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Divino impaciente

Por Manuel María Bru el 23 agosto, 2017 en La voz del delegado
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En la foto, José María Pemán, autor del Divino Impaciente

 

¿Os habéis preguntado alguna vez dónde radica nuestra dignidad humana?

  • Gracias a Dios mantenemos por nuestras raíces cristianas un alto concepto de la dignidad de la persona humana, como principio incluso de la ley positiva. Pero, ¿en donde la fundamentamos? ¿Es fruto de un consenso? ¿O parte de una visión concreta del ser humano, como creaturas de Dios amados por él?
  • No es fácil mantener el respeto a la dignidad humana como premisa moral, sin reconocer esto: que Dios nos ama a cada uno personalmente, que ha soñado con cada uno de nosotros desde la eternidad, que nos ha dado la vida, y que nos ha arrojado a este mundo llamándonos, por nuestro nombre, a algo: la llamada, la vocación, no es algo ni exclusivo de unos pocos ni secundario en nuestra vida, sino que es lo que conforma nuestra dignidad: soy digno porque quien me creo me hizo digno de si.
  • Y aunque estemos tentados de huir de esta llamada, persuadidos de que sin Dios seremos más libres, lo cierto es que como el profeta Jeremías, la llamada de Dios es en nuestras entrañas “fuego ardiente”, porque sin ella estaríamos, a la postre, arrojados al abismo.
  • Por eso la respuesta más inteligente es buscar al que nos llama (“mi alama está sedienta de ti, Señor, Dios mío” hemos rezado con el salmo 62); y escuchar y secundar esta llamada: dejarnos renovar por él para poder “discernir la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”, que nos dice San Pablo en su carta a los Romanos.
  • El Hijo de Dios vivo, hecho carne para entablar este diálogo de “llamada y respuesta”, tras tres años abriendo los ojos de sus discípulos a la verdad con mayúsculas del misterio de Dios y del misterio del hombre, en camino al Jerusalén de su pasión, se lo dejo muy claro: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la salvará”. A primera vista, como para salir corriendo… Y en cambio, millones de personas, por cierto muy felices en esta vida, han secundado desde hace dos mil años una propuesta tan aparentemente irracional como esta.

Uno de nuestros mejores escritores contemporáneos, José María Pemán, en su obra de teatro “El Divino Impaciente”, nos relato poéticamente uno de esos encuentros, en la Universidad de París, en los que el viejo y cojo estudiante de latín, Ignacio de Loyola, persuade al joven, rico y apuesto Francisco Javier, a escuchar la vocación a la que Dios le llamaba para formar parte de la Aventura eclesial que iba a iniciar, y lo hacía recordando la expresión de Jesús en el Evangelio que acabamos de proclamar: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la salvará”. Permitidme que os recite una parte de ese diálogo:


Ignacio:
El dolor
de tu alma ardiente, Javier:
me da pena verla arder
sin que dé luz ni calor.
Eres arroyo baldío
que, por la peña desierta,
va desatado y bravío.
¡Mientras se despeña el río
se está secando la huerta!

Javier:
No vive, Ignacio, infecundo
quien busca fama.

Ignacio:
¡Qué abismo
disimulado y profundo!

¡Qué importa ganar el mundo
si te pierdes a ti mismo?
Javier:
¿Me quieres, pues, apartado
de todo? ¿Pides, quizás,

que deje hacienda y estado?…
Me pides demasiado….
Ignacio:
¡Yo te ofrezco mucho más!
Cuando el aplauso te aclama,
ya piensas que estás llegando
a tu más alto destino.
¿No ves que el tuyo es divino
y que así te estás quedando
a la mitad del camino!

 

Recuerdo como el Señor se sirvió de este diálogo, recitado por unos jóvenes en un campamento, para suscitar la vocación sacerdotal de uno de ellos, el que hacía el papel de San Francisco Javier, hoy párroco en Madrid.

  • La experiencia vivida por Francisco Javier, en el siglo XVI, o la experiencia vivida por este joven madrileño, en nuestro tiempo (sin que lo siglos la cambien un ápice) es la misma experiencia que vivieron los discípulos de Cristo en el diálogo que hemos escuchado.
  • Porque ser cristiano es elegir “perder la vida” a los ojos del mundo, para ganar la vida, a los ojos de Dios, que a la postre es también ganar la vida a los ojos de una inmensurable satisfacción auténticamente humana: la vida eterna y el ciento por uno también en esta vida: eso si, no una vida cómoda y frívola, sino una vida intensa y apasionante.

HOMILÍA DEL DOMINGO XXII DEL TO (CICLO A) 31 GOSTO 2014.

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