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Cristo Rey de la misericordia

Por Manuel María Bru el 18 noviembre, 2017 en La voz del delegado
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Cristo es Rey, Rey de cielos y tierra, rey de un reino sin fin ni en el tiempo ni en el espacio, que abarca toda la realidad, la material y la espiritual. Las lecturas que acabamos de proclamar lo describen:

  • La primera lectura, del profeta Ezequiel, y el salmo 22, ven la realeza de Dios desde la figura del pastor, del buen pastor: Dios rige a su pueblo como un buen pastor cuida de sus ovejas. Dios que es amor reina amando, es decir, cuidando, alimentando, protegiendo, salvando a cada uno de los suyos, que no son súbditos, sino hijos.
  • San Pablo, en su primera carta a los Corintios, nos describe a Cristo como Rey que volverá a la tierra al final de los tiempos a desvelar su reinado eterno, porque “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies”.
  • Y el Evangelio nos describe esta venida en gloria del Rey de Universo como juez, que hará justicia por amor, que nos descubrirá donde habrá habido y donde no habrá habido amor en la historia de la humanidad y de cada hombre.

Se nos revela en esta descripción del juicio final como un examen final de la vida. “Al final de la vida nos examinarán en el amor”, decía San Juan de la Cruz. Una vez un joven a este propósito me decía: “ojalá todos los exámenes fueran así: sabiendo de antemano las preguntas”. ¿Aún así, estamos preparados para este examen final? Es un examen práctico. Son las obras de misericordia, que en nuestra vida tienen infinidad de exigencias:

  • Visitar y cuidar a los enfermos. Supone no sólo un compromiso personal, sino también eclesial y social:
    • Supone una Iglesia que, como nos dice el Papa Francisco, ha de ser un hospital de campaña, donde curar las heridas de la humanidad, sin hurgar en ellas, y sin vendarlas antes de curarlas.
    • Supone una sociedad solidaria que haga que entre todos cubramos las necesidades de salud de todos, pero no sólo en España y en la Unión Europea, sino en todo el mundo. ¿Qué hacemos nosotros para conseguir esto?
  • Dar de comer al hambriento y de beber al sediento:
    • ¿Que hacemos para que en esta ciudad de Madrid, tan artificialmente opulenta, con escaparates de lujo y en la que todos los días se tiran toneladas de alimentos, no haya niños que pasen hambre? Por que los hay.
    • ¿Y que hacemos para que dos tercios de la humanidad no muera de hambre, de sed, o de enfermedades causadas por la falta de agua potable y de higiene?
  • Dar posada al peregrino y visitar al desnudo:
    • ¿Qué estamos haciendo con los que huyen de la miseria, de la persecución, de una muerte anunciada para ellos y para los suyos, y saltan nuestros muros y nuestras alambradas?
    • ¿Qué hacemos con los abandonados en las calles, esos pobres hombres que han perdido todo, su trabajo, su familia, su esperanza, y hasta su propia autoestima, porque no han sido capaces de subirse o de mantenerse en el tren de esta sociedad, de esta economía, de la ley del más fuerte?
  • Redimir al cautivo y enterrar a los muertos:
    • ¿Qué estamos haciendo con los millones de niños soldado de los países a los que vendemos nuestras armas, o con los niños esclavos en fabricas mugrientas, donde hacen gran parte de la ropa y el calzado que compramos, o con los miles y miles de niños y jóvenes esclavos sexuales, en países de turismo sexual pero también aquí, a la vuelta de la esquina?
    • ¿Qué estamos haciendo con los millones de niños a los que no dejamos nacer, y cuyos cuerpos para ocultar nuestro delito ni siquiera son enterrados, sino tirados a la basura envueltos de plásticos, como se tiraba en las fosas comunes a las víctimas de todos los demás holocaustos de la historia?

Jesús nos dice que lo que hagamos con ellos, “me lo habéis hecho a mi”. La fuerza definitoria de esta presencia es tan clara y rotunda como la de la Eucaristía. Ante el más pequeño y necesitado de lo hermanos se está ante Jesús. Su dolor, su soledad, son las suyas. Hermanos, aún estamos a tiempo para abrazar el Reino de Dios (Reino de justicia, de amor y de paz), y poder oír a nuestro Rey decirnos: “conmigo lo hicisteis”.

HOMILÍA DE LA SOLEMINIDAD DE CRISTO REY

 

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