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Acompañar la interioridad

Por Manuel María Bru el 12 Enero, 2017 en Curso Catequistas, Noticias
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El jueves 12 de enero tuvo lugar la séptima ponencia del Curso Anual de Catequesis del Arzobispado de Madrid, impartida por Elena Andrés Suarez, Directora de contenidos del Posgrado Experto Universitario en Educación de la Interioridad para Centros Educativos. Presidió la ponencia Felicidad Alonso Cuevas, del Equipo de la Delegación de Catequesis del Arzobispado de Madrid, y coordinadora de catequesis de la Vicaría VIII.

Exponemos a continuación:

1/ ESQUEMA DE LA PONENCIA

2/ VIDEO DE LA PONENCIA

3/ TEXTO COMPLETO DE REFERENCIA DE LA PONENCIA

1/ ESQUEMA DE LA PONENCIA

Séptima sesión del Curso Anual de Catequesis (12 de enero de 2017)

ACOMPAÑAR LA INTERIORIDAD

ELENA ANDRÉS SUÁREZ. Directora de contenidos del Posgrado Experto Universitario en Educación de la Interioridad para Centros Educativos.

  1. El Proyecto Diocesano de Educación de la Interioridad (EI) “Proyecto DEBIR”.
  1. Educar la interioridad: necesidad, reto y camino evangelizador

2.1. Por una cultura del Ser

2.2. Camino de humanización y de evangelización

2.3. Los educadores y educadoras parteros del ser interior

  1. La interioridad: dimensión de la persona y ámbito de crecimiento
  • La interioridad es una dimensión constitutiva de toda persona.

4.3. En éxodo hacia uno mismo para encontrarse con Dios

* Para emprender procesos de crecimiento personal, es necesario desear crecer.

* Escuchar los anhelos más hondos implica actuar, poner los medios para ir alcanzando el cumplimiento de los mismos.

* Todos necesitamos personas que nos ayuden, nos motiven, nos acompañen en el proceso de crecimiento personal.

* Sólo quien ha sido liberado puede liberar. Será buen acompañante quien antes haya atravesado sus propios desiertos interiores y haya encontrado el eje unificador de su vida.

* Quien desee desplegar su ser, deberá ponerse en camino y atravesar sus desiertos interiores, conocer sus carencias, reconocer sus zonas estériles, atravesar sus opacidades.

* Saber hacia dónde se va, cuál es el horizonte del camino, ayuda a afrontar el paso a través del desierto. La tierra a la que llegaremos no es otra que la realización de nuestra persona en todas sus potencialidades.

* No hace falta tenerlo todo muy claro para emprender procesos de crecimiento personal. Basta con desearlo de todo corazón, desear ser plenamente quien se es.

* La gran tentación de la seguridad a cualquier precio, siempre asaltará a quien se pone en éxodo hacia sí mismo. Cualquier viaje (también el espiritual) supone aceptar la pérdida de niveles de seguridad.

* Es necesario que nos pasen cosas, que la vida nos afecte, para poder construir nuestra identidad. En la vida, cargada de acontecimientos, me conozco y te conozco. En la vida Dios sale a mi encuentro y yo le reconozco.

* Dar a luz lo que uno es, supone una larga gestación. Se necesita mucho tiempo para construir la propia identidad. La vida entera es proceso.

* Hay lugares interiores en los que hemos de adentrarnos solos. Hay experiencias que hemos de vivir por nosotros mismos. Un buen acompañante sabe cuando “desaparecer”.

* Si estamos abiertos a los demás, en actitud receptiva, toda relación se convierte en fuente de crecimiento. No cerrarse a nadie, no “engancharse” a nadie sanea nuestro mundo de relaciones y nos ofrece posibilidades nuevas.

* Llegar a vivir desde el centro de uno mismo supone luchar contra los “pueblos enemigos” que hay dentro de nosotros. Siempre hay algo que mejorar, algo de lo que librarnos… El proceso nunca se detiene.

4.4. La educación de la interioridad: un proceso de desvelamiento

4.4.1. Ser adentrados en el Debir:

  1. OBJETIVOS, CONTENIDOS Y METODOLOGÍA DE LA EI

5.1. Objetivos de la Educación de la Interioridad

5.2. Contenidos de la Educación de la Interioridad

  • El trabajo corporal
  • La integración emocional
  • La apertura a la trascendencia /Trascendencia.

5.3. Metodología de la Educación de la Interioridad

  1. Aportaciones de la EI a los procesos de iniciación cristiana

6.1. La EI en los procesos de iniciación cristiana de niños

6.2. La EI en los procesos de iniciación cristiana de pre-adolescentes

6.3. La EI en los procesos de iniciación cristiana de adolescentes

6.4. La EI en los procesos de iniciación cristiana de jóvenes

6.5. La EI en los procesos de iniciación cristiana de adultos

6.6. La EI en la Catequesis Familiar

  1. “Dios está en nosotros, nosotros estamos fuera de nosotros”.

 

 

2/ VIDEO DE LA PONENCIA

 

3/ TEXTO COMPLETO DE REFERENCIA DE LA PONENCIA

ACOMPAÑAR LA INTERIORIDAD.

ELENA ANDRÉS SUÁREZ. Directora de contenidos del Posgrado Experto Universitario en Educación de la Interioridad para Centros Educativos.

  1. El Proyecto Diocesano de Educación de la Interioridad (EI) “Proyecto DEBIR”. Antes de compartir con Vds. esta  reflexión, creo necesario señalar que mi ámbito de trabajo habitual y donde nace mi propuesta de EI es la Pastoral escolar si bien, durante cuatro años (2009-2013), tuve el inmenso privilegio de trabajar como laica liberada en la Diócesis de Vitoria-Gasteiz donde elaboré, con la ayuda de César Fernández de Larrea, actual Delegado de Jóvenes de esa diócesis y un rico equipo, el Proyecto DEBIR, proyecto de Educación de la Interioridad para las parroquias y los movimientos de Vitoria-Gasteiz. Lo que a continuación expondré es un resumen de las claves que la Educación de la Interioridad asumieron para pasar a formar parte de un proyecto diocesano de EI que deseaba aportar lo posible desde su peculiaridad al gran objetivo del Plan diocesano de Evangelización (PDE) vigente en aquel momento y que era renovar evangélicamente nuestras comunidades eclesiales.

Dado que, junto con César F. de Larrea  fui responsable de la redacción del Proyecto DEBIR, me permito en esta exposición, citarlo prolijamente ya que creo que lo que en él se propone es actual y resulta indicado para el objetivo de esta intervención. Por ello en la redacción de este texto y para facilitar su lectura, no incluiré citas a pie de página referentes al documento del citado proyecto, entendiendo que todos los textos en cursiva sin cita pertenecen al mismo.

  1. Educar la interioridad: necesidad, reto y camino evangelizador

Este es el primer punto del Proyecto DEBIR  y partimos en él de la siguiente constatación:

El retorno a una vida más profunda, más armónica, es una demanda no sólo en el ámbito eclesial, sino que la descubrimos como una demanda de no pocos sec­tores de la sociedad.

Todo ello brota de uno de los grandes “agujeros negros” generados por el estilo de vida occidental. Para comprenderlo debemos aludir al hecho de que vivimos insertos en un proceso de globalización en el que las leyes del mercado organizan la estructura y la vida de nuestras sociedades. Esas leyes de mercado se basan en el libre comercio de dinero, de bienes, también de ideas. Uno de sus pilares es el consumo. Así, de forma progresiva, pero parece que imparable, occidente ha ido creando un estilo de vida basado principalmente en dos verbos: hacer y tener. El hombre y la mujer de nuestra sociedad occidental podríamos decir que es un “ho­mus consumiensis”, alguien que consume y no sólo aquello que es necesario para vivir dignamente. Incluso ha aparecido la expresión “consumo de ocio” lo cual es un indicativo de la importancia del consumo en sí mismo. Pero para consumir hace falta tener una buena capacidad adquisitiva y ésta se adquiere trabajando duro, trabajando muchas horas. El resultado es que en la agenda vital de la mayoría de nosotros, el espacio prioritario está dedicado al hacer que favorezca el tener. El resultado es que queda relegado a espacios cada vez menores el gran verbo de la construcción de la persona, el verbo SER.

Efectivamente, el hecho de ser hombres y mujeres que hemos nacido en el sistema neoliberal, conlleva que hoy en el contexto de una reflexión catequética, debamos incluir la “atención a lo interior” que, curiosamente, debería darse por descontado como algo nuclear en la propuesta y vivencia de la fe cristiana. ¿Podemos imaginar una propuesta catequética sin interioridad? Ciertamente no, pero constatamos que el perfil de persona que ha ido gestando nuestro modo de vida occidental genera que las personas vivamos cada vez más ajenas a nosotros mismos, y más volcados hacia lo que se sitúa en la esfera de “lo exterior”. Eso dificulta sobremanera los procesos y dinámicas de escucha profunda que precisa el camino de seguimiento de Jesús.

2.1. Por una cultura del Ser

            De esta manera continúa el Proyecto DEBIR:

La búsqueda de sentido es algo innato a todo ser humano. De una u otra mane­ra, toda persona necesita sentir que su vida tiene algún sentido. Esa búsqueda de sentido sólo puede articularse en torno al verbo ser. Todo proyecto vital se enraíza en los fondos del ser de la persona, de tal manera que es ese ser el que da sentido y estructura el resto de opciones (estado de vida, estudios, trabajo, estilo de vida…). Cuando el énfasis se coloca en el “hacer” y el “tener” antes que en el ser, la persona queda como sin eje, si bien es verdad que muchas veces aquello que se hace puede ayudar a orientar la vida. Sin embargo, es en el sí de la persona donde encontramos las materias primas para la construcción de nuestra identidad personal y es a partir de esa identidad que podremos vivir con un sentido interno los otros ámbitos como el de las relaciones, la vida laboral, etc.

En esa construcción de la identidad que confiera sentido a la propia vida, la aten­ción al interior es condición sine qua non y es precisamente lo que menos favorece el estilo de vida occidental. Los espacios para la escucha profunda de uno mismo, son mínimos. El silencio, elemento básico en cualquier camino de profundización y personalización, es algo cada vez más ausente de nuestras vidas. Estos y otros ele­mentos interfieren también en la posibilidad de vivir las relaciones desde claves de diálogo, respeto sincero, confrontación serena con el otro que permita verse a uno mismo con mayor realismo y propicie actitudes de servicio y entrega a los demás. Y, por supuesto, todo ello dificulta mucho el cuidado de la dimensión espiritual de las personas.

Por todo ello, la Educación de la Interioridad (EI) es un camino que favorece el retorno a una cultura del Ser, un modo de vida que sitúa el SER en el centro y en torno a él, todo lo demás. Es lo que tradicionalmente hemos buscado al proponer en los procesos de acompañamiento de la fe la elaboración de proyectos personales o proyectos de vida, pero hoy constatamos que antes de poder elaborar este tipo de proyectos, se hace necesario un trabajo que ayude a recuperar las vías de acceso al interior de la persona y con ello el gusto por el silencio, la contemplación, la profundidad… De esta manera se hace posible el equilibrio entre las dos gran­des dimensiones del ser humano: la interioridad y la exterioridad.

2.2. Camino de humanización y de evangelización

Incluir de forma específica el acompañamiento de la interioridad en los procesos catequéticos es favorecer la humanización al estilo de Jesús. Si observamos cómo actúa él con todos aquellos con quienes se encuentra, comprobamos que continuamente sitúa a la persona en contacto con lo profundo de sí misma. Las preguntas, los gestos de Jesús con cada persona la llevan a poner en orden su casa interior

La humanización es un reto prioritario de la evangelización que toma en serio la Encarnación. Dios se revela en Jesús para comunicar su amor a toda la humanidad y para mostrarnos un camino de felicidad que nos lleva hasta la Vida plena. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él.” (Jn 3,16-17). La Encarnación en lo humano es el camino que Dios ha escogido para llevar a cabo su proyecto de salvación. Quien “se humaniza” hasta lo más hondo de su ser y se relaciona con los demás, con sentimientos y hechos de “profunda humanidad”, ese, encuentra y conoce al Dios de la Vida.

La educación de la interioridad es una exigencia para los cristianos si somos fieles a Dios y al ser humano. La interioridad es un elemento fundamental en todo proceso de humanización, por lo que constatamos que educar la interioridad es una necesidad y un reto para toda persona que quiera evangelizar.

Evangelizar es posibilitar que se haga vida la buena noticia de Jesucristo en las personas y en la sociedad, sacando afuera todas las potencialidades positivas de las personas para construir con otros una sociedad justa y fraterna donde se enraíza la extensión del Reino de Dios.

En ese camino de humanización que propone la Evangelización, la acción catequética se sitúa dentro de un proceso gradual, así lo señalamos en el Proyecto DEBIR:

La evangelización no es una única acción, ni un único momento, sino que responde a un proceso que se realiza gradualmente según las distintas situaciones en las que se encuentran los destinatarios. La evangelización se realiza a través de tres estilos de acción complementarios: misionera, catecumenal y pastoral. “El proceso evan­gelizador, por consiguiente, está estructurado en etapas o «momentos esenciales»: la acción misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia religiosa; la acción catequético-iniciatoria para los que optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o restructurar su iniciación; y la acción pastoral para los fieles cristianos ya maduros, en el seno de la comunidad cristiana. Estos momentos, sin embargo, no son etapas cerradas: se reiteran siempre que sea ne­cesario, ya que tratan de dar el alimento evangélico más adecuado al crecimiento espiritual de cada persona o de la misma comunidad” (Directorio General para la Catequesis 49).

Así pues, entendemos que la acción catequética es una de las acciones propias de la evangelización y que se dirige específicamente a aquellos que optan por el Evangelio. Sin embargo, las luces y sombras de nuestra cultura, nos obligan a hacer de la EI un eje transversal dentro de la acción catequética:

En el Proyecto Debir, conscientes de la realidad social y eclesial que vivimos, y a la luz del Evangelio, proponemos la educación de la interioridad como uno de los ob­jetivos fundamentales para evangelizar hoy, porque necesitamos entrar en nuestro interior para descubrir y hacer experiencia del Dios de Jesús que habita en lo secreto (cf. Mt 6,6); y sólo serviremos realmente al crecimiento del Reino de Dios si somos capaces de cultivar todo lo bueno que brota en nuestro ser, porque de este modo estaremos sembrando semillas del Reino en nuestro mundo (cf. Mt 13,31-32). Es­tamos convencidos de que la educación de la interioridad debe estar presente como objetivo trasversal en todo proceso de iniciación cristiana y en todas las fases del proceso de evangelización.

El desarrollo global de la interioridad es un camino educativo y evangelizador por­que la persona experimenta y comparte con otros lo que anuncia el Evangelio. La educación de la interioridad sirve de cauce para crecer y profundizar en la rela­ción con uno mismo, con las personas, con el mundo y con Dios.

En este sentido y a mi modo de ver es bueno entender al catequista también como un “educador” en el sentido más profundo de la palabra

2.3.  Los educadores y educadoras parteros del ser interior[1]

Educar proviene del latín educere que significa sacar hacia fuera. Al aplicar la EI al ámbito diocesano, la labor de los catequistas y animadores pastorales puede ser comprendida también como una labor de educación. El evangelizador favorece y acompaña la emergencia de los interrogantes e ilusiones que genera la fe. En este sentido, Séfora y Fuá, las dos comadronas hebreas que aparecen en el inicio del li­bro del Éxodo (Ex 1,15-22) nos pueden servir de inspiración. Ellas dos protegieron la vida amenazada. Ayudaron a que pudieran nacer los niños a los que el Faraón quería hacer desaparecer.

Los evangelizadores hemos de tener esa capacidad de proteger la vida que late en nuestros niños, adolescentes y jóvenes, pero también en los adultos y que, en ocasiones, se ve amenazada por tantas cosas que nos impiden ir a lo profun­do, vivir en coherencia, concretar el evangelio en nuestra vida.

  1. La interioridad: dimensión de la persona y ámbito de crecimiento

La segunda palabra que necesitamos acotar o comprender adecuadamente es el término interioridad, porque dependiendo de cómo entendamos la interioridad, nuestras propuestas prácticas variarán considerablemente.

  • 1. La interioridad es una dimensión constitutiva de toda persona. Nuestra auto conciencia, nuestras emociones, recuerdos, anhelos, miedos, dudas, escala de valo­res… forman un todo complejo y vivo que denominamos interior. Todos sabemos que tenemos ese lugar más allá de las apariencias en el que suceden muchas cosas, un lugar que nos es íntimo y que, en algunos de sus aspectos, sólo mostramos a los más cercanos. Para los creyentes es en el ámbito de la interioridad donde acontece el encuentro personal y transformador con Dios. Como la samaritana, somos lle­vados por Él hacia la hondura de nosotros mismos para, allí, encontrarnos primero con nuestra realidad. Una vez aterrizados en ella, puede acontecer el desvelamiento del Dios que siempre ha sido “intimior intimo meo”: más íntimo que mi propia interioridad.

Por su complejidad, por la multitud de facetas que tiene nuestro interior, a veces nos da miedo entrar en él, o simplemente no sabemos ir más allá de algunos lugares interiores ya conocidos. Por eso, trabajar nuestra interioridad, nos puede llegar a parecer difícil, complicado. No obstante, es en nuestro interior donde hemos de ir a buscar las raíces de nuestros comportamientos y opciones. Dicho de otra manera: es la dimensión interior la que otorga sentido y carga de contenido nuestra dimensión exterior, por ello, podemos decir que la interioridad es también un ámbito de crecimiento personal, es decir, en la opción de vivir desde el interior o en el exterior de nosotros mismos puede radicar la posibilidad o no de desarrollar todas nuestras potencialidades o quedarnos a medias.

¿Quiere esto decir que la exterioridad es una dimensión secundaria, prescindible? Ni mucho menos, en cuanto dimensión es tan irrenunciable como la interioridad. No podemos vivir volcados siempre hacia dentro. La referencia a los otros, la alteridad, es ineludible en la construcción de la persona y forma parte de la di­mensión exterior, así como aquello que los sucesos externos provocan en nosotros y que, tantas veces, son la “prueba del algodón” de nuestro mundo interior. Si, además, nos referimos al sujeto creyente, el camino de encuentro con el Otro, pasa por un camino de descentramiento que sitúa al creyente en éxodo, en una salida de sí mismo que le lleve al encuentro con el Misterio que le habita. La persona nece­sita, pues, desarrollarse en sus dos dimensiones: interioridad y exterioridad. La cuestión está en el equilibrio. Jamás la interioridad y la exterioridad humana pueden vivir la una al margen de la otra. Son dimensiones hermanadas que nosotros, cuando leemos la vida desde la dualidad egoica, nos empeñamos en acotar y separar, generando un debate innecesario y una oposición que es inexistente. Por ello, cuando nos ocupamos de la dimensión interior no lo hacemos porque desdeñemos o no nos interese la exterioridad humana, sino, al contrario, lo hacemos porque para que esta sea plena, precisa del alimento y de la conexión con todo aquello que brota de la interioridad, pero igualmente cierto es que la interioridad se nutre también de todo aquello que proviene de lo que denominamos exterior (movimiento, acciones cotidianas, relaciones, acontecimientos…) y es ahí, en la cotidianeidad donde muestra su verdad o su falsedad.

Con todo, si hubiéramos de poner el acento en uno de los dos ámbitos, es en el interior de uno mismo donde se pueden encontrar las materias primas para la cons­trucción de la identidad personal. Como sucede con una casa que puede tener una fachada maravillosa pero unos cimientos resquebrajados: tarde o temprano la casa caerá. ¿No dijo algo así Jesús al referirse a la casa edificada sobre roca y la casa edifi­cada sobre arena? Echando una mirada a aquello que parece valorarse actualmente a nuestro alrededor, descubrimos muchos cimientos arenosos: la imagen, el dinero, el triunfo rápido…

Educar la interioridad, en este sentido, consiste en ofrecer herramientas que puedan ayudar a excavar unos buenos cimientos para la vida, es preparar la tierra para la buena acogida de Dios.

4.3. En éxodo hacia uno mismo para encontrarse con Dios

El símbolo del viaje es muy válido para plantear los fundamentos de la Educación de la Interioridad. En concreto, el largo éxodo de Israel a través del desierto, estu­vo lleno de momentos y acciones que encierran grandes mensajes para nosotros. Podríamos decir que para Israel, aquel tiempo por el desierto fue una experiencia iniciática. Por eso, una vez establecido en Canaá el pueblo vuelve la vista atrás y recuerda “qué sucedió” y en lo que sucedió hubo lecciones que nunca olvidará. La Educación de la Interioridad sería, en esta línea, el esfuerzo que hemos de hacer hoy por crear espacios para la experiencia. Pero no cualquier tipo de ex­periencia. La peripecia del éxodo puede inspirarnos claves válidas. En este resumen presentamos los puntos que más nos pueden sugerir líneas de acción para establecer procesos de Educación de la Interioridad. Los vemos aquí a modo de esquema que explicamos a continuación.

 

PROCESO

  • 40 AÑOS.
  • POR EL DESIERTO.
  • HAY UN GUÍA.
  • LE PASAN COSAS Y VA CONSTRUYENDO SU IDENTIDAD DE PUEBLO.
  • ENTIENDE: CÓMO ES EL SER HUMANO Y CÓMO ES DIOS
  • LLEGADO A LA TIERRA PROMETIDA, EL GUÍA DESAPARECE.
  • EL PUEBLO SE ESTABLECE TRAS MUCHAS BATALLAS.

Al igual que los israelitas, toda persona experimenta el lastre de algún tipo de es­clavitud: la esclavitud de la imagen, de los miedos, algunos viven esclavos de su trabajo, otros esclavos de relaciones que asfixian… Podríamos decir que la vida del ser humano es una oportunidad para pasar de la esclavitud a la libertad, porque ese es el deseo de Dios: que seamos libres. Pero para ser libres, el primer paso es hacerse consciente de los lastres que nos atan, de nuestras cadenas y desear dejarlas atrás. De nada sirve querer liberar a quien se encuentra cómodo en su esclavitud.

* Para emprender procesos de crecimiento personal, es necesario desear crecer.

 

Así pues, los israelitas claman, y Dios escucha el clamor. La escucha de Dios es una escucha que conlleva acción, no es un mero “oír”, como quien oye llover. Dios es­cucha y se interesa por ellos (Ex 2,25). Este interés conlleva una acción: la de liberar. En la manera de liberar a los israelitas, descubrimos una pedagogía muy honda y hermosa. Por un lado Dios busca un líder, un hombre que guíe y hable al pueblo de su parte, por otro lado no ahorrará a Israel el trabajo de tener que recorrer el camino que lleva a la Tierra Prometida, camino que adentra al pueblo en el desierto.

* Escuchar los anhelos más hondos implica actuar, poner los medios para ir alcanzando el cumplimiento de los mismos.

 

Fijémonos en el trasfondo de estos datos. En primer lugar Moisés, el liberador, el líder. Dios da al pueblo un guía.

* Todos necesitamos personas que nos ayuden, nos motiven, nos acompañen en el proceso de crecimiento personal.

 

Moisés es un hombre que ha vivido su propio proceso de liberación. Recordemos que huye de la corte del Faraón, tras haber matado a un egipcio que maltrataba a un hebreo (Ex 2,11-15). Moisés por miedo (uno de los grandes lastres de la persona) huye y será en esa huida que se encontrará con su vocación, con la misión de su vida: liberar.

* Sólo quien ha sido liberado puede liberar. Será buen acompañante quien antes haya atravesado sus propios desiertos interiores y haya encontrado el eje unificador de su vida.

 

En segundo lugar, Dios pone al pueblo en camino, y un camino que transcurre por el desierto. No se trata de una liberación pasiva. Tras los milagros obrados por Dios a través de Moisés ante el Faraón, llega un momento en el que es el pueblo quien ha de caminar hacia su libertad. Para ello atraviesa el desierto, el lugar de la intemperie más radical, de la carestía. Sólo quien afronta y atraviesa sus “desiertos” interiores puede llegar a gozar de los frutos de lo que nace en el fondo más profundo de su persona. Como dice el Principito, lo más hermosos del desierto es que en él hay oculto pozos de agua.

* Quien desee desplegar su ser, deberá ponerse en camino y atravesar sus desiertos interiores, conocer sus carencias, reconocer sus zonas estériles, atravesar sus opacidades.

 

Pero Dios no pone al pueblo en camino sin más. Le promete la llegada a una Tierra de Promisión en la que podrá establecerse y crecer. Podemos entender por Tierra Prometida, en una lectura más personalista y simbólica, la consecución de un nivel de libertad personal que permita a cada uno construir su identidad y desarrollarla en la cotidianeidad de la vida.

* Saber hacia dónde se va, cuál es el horizonte del camino, ayuda a afrontar el paso a través del desierto. La tierra a la que llegaremos no es otra que la realización de nuestra persona en todas sus potencialidades.

 

Por otro lado, la masa inicial de mujeres y hombres que sale de Egipto, sale sin ninguna conciencia de ser un pueblo. Esa conciencia y la forma de convivir como pueblo, la irá adquiriendo a medida que camina, a través de los múltiples aconteci­mientos que jalonarán su historia de liberación. En un principio, sólo les empuja la necesidad de mejorar su situación.

* No hace falta tenerlo todo muy claro para emprender procesos de crecimiento personal. Basta con desearlo de todo corazón, desear ser plenamente quien se es.

 

Recordemos ahora como, tras un tiempo por el desierto, los israelitas cansados, comenzarán a recordar con añoranza los ajos y las cebollas de Egipto (Nm 11,4-9). Y es que la libertad tiene algo de vertiginoso. Ser libre es asumir la responsabilidad de hacer un camino que nadie más puede hacer por mí, responsabilizarme de mis actos y decisiones y de sus consecuencias. Frente a ello, el ser humano siempre se encontrará con la tentación de la seguridad confortable que nos ahorre esa toma de decisiones que comporta la libertad personal.

* La gran tentación de la seguridad a cualquier precio, siempre asaltará a quien se pone en éxodo hacia sí mismo. Cualquier viaje (también el espiritual) supone aceptar la pérdida de niveles de seguridad[2].

 

Durante el camino, a los israelitas les irán pasando cosas. A través de los aconte­cimientos irán descubriendo cómo son ellos y cómo es Dios. Descubren que el hombre es voluble, infiel, impaciente. Y, frente a ello, Dios se manifiesta siempre Fiel y Providente.

* Es necesario que nos pasen cosas, que la vida nos afecte, para poder construir nuestra identidad. En la vida, cargada de acontecimientos, me conozco y te conozco. En la vida Dios sale a mi encuentro y yo le reconozco.

 

Hasta aquí lo que nos encontramos es que el paso de la esclavitud a la libertad es un proceso, y este es un concepto clave. Nada se improvisa en este camino que nos lleva al centro de nosotros mismos como puerta de acceso al descubrimiento de un Otro que nos habita. El libro del éxodo añade otro dato a tener en cuenta. Se nos dice que los israelitas tuvieron que caminar durante cuarenta años por el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida. El número cuatro, en la numerología bíblica, simboliza el tiempo de lo humano, el tiempo previo a la plenitud (cuyo número sería el 7). Así pues, cuarenta años, quiere decir que los israelitas necesitaron mu­cho tiempo, para llegar a reconocerse como pueblo y para llegar a ver cumplida la promesa de Dios.

* Dar a luz lo que uno es, supone una larga gestación. Se necesita mucho tiempo para construir la propia identidad. La vida entera es proceso.

 

Y llega el momento en que en la estepa de Moab, el pueblo divisa la Tierra Prome­tida. Moisés sube al Monte Nebo y desde allí el Señor le muestra toda la tierra. Él no pondrá allí sus pies pues muere antes de entrar (Dt 34,1-12). Es significativo que, justo en el momento en el que se alcanza el objetivo buscado, aquel que había hecho de mediador entre Dios y los israelitas, desaparece.

* Hay lugares interiores en los que hemos de adentrarnos solos. Hay experiencias que hemos de vivir por nosotros mismos. Un buen acompañante sabe cuando “desaparecer”.

 

 

Josué sucede a Moisés en la misión de guiar al pueblo.

* Si estamos abiertos a los demás, en actitud receptiva, toda relación se convierte en fuente de crecimiento. No cerrarse a nadie, no “engancharse” a nadie sanea nuestro mundo de relaciones y nos ofrece posibilidades nuevas.

 

 

Comienza entonces, el periplo por la tierra para hacerse con ella. El libro de Josué nos narra la historia de las incursiones del pueblo de Israel para irse asentando en Canaán.

* Llegar a vivir desde el centro de uno mismo supone luchar contra los “pueblos enemigos” que hay dentro de nosotros. Siempre hay algo que mejorar, algo de lo que librarnos… El proceso nunca se detiene.

4.4. La educación de la interioridad: un proceso de desvelamiento

Desde las claves que acabamos de enunciar, proponemos la EI como el proceso que lleva a cada ser humano a una auto-comprensión y a una libertad personal más profundas, proceso que pasa por reconocer las trampas que nos tiende el ego: deseo de control, búsqueda de falsas seguridades, huida al futuro o enquistamiento en el pasado. Poco a poco, si somos constantes en la escucha de nuestros ser interior a través del silencio, iremos ganan­do en hondura vital y se irá desvelando la presencia de Dios en nosotros.

4.4.1. Ser adentrados en el Debir: Recordemos cómo al morir Jesús, los sinópticos nos dicen que “el velo del Templo se rasgó en dos partes de arriba abajo” (Mt 27,51). El Templo de Jerusalén tenía para los judíos un lugar central: el DEBIR, la cámara sagrada, el santo de los santos en el que los judíos de Jerusalén situaban la presencia de Dios. El Debir sólo podía ser visitado por el Sumo Sacer­dote una única vez al año, en la fiesta de la expiación. Nadie más podía entrar en la que era considerada la morada de Dios y que estaba separada del resto del Templo por una cortina

Jesús muere y esa cortina se rasga. Podemos interpretar ese hecho reseñado en los evangelios como una forma de decir que a partir del hecho salvador de Jesús ya no hay distancia entre Dios y la humanidad. La institución del Templo ya no es válida pues verdaderamente Dios no estaba en aquel lugar separado de todos. Es en Jesús donde se desvela el rostro de Dios. En el diálogo con la samaritana (cf. Jn 4,1-26), Jesús afirma que se termina el tiempo de adorar a Dios en lugares concretos pues los verdaderos adoradores adorarán a Dios en espíritu y verdad (cf. Jn 4,21-24).

Atendiendo a la praxis liberadora de Jesús, es el corazón del hombre y de la mujer el auténtico Debir, el auténtico santo de los santos, la morada de Dios: “El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendre­mos a él y viviremos en él.” (Jn 14,23); “Cada vez que lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

Por ello, comprendemos la EI como un proceso, un camino lento, hecho de dife­rentes etapas en el que vamos aprendiendo a silenciar nuestro ego para ir experi­mentando cada vez con mayor nitidez la Presencia que nos habita. Esa Presencia no es otra que Dios mismo que ha elegido morar en nuestros corazones: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5) y es este mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26).

Este proceso es algo personal, cada persona debe recorrer su propio camino, pero no lo hacemos solos, es más, en el seno de la iglesia siempre han existido caminos espirituales que han ayudado a transitar con mayor claridad los caminos de la vida interior. En este momento de nuestra historia, entendemos que urge recuperar una mistagogía de la vida interior en los procesos de iniciación cristiana y en el recorri­do de fe adulto.

  1. OBJETIVOS, CONTENIDOS Y METODOLOGÍA DE LA EI[3]

En la línea de todo lo expuesto hasta ahora, indicaré a continuación los ob­jetivos, los contenidos y la metodología de la Educación de la Interioridad. Sin embargo, creo necesario advertir una vez más que pretender acotar claramente los contenidos de la interioridad es muy arriesgado.

5.1. Objetivos de la Educación de la Interioridad

  • La UNIFICACIÓN de las diferentes dimensiones de la persona.
  • La construcción de la UNIDAD con los demás, con el mundo, con Dios.

En referencia al primer objetivo es importante señalar que la antropología de la que partimos, que no contempla a la persona como una suma de dimensiones a modo de “compartimentos estanco”. Cada dimensión de la persona está íntimamente e intrínsecamente conectada con las otras y no se entiende sin ellas. Se trata de llegar a ser personas cabales, sin fisuras, al estilo de Jesús.

El segundo objetivo emana del primero: sólo en la medida en que me reconozco y me manifiesto poco a poco como “uno”, puedo establecer relaciones personales significativas con otros “unos”. Sólo cuando me voy conociendo y reconociendo, puedo intentar conocer y reconocer al otro en su unicidad y originalidad para así poder respetarla. Todo ello lleva a la persona a ir adquiriendo la conciencia de que forma parte de un contexto socio-cultural al que puede y debe aportar algo. Un proceso de crecimiento interior sano lleva inexorablemente a la implicación con el mundo más cercano (familia, amigos, colegio, barrio, parroquia…) y con el más lejano (el mundo de la pobreza, de la injusticia, el gusto por conocer otras culturas…). De esta implicación con el mundo puede nacer una vocación concreta como modo de situarse en él ética, política y ecológicamente hablando.

Por último, la referencia a la unidad con Dios. Cuando se da la experiencia religio­sa, se establece un diálogo de dos libertades, la de la persona y al de Dios. Por eso, en la misma medida en la que se va siendo consciente de la propia identidad, del propio misterio, se va pudiendo establecer una relación más íntima y personal con el Misterio. ¿Cómo hablar con Dios, si tantas veces somos incapaces de establecer diálogos sinceros con nosotros mismos? ¿Cómo escuchar a Dios si no sabemos es­cucharnos a nosotros mismos?

5.2. Contenidos de la Educación de la Interioridad

Los contenidos a tener en cuenta serían:

  • El trabajo corporal: no se trata de reflexionar sobre nuestra corporalidad, sino de trabajar en ella y desde ella a través de diferentes técnicas. Uno de los aspectos que más nos interesarán será llegar al “silencio corporal” como camino que favorece el silenciamiento interior y la atención al presente, único tiempo existente, único tiempo en el que podemos escuchar a Dios. Trabajar seriamente nuestra corporalidad en los procesos catequéticos no apunta simplemente a incluir en ellos sin más técnicas de atención plena, tan de moda actualmente, sino que trabajamos con el cuerpo desde nuestra fe en la Encarnación de Dios. Dios ha asumido nuestra “carne”, se ha hecho como nosotros también en cuanto a nuestra corporalidad, es por ello que nosotros que decimos creer en esta ley de la Encarnación, hemos de tomárnosla en serio y establecer con nuestra dimensión corporal una relación más profunda. Se trataría de ir aprendiendo a “encarnarnos” nosotros mismos. Transformar nuestra corporalidad en lo que siempre ha estado llamada a ser, un “lugar” en el que manifestar el Espíritu que nos habita. Que nuestros gestos y palabras expresen a Quien nos habita.

Por otro lado, el trabajar específicamente técnicas de centramiento y silenciamiento físico y mental es trabajar la oración de recogimiento, el previo necesario para vivir la experiencia de la oración contemplativa cristiana en la que dejamos que Dios sea Dios acallando nuestros ruidos internos para poder ser una buena “caja de resonancia” para Dios. Estoy convencida que trabajar el proceso “relajación-meditación-oración” es un bien inmenso para recuperar en la Iglesia cristianos orantes.

  • La integración emocional: entramos en contacto con nuestras emociones, las nombramos y buscamos cauces para expresarlas de forma positiva, aprendiendo a integrar el mundo emocional en nuestra vida sin temerlo o sin ser sus esclavos.
  • La apertura a la trascendencia /Trascendencia: En este contexto se proponen formas de oración que integren la corporalidad y las emociones poniéndolas bajo la Luz de la Palabra, favoreciendo el encuentro personal entre la persona y Dios. Se trata de abrirse sincera y arriesgadamente a la acción de Dios en nosotros.

5.3. Metodología de la Educación de la Interioridad

Al recordar el acontecimiento del éxodo de los israelitas señalábamos una serie de puntos. De todos ellos es necesario resaltar ahora uno: al pueblo de Israel le pasa­ron cosas y en lo que les pasó, se conoció y conoció a Dios. Por esta razón, la metodología de la Educación de la Interioridad debe ser eminentemente activa. Recordemos que por esta razón decimos que la Educación de la Interioridad puede ser definida también como la creación de espacios para la experiencia[4]. Se trataría de regresar a una catequesis mistagógica en al que el catequista sabe acompañar en un proceso en el que se prioriza una experiencia profunda humana y espiritual. No quiere esto decir que no se aporten conceptos o que les demos un lugar secundario, sino que lo conceptual subraya la experiencia, le da sentido, ayuda a profundizar en lo vivido, lo ilumina y sostiene. Se trata de “empalabrar” la realidad. Entendemos por catequesis mistagógica aquella que perite que quien se forma y con-forma en la fe en el Dios de Jesús  haga el camino a su ritmo, según el estado de su “tierra interior”. En el ámbito escolar hablamos de “aprendizaje significativo” como aquel que se propone partiendo de donde se encuentra de veras el alumno. En Catequesis no podemos obviar los diferentes niveles de experiencia de Dios, las carencias o no que pueden tener nuestros grupos de diversa índole en cuanto a capacidad para el silencio, para la comprensión de la Palabra o del lenguaje simbólico, etc. Acompañar este despertar interior supone que el catequista sepa donde está exactamente cada uno de los miembros de su grupo, cual es su sensibilidad, cuál su recorrido, su ambiente familiar y social y desde ahí proponer espacios para la experiencia humana y espiritual que nos permitan caminar unidos pero a la vez favoreciendo que cada uno viva lo que precisa, lo que necesita para despertar a un Encuentro verdadero y personal con Jesús.

Para favorecer esas experiencias que nos lleven a lo profundo, es necesario utilizar múltiples técnicas (relajación, dinámicas, juegos, visualización, gestos…) que hagan referencia a los diferentes contenidos a trabajar. Así lo expresamos en el Proyecto Debir:

Otra de las estrategias a seguir en la iniciación cristiana consiste en hacer pro­puestas a través de un proceso que es típico de la lógica educativa: haciendo hacer experiencias que ayuden a crecer. Cuando una propuesta es ofrecida a través de la experiencia, ésta se carga de significatividad porque logra tocar de lleno las cuerdas de la existencia.

La fuerza comunicativa, evocada por las experiencias, empuja espontáneamente hacia decisiones comprometidas que hacen crecer a la persona en todas sus dimen­siones, lo cual favorece la escucha y acogida del Evangelio.

Agrupadas todas las experiencias, con sus acciones y reacciones, plasman el modo de ser, de sentir, de actuar, de auto-comprenderse y de proyectarse de la persona. Así entendida, la experiencia asume el carácter de horizonte, es decir, de perspec­tiva global con la que se relaciona con todo lo que es diferente de uno mismo, y el carácter de fuente energética y luminosa, que por caminos no siempre conocidos, guía a la persona en su caminar cotidiano.

Una de las claves de la EI es que nos pasen cosas que sacan a la luz nuestra ri­queza interior para ver con más claridad lo exterior. La interioridad se cultiva no desde la teoría, sino a través de experiencias que ayuden a conocerse, a cuestionarse, a profundizar en lo que somos y vivimos, a poner nombre nuestros sentimientos, a entrar en uno mismo y a ir más allá.

En el caso de la Catequesis de infancia, por ejemplo, siempre recomiendo tener en cuenta que los niños y niñas de esas edades llegan a su tiempo de catequesis semanal muchas veces tras ocho horas sentados en un pupitre escuchando y escribiendo. No podemos hacer que de nuevo la hora de catequesis sea “más de lo mismo”. Hemos de re-crear los espacios y la forma de acoger a los niños que llegan del colegio por la tarde, quizá cansados, con mucha energía que deben liberar. ¿Por qué no comenzar la catequesis con quince minutos de juegos que tengan “moraleja”? El juego permite sacar energía retenida, ilusiona, crea buen ambiente, permite ver y escuchar de veras cómo está cada niño y cómo se relaciona. Realmente creo que todo aquello que la pedagogía escolar indica con respecto a la infancia debería ser tenido en cuenta y aplicado en la Catequesis infantil.

Pero desde luego no proponemos la “experiencia por la experiencia”, sino que lo hacemos porque somos conscientes de que los cristianos vivimos en un contexto de una sociedad que evita plantearse las grandes cuestiones que son ignoradas ante el gran ritmo de vida trepidante que se ha impuesto en la cotidiani­dad, debemos suscitar preguntas y mostrar con nuestro testimonio coherente que la vida es mucho más de lo que percibimos a primera vista.

Quien desea respuestas es porque está en búsqueda de claridades y de superación, ya que como ser de futuros, el hombre está asediado de dudas, de pequeñas y gran­des perplejidades. Está siempre urgido por incógnitas que despejar, por horizontes que desvelar. Y como ser de futuros también tendrá más preguntas que respuestas posibles. Por eso más relevante que las respuestas, es la capacidad o la profundidad de la pregunta. Preguntar, preguntarse es una incitación a crearse, a revisarse, a sumirse en la hermosa y dura tarea de ser persona feliz[5]

Hoy día un verdadero reto de la iniciación cristiana es desarrollar en las personas la capacidad de hacer silencio, de contemplar, de conocer la propia interioridad, de reflexionar, porque todo ello suscitará preguntas que les ayuden a profundizar en su vida y a descubrir en ella la presencia amorosa de Dios.

Si Dios no se presenta “en vivo y en directo” ante nuestros ojos, la pregunta por él sólo puede surgir de la confrontación con la propia realidad. Es la propia vida y sus acontecimientos la que provoca interrogantes sobre su sentido. La relación de cada persona consigo misma, con los demás y con el mundo plantea numerosos interro­gantes que pueden ser una puerta abierta a la experiencia religiosa.

Las preguntas bien hechas nos posibilitan experimentar de modo más profundo a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Y este encuentro profundo con los que somos y con lo que nos rodea nos abre a la experiencia de Dios. Hacerse preguntas es el camino para profundizar en las experiencias y abrirse a la posibilidad de la tras­cendencia. Una vez intuida la posibilidad de la presencia de Dios en las experiencias humanas, entra la posibilidad de dar un salto de confianza para experimentar a Dios y entrar en comunicación con él. Este salto, que da comienzo a la fe, es don de Dios que necesita ser acogido libremente por la persona.

 

  1. Aportaciones de la EI a los procesos de iniciación cristiana

Reproduzco a continuación íntegramente lo que el  Proyecto de EI de la Diócesis de Vitoria-Gasteiz propone en referencia a lo que puede aportar al EI en cada etapa de los procesos de iniciación cristiana, creo que puede aportaros pistas, sugerencias o cuando menos serviros para contrastar vuestra certezas.

Vivimos momentos de debilidad y de dificultad para iniciar a la fe y vida cristiana, pero también descubrimos que hoy es un tiempo lleno de oportunidades y de po­sibilidades para renovar la iniciación cristiana en fidelidad a los destinatarios y al Evangelio. De nada sirve lamentarse o mirar con añoranza el pasado, porque sólo si caminamos hacia adelante podremos proponer la fe e iniciar a la vida cristiana a los adultos, jóvenes y niños del momento presente.

La EI para ayudarnos a caminar hacia un nuevo paradigma de la iniciación cristiana se tiene que vivir en nuestras comunida­des como un eje transversal en los procesos de educación cristiana, para provocar y despertar preguntas, para vivir determinadas experiencias humanas y creyentes, que favorezcan la apertura a la trascendencia.

Una de las claves en el nuevo paradigma de la iniciación cristiana es la catequesis de experimentación. La fe crece y se afianza en la vida de las personas no por lo que nos cuentan otros, sino por lo que experimentamos en primera persona, ya sea solos o con otros. Al respecto descubrimos la EI como un camino educativo y evangelizador que favorece el protagonismo de lo vivencial en los procesos de iniciación cristiana.

Los tres contenidos de la EI (trabajo corporal, integración emocional y apertura a la trascendencia y al Trascendente) deberán ser adaptados a la edad de los desti­natarios y al momento vital y religioso en que se encuentran. Para no perdernos en el camino cada comunidad necesita diseñar, partiendo de su realidad, un proyecto de EI con objetivos, etapas y medios claros, integrado en el proceso de la iniciación cristiana. Para ser posible la puesta en práctica de dicho proyecto de EI, éste deberá contener un programa de contenidos y experiencias de una nueva catequesis iniciática.

Las franjas de edad de las que partimos son las siguientes:

  • Niños (de 6 a 10 años)
  • Preadolescentes (de 11 a 13 años)
  • Adolescentes (de 14 a 18 años)
  • Jóvenes (de 19 a 30 años)
  • Adultos (de 30 en adelante)

Lo que se propone para cada franja de edad son las claves a tener en cuenta en un proceso continuado, pero se deberá atender a la realidad de cada grupo porque actualmente es difícil pensar en procesos continuados, con un principio y un final acotados. Las personas aparecen y desaparecen de los grupos continuamente. Por ello cuando hablemos de profundización o de afianzamientos de contenidos y téc­nicas, deberemos tener en cuenta la multiplicidad de realidades dentro de los gru­pos: personas que se insertan en una fase del proceso tras años fuera de él, personas que no han hecho ningún proceso, etc.

6.1. La EI en los procesos de iniciación cristiana de niños

Las experiencias de EI deben servir en la iniciación cristiana de niños para tomar contacto, iniciar y asentar unas primeras bases del cultivo de la interioridad. El trabajo corporal tendrá un papel protagonista, conscientes de que la EI es integral y que persigue en todo momento no sólo el trabajo corporal, sino también la inte­gración emocional y la apertura a la trascendencia.

Las distintas actividades de interioridad que realicemos con los niños serán breves, porque todavía su capacidad de relajación y de hacer silencio están en sus primeras fases de construcción, pero bien aplicadas servirán para facilitar el despertar religio­so, la relación con Jesús y la celebración compartida de la fe.

Es un primer nivel de EI, donde damos sencillos y pequeños pasos, pero de gran importancia porque sólo podemos llegar a la cumbre si damos los primeros pasos. Cuando más tarde se empiece a trabajar la interioridad, más costoso será asentar en la persona adulta el cultivo y maduración de su interioridad.

* Claves referenciales para la EI de niños

– Iniciar al trabajo corporal como estímulo para descubrir, conocer y valorar nuestro cuerpo, y para introducirles en un descubrimiento no competitivo de sus capacidades, mediante tres actividades corporales: la conciencia corporal[6], la respiración[7] y la relajación[8].

– Trabajar el gusto y la necesidad del silencio a través de la respiración y la relajación.

– Potenciar en los niños la sensibilidad al mensaje evangélico y a la relación con Jesús a través de experiencias de disfrute como el baile, el teatro, el juego imaginativo, el trabajo de la voz, las visualizaciones, los cuentos, la narración Bíblica, la música, las canciones y la pintura.

– El juego como medio educativo de interiorización y de relación con los demás.

– Servirse de la música para abrir canales de comunicación con nosotros mismos, con los demás y con Dios.

– Desarrollar la creatividad como modo de expresión de la experiencia interior.

– Iniciar a la oración (abrirse a la relación cercana y a la comunicación espontánea con Dios).

6.2. La EI en los procesos de iniciación cristiana de pre-adolescentes

En esta etapa la EI se realiza dando continuidad al trabajo corporal, que tanto peso ha tenido en la iniciación cristiana de niños, y se introducen actividades que favorecen la integración emocional, porque su momento vital facilita su ejercicio y desarrollo. En esta edad los talleres de interioridad son una herramienta válida tanto para el autoconocimiento como para formar grupo y promover la integración del individuo dentro del mismo.

Además de realizar actividades de interiorización dentro del ritmo de reuniones, es importante aprovechar el marco de una convivencia de fin de semana o un campamento para cultivar la interioridad con talleres y actividades de mayor duración.

* Claves para la EI de pre-adolescentes

– Dar continuidad al trabajo corporal.

– Introducir la integración emocional. Identificar sentimientos y emociones.

– Expresar sensaciones con creatividad.

– Potenciar la admiración de lo que nos rodea.

– Importancia del grupo como espacio educativo.

– Dinámicas de grupo para consolidar el grupo, para favorecer la integración, para crecer en confianza y comunicación, y para enriquecernos mutuamente al compartir nuestra interioridad.

– Desarrollar la empatía.

– Visualización como herramienta pedagógica de interiorización para desarrollar la integración emocional y la apertura a la trascendencia.

6.3. La EI en los procesos de iniciación cristiana de adolescentes

En el trabajo con adolescentes y jóvenes, que participan en procesos de iniciación cristiana, la EI pasa de ser de introducción a ser de afianzamiento. En muchos aspectos de la EI tendremos de nuevo que asentar las bases porque el adoles­cente está en una etapa en la que necesita descubrirse a sí mismo e ir cons­truyendo su identidad. A este respecto el cultivo de la interioridad le ayudará a conocerse y a ir definiendo su identidad desde una escucha amable y profunda de sí mismo y en confrontación positiva con los demás, con Jesús y con la propuesta de vida que hace el Evangelio.

Es una edad muy propicia para realizar convivencias-retiros de dos o más días don­de profundizar en la relación con uno mismo, con los demás y con Dios.

* Claves para la EI de adolescentes

– Afianzar el trabajo corporal y la integración emocional para potenciar el equilibrio físico y psíquico, y unificar a la persona en su dimensión exterior e interior.

– Iniciar a la relajación (aprender a parar, a descansar, a dejarse llevar, a hacer silencio)

– Cultivar una interioridad que nos mueva al compromiso.

– Leer la realidad desde un plano más allá de lo anecdótico.

– Explorar sobre el sentido de la vida.

– Dinámicas de grupo para propiciar experiencias que movilicen al pre-adolescente en el plano humano y espiritual.

– Integrar el silencio en la vida cotidiana, de manera que puedan abrirse al otro y a la trascendencia.

– Aprender procesos de silenciamiento y escucha.

– Iniciar a prácticas de meditación como camino para entrar en uno mismo y abrirse a la experiencia de Dios.

– Importancia del acompañamiento personal donde el joven se sienta escuchado y acogido, y así posibilitar una comunicación interpersonal que le ayude a hacerse preguntas, a interiorizar lo vivido y a disponerse a la apertura y relación con la trascendencia que habita en nuestro interior y nos desborda.

6.4. La EI en los procesos de iniciación cristiana de jóvenes

La experiencia/meditación personal, junto con la experiencia/meditación compar­tida y el acompañamiento personal ayudarán al joven a descubrir su proyecto de vida y a definir el papel que juegan en él Jesucristo y el Reino de Dios.

*Claves para la EI de jóvenes

– Ahondar en la vida de oración (tanto personal como comunitaria) entendiendo ésta como la fuente imprescindible del crecimiento interior y abriéndose a la dimensión teologal de la fe.

– Ayudar a los jóvenes a descubrir su vida cotidiana como lugar de la experiencia de Dios. Favorecer que las cosas sencillas de la vida sean acogidas y vividas como lugar de encuentro con Dios.

– Propuestas de acción social como concreción de un posicionamiento ético que nace de la interiorización de la fe.

– Generar espacios y ofrecer el acompañamiento necesario para integrar toda la experiencia y las claves recibidas en el proceso de iniciación dentro de un proyecto de vida cristiano.

6.5. La EI en los procesos de iniciación cristiana de adultos

El objetivo final de la iniciación cristiana (fundamentar, madurar y vivenciar, a ni­vel personal y comunitario, la adhesión a Jesucristo) se consigue en la edad adulta, por lo que debemos apostar con convicción y creatividad por procesos diversifica­dos de iniciación cristiana de adultos. Conscientes de las dificultades que tenemos para poner en marcha procesos grupales de adultos al estilo de lo que hacemos con niños y jóvenes, tenemos que proponer procesos con ritmos adaptados al ajetreo diario de los adultos. Parte fundamental de estos procesos serán algunas experien­cias fuertes de interiorización que favorecen la formación, celebración y vivencia de la fe cristiana. Esta propuesta debe ir acompañada de acompañamiento per­sonal y de una iniciación cristiana más personalizada, pero sin descuidar mo­mentos comunitarios que completan la maduración de la fe y la integración en la comunidad.

* Claves para la EI de adultos

– Descubrir la EI como camino experiencial y formativo.

– Buscar la unificación de las dimensiones de la persona mediante el desarrollo de los tres contenidos de la EI: trabajo corporal, integración emocional y apertura a la trascendencia.

– Adaptar a las personas adultas las distintas técnicas de EI (conciencia corporal, respiración, relajación, visualización, expresión artística, dinámicas, silenciación, meditación, lectura de textos…).

– Pasar de un proceso de larga duración y secuenciados con contenidos catequéticos a otros que no sean tan programados, más esporádicos, más vivenciales, más celebrados…

– Dar mayor importancia al individuo que al grupo.

– Asignar un papel fundamental dentro de la iniciación cristiana de adultos al acompañamiento personal.

– Cultivar la interioridad mediante el desarrollo de tres tareas que apuntan y nos encaminan a un nuevo modelo de iniciación cristiana: provocar y despertar preguntas; vivir determinadas experiencias y apertura a la trascendencia.

– Desarrollar una identidad cristiana abierta al diálogo con el mundo y comprometida a favor de la humanización.

– Potenciar encuentros comunitarios donde la experiencia de interiorización sea protagonista.

– Integrar la EI en la vida de comunidad (talleres, encuentros, celebraciones, oraciones, retiros, tiempos fuertes litúrgicos…) con experiencias compartidas de interiorización, donde también participan los adultos que se están iniciando a la fe.

6.6. La EI en la Catequesis Familiar

En la reflexión previa hemos diferenciado la iniciación cristiana en cinco fases de­pendiendo de la edad de los destinatarios (niños, pre-adolescentes, adolescentes y jóvenes, y adultos). En todas ellas la implicación e integración de la familia en el proceso de iniciación cristiana es fundamental, porque sólo asumimos real­mente lo que vivimos en familia. La participación de la familia en los procesos de iniciación cristiana puede realizarse de un modo menos explícito y comprometido en los procesos donde es la comunidad la que catequiza a través de los catequistas/ monitores, o de otro modo mucho más implicado en la Catequesis Familiar donde el peso de la iniciación cristiana lo asume la familia. Este modelo de Catequesis Familiar ya está implantado en muchas comunidades de nuestra Diócesis, y con sus luces y sombras creemos que nos abre un camino educativo y evangelizador válido no sólo para los más pequeños de la familia, sino para toda la familia.

La familia es el lugar ideal e indispensable para proporcionar la primera expe­riencia, existencial y afectivamente intensa, que subyace a toda educación. Las familias poseen las condiciones de base para una verdadera acción educativa, hu­mana y cristiana, aunque para que salgan a la luz las capacidades educativas y evan­gelizadoras de la familia hace falta que los padres en primer lugar, junto con los hijos, cultiven la interioridad a través del triple camino de provocar preguntas, vivir determinadas experiencias y apertura a la trascendencia. La inclusión tras­versal de la EI en la Catequesis Familiar también es clave para no quedarnos en el aprendizaje de conceptos, sino ayudar a crecer como personas y cristianos a través de experiencias de interioridad.

* Claves para la EI de la familia

– Impulsar experiencias de EI para la familia, con momentos específicos y adaptados a cada edad, y con momentos intergeneracionales donde todos dan y reciben.

– Integrar todas las claves propuestas en los puntos anteriores para la EI de niños, pre-adolescentes, adolescentes, jóvenes y adultos en los itinerarios de Catequesis Familiar

 

  1. “Dios está en nosotros, nosotros estamos fuera de nosotros”

Permítanme ahora que concluya con una cita que es muy querida y que siempre me certifica que esta necesidad de conexión con lo interior y más en el ámbito de la fe, es una necesidad del creyente de todos los tiempos. Se trata de final del sermón 8 del Maestro Eckhart, místico del siglo XII:

Nunca un hombre, no importa lo que sea, ha mostrado un deseo tan vivo como Dios muestra por conducir al hombre a conocerle. Dios está siempre dispuesto, pero nuestra falta de preparación es grande; Dios está cercano a nosotros, pero nosotros estamos lejos de Él; Dios está en nosotros, pero nosotros estamos fuera de nosotros; Dios está en nosotros como en su casa, nosotros somos allí extranjeros.

Ojalá nuestra propuesta de camino cristiano favorezca que cada persona se sienta en su interior como en su hogar para allí, en el hogar interior vivir la Fiesta del Encuentro con un Dios que es sustento de nuestra vida amándonos y nos llama a amar como Él.

 

 

 

[1] Esta reflexión en torno al sentido del verbo “educar” y todo cuanto expongo en este punto pueden encontrarlo en mi libro “La Educación de la Interioridad: una propuesta para Secundaria y Bachillerato” Ed. CCS, Madrid 2009.

[2] F-X. MARÍN, Interioridad y experiencia psicológica, en AA.VV., La interioridad: un paradigma emergente, Madrid, PPC, 2004, pág.109.

[3] E. ANDRÉS: La Educación de la Interioridad: una propuesta para Secundaria y Bachillerato. Ed. CCS, Madrid, 2009. Págs.42-45.

[4] El término experiencia indica un proceso que cubre toda la existencia humana. Surge de la conciencia de deseos y tendencias en una situación concreta y nos indica un recorrido complejo a través del cual una persona se sitúa de frente al mundo y a los otros y los guarda en su universo interior. Hacer experiencia implica activar dinamismos cognitivos, emotivos, motivacionales, operativos, sociales, culturales, que son inseparables entre si. Cf. M. MIDALI, L’esperienza religiosa e la sua maturazione, en ISTITUTO DI TEOLOGIA PASTORALE, UNIVERSITÀ PONTIFICIA SALESIANA, Pastorale Giovanile. Sfide, propettive ed esperienze, Leumann, Elledici, 2003, 184.42

[5] Cf. R. CAMOZZI, Aproximaciones al hombre. Síntesis filosófica-antropológica, Madrid, CCS, 1997, 254-256.41

[6] La conciencia corporal es la capacidad de ser conscientes de nuestro estado corporal y para ello es necesario focalizar la mente en las sensaciones corporales que percibe.

[7] La respiración es un camino de interiorización. A medida que tu respiración va haciéndose lenta y rítmica, tu cuerpo experimentará una paz y una quietud más profundas que favorecen la relación con la trascendencia.

[8] La palabra relajación proviene del verbo latino relaxare, que significa aflojar, soltar, liberar, descansar. La relajación constituye la disposición interior necesaria para que el misterio se nos desvele.

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