Delegación Episcopal de Catequesis.
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La fuerza imparable del Espíritu

Por Manuel María Bru el 2 Junio, 2017 en La voz del delegado
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En esta gran fiesta el relato principal de la Palabra de Dios es el que hemos escuchado de los Hechos de los Apóstoles, el de la irrupción del Espíritu Santo en Pentecostés:

  • Tal acontecimiento constituye la manifestación definitiva de lo que se había realizado en el mismo Cenáculo el Domingo de Pascua, como hemos escuchado en el Evangelio de Juan: “Recibid el Espíritu Santo”.
  • Lo que había sucedido entonces en el interior del Cenáculo, estando las puertas cerradas, más tarde, el día de Pentecostés, es manifestado también al exterior, ante los hombres. Se abren las puertas del Cenáculo, y los apóstoles se dirigen a los habitantes y a los peregrinos venidos a Jerusalén con ocasión de la fiesta, para dar testimonio de Cristo.
  • Y todos, hablando diversas lenguas, se entienden. Es el icono de la unidad y la fraternidad universal, a diferencia del icono de Babel, en el que la humanidad globalizada está en una misma torre, pero, aunque todos hablen la misma lengua, no se entienden, y están enfrentados entre sí.
  • Y si San Pablo en su primera carta a los corintios nos dice que sólo bajo la acción del Espíritu Santo podemos decir “Jesús es Señor”, en el salmo, como en la hermosa secuencia antes del Evangelio, hemos implorado la venida del Espíritu Santo, porque él no se impone, espera a que nosotros desde nuestra libertad, lo imploremos.

Así, en Pentecostés, se sintieron los apóstoles llenos de los siete dones del Espíritu, que todos recibimos y que conviene siempre recordar:

  • El don de la Sabiduría: El mismo Espíritu que hace posible en el “si” de María a la Encarnación de la Sabiduría eterna de Dios, espera nuestro “si” para transformarnos según el Verbo de Dios, según su sabiduría.
  • El don del entendimiento: Por el que podamos comprender cada vez más y mejor los misterios de la fe. Todo cristiano, por este don, es un mistagogo, un escudriñador de la fe. Si se desprecia o no se busca ni se pide este don, la comprensión de la fe se paraliza, hasta que se pierde.
  • El don de consejo: Por este don podemos escuchar permanentemente como en el fondo del corazón Él jamás para de susurrarnos sus consejos. Y por este don, signo de la madurez del cristiano, unido a una buena formación, podemos aconsejar a los demás.
  • Fortaleza: También sólo Él puede hacer que podamos ir contracorriente, y dar público testimonio de la fe, hasta dar la vida por no dejar de confesarla. El cristiano puede hacer cosas insospechadas, pues por sus venas corre una sangre que no es mortal: es la fuerza del Espíritu Santo.
  • Ciencia: Por Él podemos ver la creación no con nuestros ojos de creatura, sino con los ojos del Creador. Él nos hace ver el “hilo de oro” que vincula toda la creación en la mirada del Padre sobre el Hijo, en el amor: todo creado por amor, todo en un único designio del amor.
  • Piedad: Que no es tener compasión, o ser muy devoto, sino el don de saberse y de encontrarse a gusto en nuestra verdadera casa: la casa de la Trinidad, del cielo, la Gloria de Dios, y sentir la necesidad de la oración, y de los sacramentos, para gustar ya aquí la vida de Dios.
  • Temor de Dios: que no es miedo a Dios, sino conciencia de nuestra condición de criatura débil y limitada, y en el escalofrío de nuestra más absoluta inseguridad, sentir la necesidad de confiar en el amor de Dios.

El Papa Francisco nos ha alertado varias veces a no encerrarnos en nuestras ideas fijas y nuestras seguridades. Cuando esto ocurre, nos dice, admitámoslo, “el Espíritu Santo nos da fastidio. Porque nos mueve, nos hace caminar, impulsa a la Iglesia a ir adelante (…) Queremos domesticar al Espíritu Santo. Y esto no funciona. Porque Él es Dios y Él es ese viento que va y viene, y tú no sabes de dónde. Es la fuerza de Dios; es quien nos da la consolación y la fuerza para seguir adelante”.

En la hermosa secuencia al Espíritu que hemos rezado antes del Evangelio lo hemos llamado “Dulce huésped del Alma”, “brisa en las horas de fuego”, “gozo que enjuga las lágrimas”. Tal vez ansiamos buscando sucedáneos de felicidad y no nos damos cuenta de que, en el fondo de nuestro corazón, esta la felicidad plena, esa paz infinita, que es el Espíritu Santo. Habitamos con una fuerza infinita, imparable, invencible, con la cual nada ni nadie podrá frenarnos. Sólo nos pone dos condiciones para actuar en nosotros y a través de nosotros: que lo que perseguimos sea lo que Él mismo persiga, el proyecto de Dios; y que se lo pidamos, que confiemos en él, para que en nuestra debilidad se manifieste la fuerza del Espíritu de Dios.

HOMILÍA FIESTA DE PENTECOSTÉS

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