Compartimos tema de formación impartido el martes 12 de diciembre por el Delegado Episcopal de Catequesis en la Parroquia Nuestra Señora del Pilar de Campamento sobre “Eucaristía y Evangelización”, en un programa de tres conferencias:

  • Lunes 11 de diciembre (19,30h): EUCARISTÍA, MANANTIAL DE CARIDAD, con Pablo González
  • Martes 12 de diciembre (19,30h): EUCARISTÍA Y EVANGELIZACIÓN, con Manuel María Bru
  • Miércoles 13 de diciembre (19,30h): COMO VIVIR MEJOR LA EUCARISTÍA DESDE LA LITÚRGIA, con Jaime Vales.

 

EUCARISTÍA Y EVANGELIZACIÓN 

PRIMERA PARTE: La Evangelización en la Eucaristía

1º/ ¿La celebración eucarística evangeliza?

  • Si partimos del triple ministerio de la Iglesia, que se refleja tanto en la Iglesia en su totalidad como en cada comunidad cristiana (ministerio de la proclamación del Kerigma, ministerio de la diaconía y ministerio de la liturgia), el contexto eclesial de la eucaristía es el celebrativo, el litúrgico, no el del anuncio del Kerigma, ni el de la catequesis de él derivado.
  • Y cuando se sustituye la dinámica litúrgica por la catequética (se somete la liturgia a técnicas pedagógicas) se pierde tanto el valor litúrgico como el previsible valor evangelizador porque se desvirtúa.
  • Pero la celebración eucarística tiene en su estructura (en su dinámica celebrativa) una parte explícitamente evangelizadora, que es la Liturgia de la Palabra, pues en ella se dan los tres elementos básicos del proceso evangelizador:
  • el anuncio del Evangelio (a través de la proclamación de la Palabra),
  • la catequesis y el acompañamiento pastoral (a través de la predicación), indistintamente según los participantes en la celebración sean catecúmenos o cristianos (en la Iglesia primitiva los catecúmenos –no bautizados- participaban de la liturgia de la palabra en la misa dominical, y hoy los catecúmenos –bautizados pero aún sin haber recibido los otros dos sacramentos de la iniciación cristiana- están llamados a participar de toda la celebración).
  • Claro, en tanto en cuanto la predicación sea como nos enseña a los sacerdotes el Papa Francisco (Evangelii Gaudium, 135-144): breve, que llegue al pueblo, y que basta con que comunique una idea, una imagen, y un sentimiento (ya que no es ni una clase de teología ni reprimenda moralizante).
  • Además, en otros momentos de la celebración se dan elementos indiscutiblemente evangelizadores:
  • el contenido de las plegarias y oraciones, la música sacra, etc..
  • los elementos simbólicos celebrativos y su uso que nos remiten al ámbito de lo sagrado (vestiduras, cirios, leccionario, la patena y el cáliz, etc…)
  • los gestos, tanto ordinarios (las posturas tanto del celebrante como de los fieles, la reserva eucarística, la genuflexión, etc…) como extraordinarios (el lavatorio de los pies en el Jueves Santo, la liturgia de la luz de la Vigilia Pascual, ) inscritos en el ritmo propio de la celebración, etc… (la capacidad comunicativa de la celebración eucarística supera la de cualquier performance artística escenográfica).

 

2º/ ¿La comunión eucarística evangeliza? Por su puesto que sí, en cuanto evangelización post-comunión. Y lo hace en tres sentidos complementarios:

 

  • Porque la comunión nos predispone para la misión: ¿Tendría sino algún sentido desear los mismos sentimientos de San Ignacio de Loyola que al comulgar rezaba: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me disteis, A Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que con ésta me basta?La predisposición a ser discípulos es la misma predisposición a ser misioneros, porque como nos enseña el Papa Francisco en Evangelii Gaudium (119-121) no somos discípulos por un lado, y misioneros por otro, sino que todos los bautizados somos al mismo tiempo discípulos y misioneros.

 

  • Porque “sin comunión no hay misión”:

 

  • La comunión eucarística nos hace uno, irremediablemente, aunque a los cinco minutos nosotros podamos tirar por la borda el don infinito de la comunión eclesial que hemos recibido inmerecidamente.
  • La comunión eucarística no consiste en que cada uno de los que hayamos comulgado nos llevemos una parte de Cristo por haberle recibido dentro de nosotros, sino que esa recepción produce el milagro contrario: el de ser recibidos en Él. Y por tanto ya no somos “tu” o “yo” evangelizadores sino que es Él quien evangeliza por nosotros.
  • Y porque así se da la única condición que Jesús nos señala (y antes que pedírnosla a nosotros se la pide al Padre): “Que todos sean uno para que el mundo crea”.

 

  • Y porque sólo reconociendo a Jesús en los pobres lo reconocemos en la eucaristía y viceversa:

 

  • La presencia de Jesús en la Eucaristía es tan real como su presencia en los pobres (Mt. 25, 31-46): ni en las palabras de Jesús en la última cena se dicees como si fuese mi cuerpo, es como si fuese mi sangre”, ni en el juicio final se nos dirá “cuando lo hiciste con uno de estos es como si conmigo lo hicieses”, o “cuando no lo hiciste con uno de estos es como si conmigo lo hicieses” (en referencia a cada una de las obras de misericordia), sino que lo que Jesús dice es “cuando lo hiciste con uno de estos conmigo lo hiciste”, o “cuando no lo hiciste con uno de estos conmigo lo hiciste” del mismo modo como dice “esto es mi cuerpo” y “esta es mi sangre”.
  • Y en esto no está sólo en juego la relación entre Eucaristía y Diaconía (o servicio a los pobres), sino entre Eucaristía y Evangelización, porque además de la comunión (koinonía), la otra condición de la Evangelización es la diaconía: sólo desde a y desde lo pobres se puede evangelizar porque la evangelización consiste en anunciar y testimoniar al mismo el Reino de Dios, Reino de Justicia, de amor y de paz. Como explica el beato Pablo VI, “evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Evangelii Nuntiandi, 18).

 

SEGUNDA PARTE: La Eucaristía en la Evangelización

 

  • ¿Principio o fin?: Si la Eucaristía es principio motor (como hemos visto en la Evangelización en la Eucaristía), también es fin o meta de todo proceso evangelizador. Y se trata, siguiendo el lema del Papa Francisco, de promover procesos (de evangelización que lleven al “culmen de la vida cristiana”), antes que ocupar espacios (estadísticas cuantitativas y cualitativas de participación en la misa dominical)

 

  • La Eucaristía es fundamental en los tres momentos de la Evangelización, tal y como los señala el Beato Pablo VI en Evangelii Nuntiandi (51, 44, 54):

 

  • La Eucaristía es fundamental en el primer anuncio,

 

  • Porque desde el punto de vista teológico resulta esencial al kerigma Evangélico anunciar el amor de Dios a los hombres, y esté adquiere su plenitud en la entrega “eucarística” de Cristo en el misterio pascual (su pasión, muerte y resurrección). La Eucaristía es por tanto la máxima expresión de la centralidad del mensaje cristiano. Se requiere pre-anunciarla en el primer anuncio, y tenerla siempre como meta del mismo.
  • Y porque desde el punto de vista pastoral y práctico, formando parte imborrable de la cultura occidental, la Eucaristía se convierte de hecho es escenario del encuentro de la Iglesia con la sociedad, con los alejados, que por diversos motivos sociales, aún sin fe o con una fe muy débil, participan ocasionalmente de ella. Por lo que adquiere especial importancia lo que vimos con anterioridad sobre los “elementos evangelizadores de la Eucaristía”.
  • Siendo un tema discutible, me muestro muy crítico con la práctica de llevar inesperada y sorpresivamente la presencia de Jesús Eucaristía en una custodia a las calles para evangelizar. Me parece un espectáculo que provoca incomprensión cuando no rechazo (de hecho por eso se lleva el viático de modo discreto en la ciudad secular). Otra cosa muy distinta es la procesión del Corpus u otras manifestaciones eucarísticas populares. Como otra cosa su incursión en la pastoral juvenil incluso con los más alejados, siempre que no se convierta en una moda y pase de algo excepcional a algo permanente.

 

  • La Eucaristía es fundamental en la iniciación cristiana. En la Catequesis hemos pasado desde el Concilio Vaticano II por tres etapas:

 

  • la primera etapa del catecismo o de la catequesis doctrinal previa al Concilio, en la que se arrastraba una concepción instrumental de la catequesis entendida como formación religiosa en el contexto de cristiandad. La eucaristía era sólo parte de la enseñanza (uno de los siete sacramentos) y término de la catequesis (preparación para la primera comunión).
  • la etapa, tras el Concilio, de la catequesis de iniciación cristiana (recuperando el catecumenado de los primeros siglos), pero en un cierto momento como catequesis de la experiencia (basada en realidad en la “vivencia”), buscando la implicación vital de los neófitos, pero a veces en un contexto de secularización mitigando la iluminación de la fe y provocando una especie de bucle sobre los valores humano-cristianos de la experiencia.
  • Y la etapa de renovación actual, llamada catequesis mistagógica o catequesis de la conversión (Evangelii Gaudium 165), en la que se procura no dar por hecho el primer anuncio y contar con la experiencia (ahora ya si como interpretación de la vivencia), pero centrada en el camino del despertar religioso, de la conversión personal y de la experiencia espiritual del catecúmeno (no enseñar la fe, sino enseñar a vivir la fe). Precisamente es esta catequesis la que requiere adelantar el papel del mistagogo (que ya asume el catequista), llamado a “llevar de la mano” a los catecúmenos a los “misterios de la fe”, y por tanto a la Eucaristía.

 

  • La Eucaristía es fundamental en el acompañamiento pastoral. Porque la Eucaristía es esencial en la vida cotidiana del cristiano:

 

  • En ella se deja acompañar por la proclamación de la Palabra de Dios (completa al sumar años pares e impares de los tres ciclos litúrgicos), explicada por la predicación (cuya importancia compromete tanto al predicador como al predicado).
  • En ella se deja acompañar por el misterio de la oración litúrgica, complemento de la oración personal (y que a diferencia de la de la comunitaria devocional se trata de una oración comunitaria memorial), en la que con toda la comunidad ora al Padre, en el Hijo (en su unión con el Padre) y por gracia del Espíritu Santo. Este acompañamiento en la oración de la Iglesia no sólo mantiene en la fe, sino que renueva y reaviva la fe.
  • En ella se deja acompañar por la mirada de Jesús Eucaristía en la reserva eucarística, que es el único que “nos evangeliza”: tanto en el sagrario como en la exposición litúrgica.
  • En ella se deja acompañar por la comunidad celebrativa. No somos cristianos sino con los demás. No somos cristianos sino en la Iglesia. No tendríamos la más mínima posibilidad de afianzarnos en la fe sin la gracia permanente de Dios que se derrama en la Iglesia. De hecho, ¿Cuántos no han perdido la fe por dejar de dejarse acompañar por la eucaristía?

 

SIRVAN COMO CONCLUSIÓN ESTAS PALABRAS DE SAN JUAN PABLO II: “La misión de la Iglesia continúa la de Cristo: Como el Padre me envió, también yo os envío (Jn 20, 21). Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo” (Ecclesia de Eucharistia, nº 22).