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El alivio de Dios

Por Manuel María Bru el 2 Julio, 2017 en La voz del delegado
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Siempre se ha dicho que la palabra de Dios es alimento del alma. El Papa Francisco dice que es el primer alimento del alma. Pero esto es así si reconocemos que previamente, la Palabra de Dios es alivio del alma. Desde luego las lecturas de este domingo más que hablarnos del alivio, son por si mismas un alivio, para el alma y para el cuerpo, es decir, como dice el Concilio Vaticano II, para el hombre entero:

  • El alivio de Dios es la mejor medicina para el mal de la tristeza. Cuando el profeta Zacarías invita al pueblo elegido a alegrarse -“Alégrate, hija de Sión”-, o cuando San Pablo invita a los primeros cristianos a estar “siempre alegres en el Señor”, no es que crean que la alegría pueda ser un deber que depende de nuestra voluntad, sino que apelan a una experiencia, la experiencia de Dios, del alivio de Dios, que apremia a la serena y permanente alegría.
  • El alivio de Dios requiere sólo de nosotros una confesión confiada, la del salmo 144: la de que Dios “es clemente y misericordioso”, la de que Dios “es bueno con todos”, la de que Dios es “cariñoso con todas sus criaturas”, la de que Dios “es fiel en sus palabras y bondadoso en todas sus acciones”. Pero sobre todo, la de que Dios “sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan”.
  • El alivio de Dios requiere sólo de nuestra parte una búsqueda, previa a la búsqueda de la verdad sobre el error, previa a la búsqueda del bien sobre el mal, que es la búsqueda de una vida según el espíritu y no según la carne (individualismo, materialismo, frivolidad), como nos dice San Pablo en su carta a los Romanos. Ya decía San Juan Pablo II que vivimos en una permanente lucha por el alma de este mundo.
  • Por último Jesús en el Evangelio nos ofrece el abrazo abierto del amor de Dios, donde encontrar la alegría en medio de las penalidades, donde encontrar la esperanza contra toda desesperanza, donde encontrar el alivio, el consuelo, el sosiego y la paz, frente al dolor sin remedio, la soledad triste, la angustia deprimente: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados”. Claro que, la revelación de Dios-Amor, no es fácilmente acogida por los “sabios y entendidos”, es decir, por los seguros de si mismos; sino por los “sencillos”, los que se reconocen necesitados del alivio de Dios, y del Dios de los necesitados de alivio.

¿Y quienes son los necesitados del alivio de Dios?

Es inútil hacer una descripción sociológica, entre otras cosas, porque sería excluyente y, sinceramente, ¿hay alguien que no necesite el alivio de Dios? Pero si podemos ponerle algunos nombres a esta necesidad:

  • Cuando el dolor –físico o espiritual- nos aflige, y nos cuesta aceptarlo…
  • Cuando nuestros planes se tuercen, y nos cuesta asumirlo…
  • Cuando el amor no es correspondido, y nos sentimos defraudados…
  • Cuando nos arrastra el agobio, y no encontramos el sosiego…
  • Cuando nos abruma el ruido de la vida, pero tenemos miedo al silencio…
  • Cuando el pecado nos rodea, y creemos que de él no nos libramos…
  • Cuando las desdichas nos persiguen, y queremos tirar la tolla…
  • Cuando el pasado nos atormenta, o el futuro nos inquieta…
  • Cuando la vida nos pesa, nos pesan los años, los fracasos, las fatigas…
  • Cuando, cuando, cuando. La lista sigue. Nos toca a cada uno continuarla.

Entonces, cuando todas estas sensaciones nos abruman, cuando experimentamos el cansancio del camino, o el cansancio de la vida, o el cansancio de la fe, Jesús nos dice: “Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrareis vuestro descanso, porque mi yugo es llevadero, y mi carga ligera”. Es decir: venid a mi, abatido, escarnecido, crucificado y abandonado, que he abrazado todos tus temores, los hecho míos, los he ungido con mis lagrimas y mi sangre, y ya no son tuyos, sino míos.

Cristo es maestro, y es juez… Pero antes, es médico.

  • Y la Iglesia, nos dice el Papa Francisco, debe ser antes que nada, en nombre de Cristo, un hospital de campaña en un mundo que es un campo de batalla, para curar heridas, no para hurgar en ellas.
  • “Padre: hace muchos años que no me confieso. No por desidia, ni por vergüenza. ¿De verdad Dios me quiere?”. ¡Cuantas veces los sacerdotes hemos oído estas palabras! ¡Y cuantas veces, acto seguido, quien las ha pronunciado ha irrumpido a llorar!
  • ¿Es tan difícil dejarnos abrazar por Dios? ¡Bendito seas Jesús, mi descanso, mi paz, mi alivio, mi consuelo, mi vida!

HOMILÍA DEL DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

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