Delegación Episcopal de Catequesis.
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El Catecumenado de adultos

Por Manuel María Bru el 29 Marzo, 2017 en Curso Catequistas, Noticias
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El pasado jueves 30 de marzo de 2017 tuvo  lugar la décimo octava sesión del Curso Anual de Catequesis del Arzobispado de Madrid, con la ponencia sobre el Catecumenado de Adultos, modelo y guía de todo proceso catecumenal de iniciación cristiana. El ponente fue Juan Ignacio Rodríguez Trillo, párroco de San Antonio de Cárcavas (Madrid), miembro tanto del Equipo de Coordinadores de Vicarías (como coordinador de la Vicaría I), como del Equipo de Expertos de la Delegación Episcopal de Catequesis, y encargado del Catecumenado de Adultos de dicha Delegación.

Rodríguez Trillo además es profesor de catequética en el bienio de Evangelización y Catequesis de la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid, y ha sido director de la Subcomisión de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española.

Adjuntamos, además del VIDEO DE LA SESIÓN, el esquema de ponencia, el PP en PDF de la presentación, y dos testimonios de catecúmenos adultos y un artículo de Mons. Alois Schwarz, obispo de Gurk-Klagenfurt (Austria), que el ponente repartió en la Sesión:

VIDEO DE LA SESIÓN (la ponencia empieza en el minuto 14,20 del video):

ESQUEMA PONEICA SOBRE El catecumenado

  • El envío misionero. Mt 28 Id, haced discípulos, bautizad y enseñadles a guardar….
  • ¿Hablamos de algo actual? Algunos ejemplos para iluminar
  • ¿Qué debemos hacer? Lo que hace y propone la Iglesia
  • Restaurar el catecumenado de adultos. Iniciar, completar, recomenzar, nuevas necesidades de iniciación
  • Hitos fundamentales en orden a la instauración del Catecumenado, desde el Concilio Vaticano II a las orientaciones de la Conferencia Episcopal Española
  • Concilio Vaticano II y Magisterio posterior
  • La Iniciación cristiana. Reflexiones y Orientaciones. LXX Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. Noviembre de 1998.
  • Documentos sobre el Catecumenado
  • Orientaciones pastorales para el Catecumenado. LXXVII Asamblea Plenaria. 2002
  • Orientaciones pastorales para la Iniciación cristiana de niños no bautizados en su infancia. LXXXIII Asamblea Plenaria. 2004
   Camino

   Acogida

   Transmisión

   Elección

   Claves

   Unidad

   Mediación

Escrutinios

   Neófito

   Acompañar

   Discernimiento

   Obispo

 

  • Que es el catecumenado: la institución que, en el seno de la pastoral de iniciación cristiana de la diócesis, está al servicio del proceso de formación en la fe y en la vida cristiana de aquellos que desean recibir el bautismo e incorporarse a la Iglesia”
  • Estructura/ Componentes fundamentales del catecumenado:
  • La iniciativa de Dios y la respuesta del hombre;
  • la mediación de la Iglesia y la presencia de la comunidad eclesial;
  • un itinerario litúrgico, catequético y espiritual;
  • la celebración de los sacramentos de iniciación cristiana
  • Tiempos y pasos en el camino de la fe. La gradualidad del camino
  • Anuncio misionero y precatecumenado/ Rito de ingreso
  • Tiempo del catecumenado/ Rito de elección
  • Tiempo de purificación e iluminación/sacramentos de iniciación
  • Tiempo de mistagogía
  • Catecumenado e inspiración catecumenal de toda la catequesis
  • Testimonios de catecúmenos y de acompañantes

PDF DE LA PRESENTACIÓN:

Catecumenado de adultos. Madrid

TESTIMONIOS:

Testimonio de un catecúmeno. Proclamación de Fe de Tristán 

Un camino de fe es también – sino siempre – un camino de vida, entonces para entender mi fe hay que conocer mi historia:

Soy el producto de más un siglo de laicismo y descristianización de mi país de origen, Francia: crecí con una buena educación, en una familia amante, sin faltar de nada y con valores sólidos: el estar pendiente de los demás, hacer el bien mejor que el mal, conseguir una vida saludable.

Pero crecí sin fe, sin luz a la que mirar cuando las preguntas y las pruebas de la vida se hacen más fuertes, sin símbolos que adorar en tiempos más oscuros.

Pero el camino de vida es tan fácil de seguir de niño y luego de adolescente que estas preguntas y dudas no surgían muy a menudo. Me dejaba llevar por la vida, por los estudios y por las noticias televisivas que fabricaban mi imagen del mundo, un mundo unipolar, sin interrogaciones, listo a consumir, en el que se hablaba de Iglesia o de Jesús sólo para criticar, incriminar y juzgar.

Pero ya me hacía consciente que un día u otro, se me plantearía esta pregunta.

A lo largo de este camino, conocí a mucha gente de fe que me ofrecían lo que todavía no quería ver: el amor de Jesús.

Y les contestaba con toda mi concepción binaria del mundo que su realidad era un fantasma, que no hacía falta este tipo de creencias, que no eran capaces de ver el mundo como era en verdad, que eran atrasados, que pertenecían al pasado. En concreto, regurgitaba todo lo que escuchaba en la Tele, pues no había alcanzado el punto de vista superior, estaba viviendo en el pecado.

Después de estos tiempos se acabó el camino, o por lo menos el camino que veía con mis ojos. Llegaron los obstáculos que se ponen en la vida de cualquiera: estudios sin perspectivas que no valen nada, vida en una ciudad de 12 millones de personas en un estudio de 16 m2 donde te sientes sólo, los vicios de la vida (alcohol, tabaco, fiestas, relaciones fútiles), un trabajo que no correspondía con mis expectativas y mis valores. La luz se apagó de repente. Llegó la oscuridad de no poder poner cara a un futuro claro y feliz.

Pero como siempre, Dios se nos hace presente aun cuando pensamos que no tiene abandonados.

Y me dio la fuerza de sobrepasar estos obstáculos para alcanzar su Luz y la luz de Jesús: puso en mi camino a una persona que tenía esta fe y que supo ayudarme en este camino. Amor, escucha, perseverancia, temperancia.

Si Jesús nos ama, su amor se le tiene que ver y aceptar, y no es fácil cuando toda la primera parte de su vida se ha vivido escondido de esta realidad.

Entonces he decidido empezar este camino, sin saber adónde me llevaría, si iba aceptar el camino que se me ofrecía.

Pero aquí estoy, proclamando mi fe a Jesús, hijo único de Dios, que sufrió en la cruz para nosotros, y que me ofrece hoy la posibilidad de formar parte de su ministerio de fe, que me ayuda hoy en mi vida a ser una persona mejor y orgullosa de si misma en el sentido de ser una persona cumplida.

Saludos, Tristán

 

Testimonio de un acompañante

“Me llamo María del Mar, me gustaría dar mi testimonio sobre este tiempo en el que soy catequista del Catecumenado de Adultos en la Diócesis de Getafe. No os podéis imaginar la gracia tan grande que ha supuesto para mí poder vivir en primera persona el Bautismo de una joven, quizá como muchas otras, aunque para mí no, que un día sintió de Dios la llamada a incorporarse a la Iglesia.

Era finales de 2011 y nuestra Parroquia vivía la incorporación de un nuevo Párroco. Así que el otro sacerdote pensó que podía encargarme nada más y nada menos que de esta labor. Confieso que cuando me lo propuso me quedé un poco paralizada pues no sabía muy bien en qué consistiría esto y sobre todo pensé que era demasiado pobre para ofrecer nada, bueno la duda me duró más bien poco pues al fin y al cabo las catequesis iban a estar escritas y tenía una experiencia de Fe, un encuentro de Cristo en mi vida y con eso bastaba. Pensé que, si mi Madre la Iglesia me pedía algo, ¿Cómo negarme?

Así que empecé con mucha ilusión. Al poco tiempo se unieron a la catecúmena otros cinco jóvenes que en su día no se Confirmaron y la familia creció un poquito. Fui dejándome llevar y descubrí que todo era fácil, estudiaba la catequesis a lo largo de la semana, pero siempre ponía algo de mi experiencia en cada una de ellas, me cuidaba mucho, procuraba estar en gracia de Dios y era asombroso… ¡Qué sí, ¡qué sí qué era suficiente!, me dejaba llevar pues sus corazones ya estaban predispuestos, ¡Qué fácil fue todo, con qué suavidad calaba la Palabra de Dios ¿pero si no hacía nada?, ¡el Señor me precedía, yo solo recogía lo que El sembraba! ¡Claro que era muy afortunada pues tenía una asamblea muy entregada, muy predispuesta y en las catequesis que se dieron en la Capilla tenía el Santísimo a mi espalda……y eso ayuda mucho!!

A cada catequesis, a todas, y mira que son muchas, nos acompañaban los dos sacerdotes de nuestra parroquia y qué útil poder tener no uno sino dos sacerdotes, pues esas dudas que siempre surgían al final y que eran cuestiones del Magisterio de la Iglesia las resolvían ellos. Éramos una pequeña comunidad en torno a Cristo ¿Y qué más nos hacía falta?

Y pasaron los días…… y llegó el gran día, la Vigilia Pascual. Cómo lloraban emocionados todos, pero yo no ¿y eso ?, ¿Con lo emotiva que soy? Pensaba para mí que estaba demasiado serena, estaba feliz, pero en apariencia no exterioricé nada. Cuando me acerqué a comulgar se me vino a la cabeza estas palabras del Evangelio “Siervo fiel y cumplidor pasa al banquete de tu Señor”.

Vivo desde esa Noche, la Gran Noche de esto y no necesito más, he recibido el ciento por uno, el Señor es un buen pagador. Doy fe. Es la mejor Pascua de mi vida. ¡Cristo Ha Resucitado, Aleluya! ”

 

ARTÍCULO de Mons. Alois Schwarz, obispo de Gurk-Klagenfurt (Austria):

¿QUÉ NOS ESTÁ DICIENDO DIOS CON EL CATECUMENADO?

Cualquier persona que acompañe a los catecúmenos aprende de ellos muchas cosas para su propia vida. El que ha recibido el encargo de transmitir y explicar la fe a otros de una forma clara ha de cumplir este encargo, haciendo partícipe al discípulo de su propia vida, de lo que él mismo vive. Cuando enseño mi ciudad a un extranjero y le muestro sus bellezas, soy yo quien más me aprovecho de ello, pues así conozco mucho mejor los detalles de mi propio entorno. El visitante, mediante sus preguntas, me obliga a mirar más de cerca las cosas y a percibir mejor lo que él ha observado. Esto mismo ocurre cuando introduzco a alguien en la fe. Las preguntas planteadas por quienes vienen en busca de la fe ayudan a ver mejor las maravillas de esta fe a quien la explica. He de reconocer que muchas veces esto me da la oportunidad de descubrir cosas nuevas que hasta entonces no había percibido. El catecumenado nos da una oportunidad parecida: la Iglesia descubre por medio de sus catecúmenos la belleza de su propia fe y la inmensa riqueza de la gracia de Dios.

La iniciación individual o comunitaria en la fe es un don para los catecúmenos y también lo es para sus catequistas. La transmisión de la fe a otros nos evangeliza a nosotros mismos. Quien desea ser introducido en la fe nos hace esta pregunta: «¿Creéis de verdad en lo que anunciáis?» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi 76). Quienes buscan a Dios en el catecumenado exigen mensajeros que les «hablen de un Dios a quien ellos mismos conocen y tratan familiarmente, como si estuvieran viendo al Invisible. El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, desapego de sí mismo y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda» (Evangelii nuntiandi 76).

Por otra parte, quien da catequesis a otros debe crecer en el amor a las personas a las que catequiza, al mismo tiempo que las introduce en la fe. La medida interior de este crecimiento del catequista nos la da san Pablo, cuando nos dice: «Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor» (1Ts 2, 7-8).

Los catecúmenos han de engendrar en sus catequistas un amor mayor que el de un simple pedagogo. «Se trata del amor de un padre; más aún, el de una madre. Tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia» (Evangelii nuntiandi 79). Los catecúmenos han de suscitar en sus catequistas una vigilancia atenta de su situación religiosa y espiritual, así como la preocupación por su ritmo de vida, por su conciencia y sus convicciones, que hay que respetar siempre, sin atropellarles nunca (cf. Evangelii nuntiandi 79).

Dando por supuesto que Dios es en sí mismo infinitamente perfecto y bienaventurado, y que ha creado al hombre por pura bondad, a fin de que el hombre pueda participar en la vida bienaventurada del propio Dios, cada presentación que se haga de este Dios en el catecumenado ha de llevar a una experiencia real de su cercanía respecto del hombre, pues Dios «le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas» (Catecismo de la Iglesia Católica 1). El fondo último de cada catequesis se dirige al descubrimiento del amor de nuestro Señor. «Se puede muy bien exponer lo que es preciso creer, esperar o hacer; pero sobre todo ha de aparecer siempre el Amor de Nuestro Señor a fin de que cada uno comprenda que todo acto de virtud perfectamente cristiano no tiene otro origen que el Amor, ni otro fin que el Amor» (Catecismo de la Iglesia Católica 25). Quien entra en el catecumenado nos ofrece esta oportunidad, haciendo así realidad que Dios muestre su amor por el hombre y que los hombres se encuentren a sí mismos en el espíritu de ese amor.

En el catecumenado, cuando nos aproximamos a Dios, somos transformados por una luz creciente que nos hace ver al mismo Dios. Así experimentamos que la fe es algo que concierne a los ojos interiores de nuestro corazón. Quien comienza el catecumenado debe orar con las palabras del salmo: «Una cosa pido al Señor; eso buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo» (Salmo 27, 4).

Nosotros sentimos que Dios nos mira casi de forma similar a la experiencia que tuvo Simeón en su encuentro con el Niño en el Templo. Entonces dijo: «Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 31).

La catequesis ha de disponer a los hombres para que vean el rostro de Dios, familiarizándoles con el pensamiento de lo que supone el comienzo de la visión de Dios, iniciada ya con los ojos interiores del corazón.

La verdadera transmisión de la fe se logra cuando el hombre llega a ver en el centro de esa fe un rostro, el de Dios. Este encuentro «cara a cara», esperado todavía en la fe, significa también que todos los que ahora permanecen unidos en esa misma fe, se caracterizan por el hecho de que ellos mismos también poseen «un rostro», creado precisamente «a semejanza suya» (cf. Gn 1, 27). Esta dignidad personal es eterna, pues no desaparece ni con la muerte, «porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti» (Plegaria Eucarística III).

El catecumenado, al introducir a los catecúmenos en la fe de una forma personalizada, ayuda a que quienes han recibido el carisma de acompañarles no acaben convirtiéndose en simples funcionarios, sino que permanezcan en un continuo coloquio que les haga percibirse siempre como seres vivos y agraciados. Cuando encontramos a alguien que desea ser introducido en la fe, a veces sucumbimos en la tentación de darle un libro o invitarlo a una conferencia, en lugar de tratarlo como nos enseña el Buen Pastor, que tomó sobre sus hombros a la oveja perdida. En el mundo de hoy, tan dominado por la despersonalización y el anonimato, el diálogo atento y cariñoso resulta de un valor insustituible. El catecumenado nos ofrece la oportunidad de ello, pues requiere encuentros personales, para que la fe se comunique de persona a persona, de forma coloquial y vital.

«Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos», dice el salmo 132, vs. 1. Y Jesús dirá: «Venid y veréis». Y los discípulos «fueron y vieron dónde vivía» (Jn 1, 39). Los catecúmenos quieren saber dónde vivimos y sobre todo saber si nuestra morada está en Dios.

(Traductor Santiago Cañardo. Delegado del Catecumenado de la diócesis de Pamplona).

 

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