uno de aquí, otro de Marruecos. Nos iban a ayudar después a preparar una sala para una conferencia, porque eso es lo que hacen siempre los que han tenido peor suerte en la vida: terminar ayudando a los que hemos tenido más suerte, que podemos compensarles, aunque sea no ya con un café y unas tostadas, sino con un rato para ellos especial, estar con otros hablando de lo difícil que es la vida, pero también de tantas cosas buenas, bromeando y riendo juntos. Saberse uno más, integrado, normalizado. Mientras colocamos la sala, mi amigo claretiano me dijo: yo sería feliz si me dedicase por completo, como el famoso padre Flanagan, de la Ciudad de los Muchachos, a acompañar a chavales como estos. La vida ha sido dura con ellos, pero precisamente por eso te enriquecen, te ponen en la verdad, te acercan a Dios.    

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXIII DEL TO (CICLO A) 19 NOVIEMBRE 2017.

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