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Universalidad de la fe

Por Manuel María Bru el 14 agosto, 2017 en La voz del delegado
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La Palabra de Dios del próximo domingo nos muestra la universalidad de la fe. Todos estamos llamados a acoger y a vivir la fe:

  • Porque la fe es respuesta al anhelo humano de la experiencia de Dios. Y este anhelo no conoce fronteras. Por boca del profeta Isaías, Dios nos dice: “mi casa es casa de oración, y así la llamaran todos los pueblos”. Y por boca del salmista, la experiencia más noble del hombre es la del que exclama “Oh Dios que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. Quien no haya sentido en su vida la necesidad y el gozo de alzar los brazos al cielo y alabar al Señor, es que la han robado la dimensión más profunda de su espíritu, la experiencia más auténtica y común que existe.
  • Porque la fe es continua y permanente conversión, continuo y permanente cambio, continua y permanente sorpresa. La fe hace que la vida sea una gran aventura en manos de Dios. San Pablo en su carta a los Romanos invita a que hebreos y gentiles se miren a los ojos y, convertidos en Cristo a la fe verdadera, confiesen juntos que “Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos”. Si la experiencia del pecado nos hace a todos los hombres iguales en nuestra miseria, la experiencia de la misericordia de Dios nos iguala aún más, y lo hace en la esperanza.
  • Y en el Evangelio de San Mateo vemos todo esto reflejado en el diálogo de Jesús con la mujer cananea. Primero Jesús prueba su sinceridad y su fe, siendo pagana, lo cual era impensable para los devotos israelitas. Para después con el gesto milagroso de la curación de su hija, romper todas las barreras que nos dividen, y reconocer que en la búsqueda sincera de la verdad, no hay diferencias: todos somos, aunque ni siquiera lo sepamos conscientemente, mendigos de Dios.

Esta relación entre fe y sencillez de corazón la recordó en una ocasión el Papa Francisco, en Corea del Sur, al decir a los jóvenes del continente asiático que “la fe es un antídoto para el espíritu de la desesperación que parece crecer como un cáncer en las sociedades que son ricas por fuera, pero que suelen tener tristeza y vacío interior”. ¿Qué significa esto?

  • En primer lugar que para Dios todos anhelamos el don de la fe. El mira el corazón de cada hombre, su interior, su deseo de verdad y de bien, la búsqueda del sentido de su vida, el itinerario personal de cada uno en el que se va dando ese proceso de reconocimiento de la pobreza radical humana, de inquietud por Dios, de encuentro, huidas y reencuentros con Él.
  • En segundo lugar que en todo tiempo y lugar, pero especialmente en un tiempo de secularización religiosa como la que vive hoy Occidente, nos jugamos la fe no sólo en la aceptación o el rechazo a la herencia cultural de la fe, pues ni su aceptación ni su rechazo son fácilmente nítidos y evidentes, sino en la sinceridad de la búsqueda de Dios. Decía un teólogo norteamericano, Paul Tillich, que lo que en relación a la fe más distingue a los hombres contemporáneos no es tanto si confiesan o no una fe religiosa, sino antes que eso, si son profundos: si buscan a Dios o reprimen esta búsqueda en pro de una vida frívola y superficial. Y un buen filósofo español, Francés Torralba, nos dice que existe una “tierra de nadie” entre creyentes y no creyentes, un punto de encuentro, el de la inquietud y el asombro religioso del que, de un modo o de otro, nadie en esta vida se libra, si alberga un mínimo de humildad y sinceridad.
  • En tercer lugar, que la historia de la humanidad no es la historia de la perdida de la fe, sino al contrario, de la ganancia de la fe. Decía otro gran filósofo español, Xabier Zubiri, que la historia es cristianismo en tanteo. Y es verdad: mientras Europa y Norteamérica sufren una crisis de fe, en Sudamérica, África y Asia ocurre lo contrario. En Corea del Sur, uno de los países con más jóvenes del mundo, más prósperos económicamente, más modernos y tecnológicos, donde esta el Papa, miles y miles de jóvenes se convierten cada año a Cristo y piden el bautismo, como ocurre también en otros países asiáticos.

Con ocasión del cierre de la capilla de la Facultad de Historia de la Universidad Complutense de Madrid, hace pocos años, ejemplo preclaro de lo inútil que siempre ha sido a la postre querer poner puertas al campo, puertas laicistas al campo inmenso del espíritu humano, conocimos la experiencia de no pocos jóvenes que simplemente por entrar por causalidad en esa capilla, cayeron como Pablo del caballo, y con lagrimas en los ojos, encontraron la fe. Y es que no hay nada más humano que la fe en Dios, que nos salva de la tristeza y del vacío interior de encerrarnos en nuestra autosuficiencia.

HOMILÍA PARA EL DOMINGO XX DE TO CICLO A

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